jueves, 14 de abril de 2016

Unas elecciones cargadas de sucias maniobras y mentiras matemáticas

Roberto Ojeda Escalante
El actual proceso electoral ha evidenciado el bajo nivel de razonamiento matemático que existe en el país, pero no necesariamente en los pueblos alejados o en los sectores urbano marginales, sino en el mismo corazón de la cultura nacional peruana: los intelectuales y los medios de comunicación. A parte de haber quedado evidente el proceso fraudulento para imponer dos candidaturas ultra neoliberales, los argumentos que se han usado para justificar eso, así como los análisis para comprenderlo; parten de supuestos cuantitativos falsos.
La migración de los votos
Primero, es evidente que los candidatos retirados del proceso tenían electores focalizados geográfica y socialmente; por lo que resulta fácil deducir cual fue la maniobra al retirarlos del juego. César Acuña tenía un bolsón importante en el norte del país y en segundo lugar en todas las regiones, la prueba está en los escaños que su partido obtuvo para el congreso. En tanto Julio Guzmán tenía, o parecía tener, un fuerte electorado urbano, principalmente en Lima. Algunos analistas dicen que los votos de ambos fueron los que le permitieron llegar a tercer lugar a Verónika Mendoza, pero esto es un mal análisis.
Los resultados en el norte reflejan que los electores de Acuña migraron a Keiko Fujimori, que obtuvo impresionantes cifras en esas regiones. Quizás lo hicieron por la cólera de haberles tachado a su candidato, pero es evidente que esos votos no migraron al FA, que quedó segundo en esas regiones, pero bastante lejos. El caso de Guzmán, es evidente que su electorado migró a PPK, dándole ese respaldo urbano y costeño que lo llevó al segundo lugar, reflejados también en el primer lugar que obtuvo en Arequipa y segundo en Lima. Aún tengo la duda si realmente Guzmán iba segundo en las encuestas o estaba inflado, otra razón que habría llevado a tomar la decisión de excluirlo, para luego no tener que justificar su repentina baja en las encuestas,
Con ambos candidatos en carrera, PPK hubiera obtenido menos porcentaje y probablemente no pasaba a segunda vuelta, así que en vez de tener dos opciones debilitadas (Guzmán y PPK), los dueños del país habrían optado por quedarse con una sola y así evitar la posibilidad del crecimiento de la opción izquierdista (FA). El caso de Acuña puede entenderse en la misma lógica, pero también porque le restaba votos al fujimorismo. Con este competidor en carrera podría haberse dado el escenario en que el fujimorismo obtuviera menos escaños en el parlamento.
¿De dónde salieron los votos del FA?
A inicios de año Verónika Mendoza tenía apenas 2% de las preferencias, probablemente esta cifra era mayor pero las encuestas la reducían para evitar que su candidatura entusiasmase a otra gente y creciese rápidamente. Las encuestas se realizaron casi siempre en zonas urbanas, y ahora vemos que gran parte del  respaldo al FA ha sido rural. Algunos analistas difundieron la idea de que su crecimiento se dio luego del retiro de Acuña y Guzmán, y si bien esto es cierto, hay que recordar que también creció Barnechea, sin embargo este apenas llegó al 7% finalmente.
Ya vimos que gran parte de los votos de los candidatos excluidos migraron a PPK y Fujimori, el crecimiento de Barnechea explicaría dónde fueron a parar los demás. Es difícil creer que este electorado, identificado con una propuesta neoliberal moderada, se fuera directamente a quien era presentada por la prensa como la amenaza roja. Y entonces ¿de dónde salió ese electorado “rojo”?, bueno, ya vimos que un sector del mismo ya existía, en zonas rurales y provincianas que esperaban una opción de izquierda. Es sintomático que Vero haya obtenido tan altos porcentajes en la zona sur andina, que veía en ella una paisana.
Otro comentario común en periodistas neoliberales es que las enormes movilizaciones anti Keiko no repercutieron en el electorado. Nada más falso. El crecimiento del FA se dio justo después del 10 de marzo (el sorpresivo y masivo rechazo al fujimorismo en Cusco) y a la par que se desarrollaban esas movilizaciones, en unas 3 semanas Vero pasó del quinto lugar al empate técnico en el segundo. Eso explica su llegada en segundo lugar en 8 regiones y su abrumador primer lugar en las 7 regiones del sur, justo allí donde el rechazo al fujimorismo fue más difundido por medios locales, mientras la prensa nacional no daba suficiente cobertura a estos hechos.
El fantasma del voto útil
Pero en lo que todos los partidos han caído, ha sido en meter miedo con eso del voto útil. Queriendo cosechar de las protestas anti fujimoristas, llamaron a votar por el que tuviera más posibilidades de derrotar a Keiko en segunda vuelta. Eso ayudó a PPK, algún sector del electorado de Barnechea migró finalmente a aquel, y este último no pudo continuar con el crecimiento que tenía. Y la insistente campaña de que el voto nulo favorecía al primer lugar, contribuyó a reducir el número de votos viciados a 5%.
La izquierda usó también de este fantasma. Ahora buscan culpables en quienes votaron “inútilmente” por opciones sin mayores posibilidades, como Goyo Santos. Llegan a decir que con el 4% de Goyo, Vero pasaba fácilmente a segunda vuelta. Pero no es tan sencillo, los electores no votan en bloque, de haberse retirado la candidatura de DD, sus votos no migrarían directamente al FA, probablemente se hubieran dispersado entre esa opción, el voto viciado y otras candidaturas. Los electores no actúan tan ideológicamente.
Pero aún en el caso de los votos blancos y viciados. De haber votado todos los que no lo hicieron, esos votos se habrían distribuido entre todos los candidatos, así que eso de que se beneficia el primero es una especulación tendenciosa. ¿Alguien cree que los que no votan lo hacen necesariamente por una alta conciencia política?, de hecho hay sectores que sí, pero las razones para no votar son muchas (preferir la multa al gasto de pasajes interregionales, vivir muy lejos, simple descuido, etc).
Los extraños porcentajes electorales
La cifra final se obtiene restando aquellos que no votaron, convirtiendo el 68.05 en el nuevo 100%., tomando en cuenta solo los votos válidos. Pero esto se realiza en dos etapas, primero se resta aquellos que no votaron (18.04%), sacando un 100% de votos emitidos, al que inmediatamente se le resta los votos no válidos (9.86 blancos, 4.05 nulos), esta maniobra permite confundir y disminuir las diferencias.
Los resultados finales nos hacen ver un 39% de apoyo al fujimorismo, creemos que casi la mitad de los peruanos apoyan a la heredera de la dictadura y nos preguntamos ¿dónde quedaron esas movilizaciones tan grandes? Cuando la realidad es que Keiko sólo obtuvo el 27.10% de apoyo del electorado, menos del treintaitantos que le daban las encuestas. PPK obtuvo 14.29 y Vero 12.81 (fíjense que los no votantes son los que hicieron que la diferencia entre ambos se redujese). En cifras reales ni Acción Popular ni el Apra pasaban la valla, y otra vez vemos que no votar, más que ayudar al primero ayuda a los de abajo.
Es cierto que la mayor parte de estos desatinos son interesados. Los grupos de poder difunden estas ideas para influir en la opinión pública, aun sabiendo que la información que envían es alterada y tendenciosa. Pero el solo hecho de que lo hagan tan descaradamente es un indicador de que comparten esa “ignorancia matemática” de gran parte de esa opinión pública que pretenden manipular.
La valla electoral también es algo que niega el derecho de los electores, ¿cómo es posible que Cajamarca y Puno hayan elegido congresistas que luego no son tomados en cuenta?, ¿cómo se sienten esas poblaciones? La valla está diseñada contra los provincianos. Si vemos los resultados, Cajamarca votó por Goyo, el sur votó por Vero, la costa norte probablemente lo hubiera hecho por Acuña, probablemente Junín hubiera dado cierto apoyo a PL de Vladimir Cerrón. Pero la valla sólo permite que pongan representantes los partidos que tienen presencia nacional. Eso no es muy democrático que digamos.
El fraude no era sólo un rumor
Queda claro que los turbios manejos sí tuvieron efecto, aplicar la ley en unos casos pero no en otros es un evidente proceso fraudulento. Ese fraude salvó al Apra de pasar la valla y le permitió colocar congresistas. En su momento, muchos colectivos propusieron denunciar el fraude y llamar a no votar (o votar viciado ese día), pero el 5 de abril, los partidos participantes en esta contienda no se animaron a apoyar esta idea y llamaron a derrotar el fraude en las urnas. Así todo quedó consumado.
La prensa difundió la posibilidad de que el FA llegaba a segundo lugar y esto entusiasmó a mucha gente crítica, que prefirió olvidarse del fraude y participar activamente en el proceso. Era evidente que si Vero realmente llegaba a segundo lugar quedaba la posibilidad de que se lo quitaran fraudulentamente, ¿no habrá sido así?, ¿quién garantiza que el proceso fue limpio? El 10 de abril hubo diversas denuncias de cosas irregulares en el proceso, pero no se le dio mayor importancia. Es imposible saber cuán legal fue el proceso, con todos los antecedentes fraudulentos del mismo.
Ahora tenemos un congreso que en mayoría absoluta será neoliberal, el escenario más probable para el próximo gobierno es una alianza FP-PPK-Apra, así que gane quien gane el 5 de junio, la DBA ya ha ganado. La coyuntura nos obliga elegir entre una mafia ligada al narcotráfico y una total sumisión a los Estados Unidos, pero ambas consolidarán el gobierno de las transnacionales, el modelo extractivista y contrario a los pueblos. Un sector  de la población duda si votar viciado o no votar. Dirán que no votar por una de las opciones no sirve, porque esos votos no son tomados en cuenta, como vimos antes; pero si estos llegan a un porcentaje considerable, sí deslegitiman al nuevo gobierno. En la primera vuelta no votó el 31.95%, que esa cifra aumente no se ve tan difícil.

Aldo Mariátegui ofende al sur


En varias de sus columnas post electorales, Aldo Mariátegui se ha dedicado a ofender a los pueblos del sur peruano, expresando racismo, odio o envidia, o la combinación de todo eso. Pero a la vez, hace explícita su ignorancia y resentimiento.

El 14 de abril escribe “El problemático sur”. Desde el título le niega a estos pueblos el derecho a tomar sus propias decisiones, afirmando que la causa del “abrumador voto rojo sureño” es “un tema de mentalidad también”. Induce a pensar que estos pueblos están pensando mal y obran mal por no hacer lo que él quisiera que hagan. ¿Dónde queda la democracia? Tal vez Aldo M. no la comprenda plenamente.

Sus propias palabras confirman su falta de comprensión de la situación: “uno no entiende cómo el rojerío saca 41% en Huamanga (capital de Ayacucho) con todo lo que la gente sangró allí por culpa directa del marxismo. ¡Deberían ser hasta macartistas, anticomunistas extremos!”. Así, con actitud completamente antidemocrática, no solo dice lo que los pueblos debieran hacer, sino cómo debieran ser. Pero que él no lo entienda no significa que otros tampoco lo hagan. Veamos, una de las razones para esa alta votación del Frente Amplio es que este está completamente alejado del maoísmo senderista. Los electores huamanguinos, aquellos que más sufrieron la violencia terrorista, saben que esta fue producto de pensamientos autoritarios, desde Sendero Luminoso hasta el fujimorismo; por eso rechazan el autoritarismo (sea de izquierda o derecha) y optan por tendencias más democráticas. También porque reconocen que en buena cuenta fue la izquierda quien enfrentó directamente al senderismo.

Al referirse a Cusco aflora un claro resentimiento: “aún muchos allí se alucinan los romanos del país, los dueños exclusivos de la peruanidad. Creen que los malvados limeños les hemos quitado la capitalidad y que son pobres por nosotros. ¡Si aún siguen hablando rencorosos de la conquista española como si hubiera ocurrido la semana pasada!”. Alguien debió haberle hecho algo malo aquí, o quizás sólo le moleste que los cusqueños, a pesar de ser provincianos, se sientan con el derecho de hablar de igual a igual con los limeños capitalinos. Desconoce que realmente mucho de la pobreza del interior del país está relacionada al bienestar de las clases altas limeñas, que los cusqueños se indignan al ver cómo sus recursos (gas, turismo, etc.) financian la opulencia de la “pituquería” de Lima y el extranjero. No es que lo crean, es que lo viven a diario. 

Yendo al otro tema, la conquista española no ocurrió la semana pasada, pero ocurrió. En Cusco es imposible no hablar de ella porque se la siente constantemente, basta recorrer sus calles y ese hecho histórico se hace presente. Tal vez Aldo M. se sienta heredero de los conquistadores y por eso le molesta esta memoria histórica, pero debería entender que esto es algo común en sociedades con traumas históricos fuertes. Él mismo refleja un trauma singular al referirse constantemente al gobierno de Velasco y los regímenes de izquierda en el mundo, ¿para él sí se justifica el resentimiento pero para los cusqueños no debe haber ni pizca? Otra vez su clara ausencia de sentido democrático.

Culmina proponiendo medidas antidemocráticas que espantarían a cualquier científico social: “Allí no queda más que fomentar la migración y la concentración poblacional en otras zonas: los prósperos “farmers” tipo la familia Ingalls jamás van a surgir en la Puna.” Una propuesta similar a las que aplicaron los colonizadores españoles hace más de cuatro siglos, ¡y luego se queja de que se recuerde la conquista tan vivamente! cuando él mismo está retrayendo ese pasado en sus propuestas. 

Pero donde este columnista se extralimita es en “Mi querido Carlín”, escrito el día anterior como respuesta a una caricatura del humorista Carlín. En una actitud infantil le dice “solo vendiste 100 libros tuyos contra 13 mil míos”, en una reducida interpretación cuantitativa de la vida. Me pregunto, ¿cómo sabe la cantidad de libros que vendió Carlín, hizo encuestas en las librerías, qué metodología utilizó? Más parece una frase sin sentido extraída del Chavo del 8. 

Previamente hace una lluvia de frases similares, en las que curiosamente reconoce que PPK es un “imperialista yanqui” y se alegra del triunfo fujimorista, un partido claramente antidemocrático. Y es allí que expresa todo su odio a los pueblos andinos del sur, que “son repelentes a Lima y al norte”, una expresión marcadamente racista. Dice que los izquierdistas “cual perversos parásitos, siempre medran electoralmente del atraso, resentimiento e ignorancia”, es decir que el sur se caracteriza por el atraso, el resentimiento y la ignorancia. Ignora él que en el sur existen culturas ricas y diversas, que son la admiración del mundo, que hay más atraso cultural y moral en sociedades ultra modernas como sus admirados EEUU. Ignora que los pueblos del sur tienen mucha más armonía y solidaridad que los capitalinos, que más resentimiento se ve en las frases que él usa (“¡me hubiera gustado ver tu cara!”, “llora Rocío SS”, “tu izquierda cacarea una campaña modesta”). Sobra decir que más ignorante es él, pues ignora todo ese universo del sur andino.

Quizás necesite que un paqo le ayude a buscar su alma o una buena terapia sicológica, pues las páginas de un periódico no son el mejor lugar para soltar sus demonios internos. Eso sí, el sur no se calla (lo decían las consignas del 5 de abril). Estos son otros tiempos, ya no hay gamonales de horca y cuchillo, no vamos a tolerar rabietas de cualquiera ni permitir que por su pura cólera nos insulte gratuitamente. Aunque le duela, los provincianos, los sureños, los serranos, también tenemos voz y voto.

Roberto Ojeda

sábado, 26 de marzo de 2016

La noche de Santiago y los nuevos días del Perú



“El rumor de un pueblo que despierta, ¡es más bello que el rocío!”
Manuel Scorza

El 10 de marzo de 2016 se inició una ola que viene a cambiar el panorama político peruano. Se inició en la plaza de Santiago en Cusco, pero pudo ser en cualquier otro lugar del país. Fue una protesta multitudinaria, nadie la organizó, nadie la dirigió, la gente se autoconvocó, se pasó la voz por redes sociales y se sumó allí, en la calle, poco a poco, hasta terminar siendo el triple de los simpatizantes del mitin fujimorista que se desarrollaba en el lugar. La ex primera dama de la dictadura tuvo que reducir su mitin y marcharse, los días siguientes la misma figura se repitió en distintas ciudades por todo el país.
El proceso electoral que había estado monótono y bastante vulgar, se vio sorprendido por el ingreso de un nuevo actor: la movilización social. Gente sin banderas pero con reclamos bien claros, armados de memoria y dignidad, prefirieron lanzarle huevos en vez de golpes y recordar sus crímenes en vez de discutir sus supuestas propuestas. La prensa neoliberal los acusó de violentistas, tratando de negar la verdad y asustar al país. Buscaron relacionarlos con algún partido, con algún grupo, buscando hallar a los dirigentes de un movimiento sin dirigentes.
Ahora que se consolida el fraude a favor de la representante de la última dictadura del siglo XX, que a la vez fue el gobierno más corrupto del Perú; esa multitud sin jefes ni caudillos vuelve a movilizarse. EL JNE excluyó del proceso a un candidato por un hecho menor que el de la candidata Keiko, bastante documentado por la prensa, pero la candidata no es excluida. Queda claro un favoritismo y una manipulación de las entidades electorales.
Y esa voz múltiple, mayormente juvenil y autónoma, denuncia el fraude y propone que no se realice este proceso, por lo menos hasta que el JNE sea cambiado, y se convoque a nuevas elecciones. Aseguran que continuarán movilizándose por todo el país para evitar que se consolide una elección a todas luces ilegítima. Entre el 5 y el 10 de abril se medirán las fuerzas de esta nueva oleada de dignidad, frente a las más cavernarias fuerzas del neoliberalismo. La vieja izquierda electoral podría hacerle el juego al fraude, por lograr las curules que ya tienen casi seguras. Esperemos que la izquierda escuche la voz de los indignados y aprenda de ellos.
En las calles, un sector de peruanos estamos descubriendo nuestra fuerza. Aprendemos en la práctica que no necesitamos jefes ni caudillos, ni grandes organizaciones; que con niveles de organización horizontal y en redes, en menos tiempo estamos logrando más de lo obtenido con organizaciones verticales y centralizadas. Todo esto es continuación de lo que fue el “pulpinazo” un año atrás, y podría ser la antesala de una nueva forma de hacer política más adelante.

Así consoliden su fraude, así elijan a otro neoliberal, así nos calumnien e insulten; ya aprendimos que la fuerza está en la acción, que sólo nuestras acciones hacen que nos tomen en cuenta, que no importa lo que hagan allá arriba mientras fortalezcamos nuestras opciones abajo, que sus insultos pueden ser respondidos con nuestras verdades. El reto es enorme y no tenemos seguridad de vencer, pero ya no nos quedaremos esperando que alguien nos salve, ni caudillos, dirigentes o maestros, ni grandes organizaciones o partidos; estamos comenzando a tomar en nuestras manos los hilos de nuestros destinos, y nos queda la tarea de enseñarlo a todos nuestros pueblos y organizaciones, así, de manera horizontal y en la práctica. 

Roberto Ojeda

lunes, 11 de enero de 2016

La herencia del “pulpinazo” y los retos del 2016

Hay momentos de gran movilización social que se convierten algo así como el acta de nacimiento de una generación, el momento “heroico” que muchos mantenemos como un recuerdo de que asumimos el reto que nos planteó la historia. Estos momentos suelen recordarse como el punto de partida o reorientación de las organizaciones y los activistas que actuaron después de dicho momento. Para otros es un recuerdo de que fueron “parte de la historia”, aunque luego no hayan seguido activando. Y claro, también existen los que estuvieron al “otro lado del río”.
Pertenezco a la generación que se formó en las luchas contra la dictadura fujimorista, que tuvo su momento culminante en la marcha de los 4 suyos en julio del 2000. Las organizaciones que surgieron en esas jornadas reconocían haber despertado luego del aletargamiento social del fin de siglo. Siendo mayormente jóvenes, sentíamos  estar “reconstruyendo la política”, pretensiones de principiantes que se incrementaron al no haber tenido apoyo más orgánico de activistas con larga experiencia. Entre las novedades que trajo este momento fue la presencia de  ideales libertarios que antes estaban casi completamente ausentes.
El año 2009, una generación nueva fue estremecida por el “Baguazo”, ese momento trágico que el gobierno aprista dejó en la Amazonía. Este hecho motivó movilizaciones en todo el país, formándose nuevas organizaciones que tenían en su agenda el tema ambiental y la defensa de los pueblos indígenas. Para este momento, muchos de los activistas de la lucha antidictadura seguían activos junto a los jóvenes del momento. El “Baguazo” fue lo más sonado de un conjunto de varios conflictos sociales que, desde las zonas rurales,  renovaron la agenda social.
El “Pulpinazo” ha sido otro de esos momentos, pero esta vez, la agenda la pusieron los jóvenes y sus propias demandas. Es importante reconocer que al igual que en los casos anteriores, esto no surgió de un día para otro, que fue producto del trabajo de organizaciones pequeñas que ya venían activando, con orientación libertaria, ecologista, feminista o indigenista; que supieron sumarse a la indignación juvenil y las reivindicaciones laborales.

Después del pulpinazo

El 18 de diciembre de 2014 una multitudinaria movilización sorprendió Lima e impresionó al resto del país, las marchas siguientes fueron creciendo en todas las ciudades peruanas. Fue el momento “heroico” de una nueva generación, con participación activa de algunos activistas mayores. Que generó organizaciones inéditas en el país, como fueron las zonas. Luego de la derogatoria de la “Ley Pulpín” se propusieron “ir por más”, pero como sucede casi siempre, el entusiasmo fue bajando y la cantidad de activistas se redujo para las jornadas siguientes.
El pulpinazo ayudó a fortalecer organizaciones específicas como el Bloque Hiphop, generó variadas iniciativas y aunque las Zonas se fueron reduciendo, continuaron activas. Se han fortalecido o surgido colectivos feministas o de diversidad sexual en varias partes del país, algunas organizaciones asumieron también la agenda ambiental y de los pueblos indígenas. Un sector de esta juventud se incorporó al proceso electoral mientras que otros se reafirman en la idea autonomista, y claro, otro buen sector ha vuelto a su vida cotidiana.
Una desventaja de esta generación es tener el proceso electoral tan cerca. A diferencia de los del año 2000, que surgieron del hartazgo a la política completamente corrompida, los de ahora pueden ver en la candidatura de Vero Mendoza una posibilidad de “renovar la política”. No podemos negar que, con toda la legitimidad que tiene esta idea, también ha contribuido al debilitamiento del activismo de los primeros meses del 2015.
El año 2000, nos resultaba imposible ver una esperanza en Toledo o los intentos de reagrupamiento de la vieja izquierda, lo que hizo que los colectivos de entonces buscáramos opciones autonomistas (recordando que éramos bastante menos de los que hay ahora). El 2009 no estuvo tan cerca a las elecciones, las organizaciones se dedicaron a consolidar sus agendas y prioridades, claro que luego varios apostaron por el Humalismo, pero esta opción siempre fue tomada con reparos por la ambigüedad que emanaba. Hoy, Vero es vista por muchos como “alguien de nosotros”, y las críticas que le hacen elementos de la “vieja izquierda” más bien contribuyen a esto. La cercanía de las elecciones fuerza a tomar una decisión, lo que hace que muchos terminen descuidando sus agendas particulares, sumándose a una campaña en la que la maquinaria derechista no da tiempo para otra cosa que no sea responderle.
El panorama venidero podría ser el menos deseable, el retorno de un gobierno fujimorista o el triunfo de alguno de sus competidores derechistas, que no son iguales pero son lo mismo. El reto ahora es, cómo organizarnos para enfrentar el peor de los escenarios posibles. Aquí la ilusión de “sembrar” una política decente no ayuda mucho, puesto que el tiempo y esfuerzo que invertirán los que participen en la campaña electoral (y por lo fea que se pondrá esta campaña demandará mucho esfuerzo), no les permitirá hacer lo otro en paralelo, o por lo menos no con la intensidad necesaria.

El panorama del 2016

El temor a un “segundo fujimorismo” es mayormente simbólico. No puede haber un segundo fujimorismo pues aún no salimos del primero. Nos han seguido gobernando con la Constitución del 93, los gobiernos “democráticos” fueron una continuación de Fujimori y si se moderaron en algunos aspectos, se debe a la presión social, no a una orientación diferente. Es más, el 2011 elegimos a Humala para evitar que Keiko hiciera todo lo que luego el mismo Humala ha hecho. No es extraño que esa candidata tenga tantos seguidores, esa gente debe pensar “si todos hacen lo mismo que el Chino, que gobierne su hija que al menos lo hará mejor”, entendiendo ese “mejor” en el sentido de más autoritario (mano firme).
Los que estamos  apostando por iniciativas autónomas ahora somos menos que hace un año, la posibilidad de contribuir al fortalecimiento del movimiento social también es ilusoria. Queda apoyar las dinámicas de las organizaciones gremiales, aunque en un contexto electoral, estas pueden ser fácilmente absorbidas por ese proceso.
Pero la historia enseña que una buena estrategia es convertir una desventaja en una ventaja. A diferencia del año 2001, hoy existen varias experiencias concretas de lucha (Valle del Tambo, Cajamarca…) y varias agendas presentes (género, LGTBI, universitaria, indígena, laboral, ambiental, soberanía alimentaria, animalista…). Además, por más que resultase electa la peor de las opciones electorales, el Perú del 2016 no es el de 1990, los movimientos sociales de ahora son completamente diferentes a los de entonces, el desarrollo privatista ya es cuestionado por importantes sectores de la población (no mayoritarios, pero con la suficiente fuerza de hacerse escuchar).
El 2016 se presenta como un desafío múltiple, ¿cómo contrarrestar el discurso desarrollista neoliberal?, ¿cómo articular agendas tan variadas?, ¿cómo construir alternativas al consumismo, la alienación, el patriarcado, el antropocentrismo? Estas interrogantes no se lanzan como dudas ni esperan tener la respuesta “uaa, no podremos hacer eso”; más bien son algunos retos visibles para el tiempo venidero. Después de todo, no descartemos la posibilidad de otra sorpresa como la del 18 de diciembre del 2014.

A manera de epílogo


Tengo un recuerdo muy vívido de la noche del 17 de setiembre del 2000, acabamos de oír el mensaje presidencial en el que Fujimori anunciaba convocar a nuevas elecciones en las que ya no participaría, su gobierno autocrático se venía abajo. Corrimos a la plaza central sin que nadie nos convocara, allí se fue juntando un manchón de gente y se armó la celebración al coro de “sí se puede”, consigna que luego fue expropiada por el Cienciano, pero que aún retumba en ese recuerdo. A diferencia de entonces, la celebración por la derogatoria de la Ley Pulpín fue más modesta. Hay harta diferencia entre la derogatoria de una ley y la caída de una dictadura, pero hallo una diferencia mayor en lo que vino después. Este grupo de activistas que celebró el 25 de enero del 2015 luego hizo mucho más de lo que aquel manchón del 2000 había hecho. Para mí, eso es una señal de esperanza.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Perú: Estancados en el tiempo

Kochero

Leí por ahí que en Perú los viejos se sienten jóvenes y los jóvenes envejecen rápido. Es una buena descripción de la percepción del tiempo en el Perú contemporáneo, donde todo lo temporal se ha vuelto relativo.
Hace años que escuchamos los mismos discursos, las mismas críticas, los mismos temores, como si el Perú se hubiera quedado estancado en el tiempo.
La derecha usa constantemente la idea de que no podemos volver al pasado, al comunismo, al gobierno de Velasco; que debemos mirar al futuro, al libre mercado. Tal parece que no se han dado cuenta que vivimos en ese libre mercado neoliberal y globalizado hace 25 años, que ese futuro ya es un poco pasado. Que reprocharle los males del Perú a Velasco es absurdo, pues están hablando de un gobierno derrocado hace 40 años, cuya herencia fue borrada por las reformas de Fujimori. En todo caso, los males actuales del Perú son más herencia del segundo.
A veces les oímos mencionar la palabra “muro”, pero no hablan de muros contemporáneos como el de Palestina o el de México, sino del muro de Berlín, una estructura que no duró ni 30 años y fue un símbolo de un remoto tiempo llamado “guerra fría”. Recuerdan el terror de Sendero Luminoso y la guerra que acabó hace más de 20 años, los ven presentes en todos lados, les temen más que al narcotráfico que sí es un terror contemporáneo.
En ese su gusto por debatir con fantasmas, los defensores del capitalismo neoliberal no quieren ver a sus interlocutores contemporáneos. Para ellos los indígenas, el ambientalismo, la diversidad; solo son disfraces del enemigo antiguo: el comunismo.
Y la izquierda también anda en el pasado, hablando de la unidad por todos lados, para continuar el camino de la Izquierda Unida que se dividió hace 25 años. Repiten los debates de esos años, como si el neoliberalismo solo hubiera sido una pausa, una pesadilla que ya acabó y volveremos a andar donde nos sorprendió su interrupción.
Los nuevos actores son vistos como variantes contemporáneas de los mismos sujetos históricos de siempre, “obreros, campesinos y estudiantes”, como si no hubiera tanto ambulante, informal, independiente. Desde el “baguazo” hasta el “pulpinazo”, esos momentos de movilización social son vistos como escalones para llegar a la “unidad” y al gobierno, por eso siempre desembocan en la apuesta electoral.
Y hay algo que todos ellos comparten: el ideal del progreso, la modernidad, el desarrollo. Aunque este ideal nos ha llevado a desastres ambientales, sociales y culturales por todo el país. Siguen buscando la idea de vivir mejor, aun cuando los indígenas contraponen eso de buen vivir, pero nada, dale y dale con eso de que necesitamos dinero, éxito, desarrollo. “¿Qué es eso de ser indígenas?, mejor es ser mestizos, ciudadanos, consumistas”.
Todo eso se refleja en la cultura, con sus repeticiones constantes de íconos antiguos como Ferrando, Cubillas y la música chicha. Quizá lo más patético sea el deseo de que la selección de fútbol retorne a un mundial después de más de 30 años. Se habla de lo contemporáneo en referencia a fines del siglo XX, se ignora las corrientes de pensamiento actuales, se silencia la crisis civilizatoria mundial. Por otra parte siguen ahí el ejemplo del “Che” en lugar del Marcos, la experiencia rusa en lugar de la boliviana, la cubana en vez de la kurda. Varias veces he estado en reuniones con jóvenes que reflejan tan viejos pensamientos.
Sin embargo el tiempo no puede dejar de filtrarse por esta cortina de estancamiento. Celendín, Valle del Tambo, el Pastaza y las Zonas nos lo mostraron, también la constantemente renacida cultura tradicional, y la utopía por la soberanía alimentaria en contra de la viejísima “revolución verde”. Apenas atisbos, pero tan potentes.

Cuan necesario se hace retomar aquel grito que remeció al Perú hace más de un siglo: “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”.

lunes, 14 de septiembre de 2015

En la puerta del horno; reflexiones sobre la izquierda peruana

Kochero

La dicotomía izquierda-derecha es una forma fácil de explicar las contradicciones sociales e ideológicas de una sociedad, costumbre heredada de los tiempos de la Revolución francesa de fines del siglo XVIII. Para explicarla en forma simple: se denomina izquierda a quienes defienden a los oprimidos y marginados de la sociedad, y pretenden lograr una transformación social (revolución) que instaure una sociedad más justa; en contraposición, se denomina derecha a los que defienden a los privilegiados de la sociedad dominante, a los opresores y marginadores, siendo su pretensión evitar cualquier transformación social.
A principios del siglo XX la izquierda peruana estaba representada por el anarcosindicalismo, poco a poco este movimiento se debilitó y fue reemplazado por una izquierda partidaria y moderada. En los años 30 en el Perú, el partido de izquierda más conocido era el Apra, luego vendrían a disputarle el liderazgo de la izquierda los socialdemócratas y Acción Popular. El comunismo era el ala más radical de la izquierda de entonces, que consideraba a los otros de simples reformistas. En la segunda mitad del siglo XX los “reformistas” terminarían virando al centro y la derecha, quedando solo el comunismo como expresión de izquierda.

El apogeo del marxismo en el Perú
El impacto de la revolución cubana de 1959 influyó en todo el continente y contribuyó a difundir el marxismo como sinónimo de izquierda. En el caso peruano esto se reforzó con la rebelión campesina de La Convención (Cusco) y la aparición de varias guerrillas. En los años 60, el Partido Comunista y otras agrupaciones menores pero también de ideología marxista, quedaron identificadas como la única izquierda.
Todo se volvió marxista, desde la iglesia progresista a través de la Teología de la Liberación, hasta los movimientos radicales como el MIR o el ELN. Pronto se dividió el Partido Comunista y las varias facciones que fueron surgiendo se consideraban mejor marxistas cada una. Todos buscaban reemplazar la sociedad capitalista por una socialista, en la que no hubiera clases sociales y el gobierno estuviera en manos de los trabajadores, a través de un partido directamente controlado por ellos. El problema de entonces era cual sería dicho partido, cada grupo se consideraba el indicado, descalificando a los demás.
Para lograr esa meta, se proponían varias estrategias, que pasaban desde la movilización popular hasta la participación electoral, según las circunstancias. Pero la estrategia máxima era realizar la revolución social y política, para lo que era necesario esperar el momento preciso pre revolucionario. El año 1968, un golpe de estado encabezado por el General Juan Velasco, inició un proceso de reformas sociales que autodenominaron “revolución peruana” (reforma agraria, educación nacionalista, nacionalización de empresas extractivas, bancos y prensa). Aunque se relacionó con los países comunistas como Cuba y la Unión Soviética, y aunque captó a muchos comunistas peruanos en sus filas, hubo un sector de la izquierda que lo calificó de “gobierno fascista”, por su origen militar, su dirigencia “burguesa” y –principalmente- porque la base de su ideología era el nacionalismo y no el marxismo.

La revolución no llegó, pero sí la guerra
Derrocado Velasco por otro golpe militar en 1975, las reformas cesaron y la izquierda combatió la dictadura hasta que los militares convocaron a Asamblea Constituyente, en la que participó la izquierda y se promulgó una Constitución que incluía algunas propuestas de estos grupos, en 1979. El año siguiente se realizaron elecciones generales y la izquierda estuvo a punto de participar como una fuerza importante, pero terminó dividiéndose en 3 facciones. Para ese momento, la izquierda había crecido enormemente en el país, con presencia en casi todos los sindicatos, en el movimiento campesino, en el universitario, entre los intelectuales y artistas. Sin embargo, al meterse en las elecciones dejó su principal propuesta: la realización de la revolución. Aquellos que durante más de una década habían proclamado la revolución como la única salida, ahora participaron en la democracia electoral y sólo un grupo decidió realizar la revolución por su cuenta, el grupo radical Sendero Luminoso.
Sendero era uno de los denominados “infantiles de izquierda”, despreciado por los otros partidos marxistas y por la derecha. Pero los infantiles cogieron las armas e iniciaron una revolución violenta, que rápidamente se convirtió en una guerra interna que se enfrentó a todo el que los criticara, controlando territorios a la fuerza y ganándose el rechazo de poblaciones campesinas-indígenas. Entonces, el resto de los marxistas fueron denominados “izquierda legal”, y aunque la derecha los acusaba de cómplices del “terrorismo” (de Sendero), esto quedó desmentido cuando el mismo Sendero se dedicó a atacar a militantes izquierdistas y dirigentes populares.
En 1984, un grupo heredero del MIR de los 60, se denominó MRTA y se levantó en armas para hacer la revolución, en buena cuenta para corregir el camino que Sendero había “desviado”. Contando con apoyo solo de algunos grupos de izquierda, fue tildado de “terrorista” y tratado como si se tratase de otro Sendero. A mediados de los 80, el MRTA era el único sector de izquierda que seguía manteniendo la revolución como propuesta, pues Sendero aplicaba más terrorismo y la izquierda legal había abandonado esa idea.
Un año antes, la izquierda legal logró unirse en la alianza Izquierda Unida, que logró ganar electoralmente algunos municipios y en 1985 se convirtió en la segunda fuerza política en el parlamento. Es comprensible que en ese panorama, la revolución fuera pospuesta o descartada como prioridad. A la vez, muchos izquierdistas encontraron trabajo en ONGs, implementando proyectos de desarrollo en sectores marginados de la sociedad.

Como un castillo de naipes
Luego vino la caída del bloque comunista de Europa y la desintegración de la Unión Soviética. En las elecciones de 1990, el electorado decidió sancionar a los partidos tradicionales (derecha e izquierda) eligiendo a un independiente, uno de esos candidatos pequeños que resultó implementando el neoliberalismo y la corrupción como forma de gobierno, a la vez derrotó a Sendero y el MRTA, aplicando una represión despiadada. La izquierda legal resistió poco, perdiendo el apoyo popular rápidamente, a fines de siglo se convirtió en un sector muy reducido.
¿Por qué esa fuerte izquierda se desvaneció tan rápido? Las explicaciones no han sido pocas, se reconoce errores políticos, alejamiento de las bases, la influencia del nuevo panorama mundial, entre otros. Si bien fue un suceso mundial, hay que reconocer que en otros países del continente su caída no fue tan fuerte, es decir, en Perú era casi la principal fuerza política, con influencia en campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales, profesionales; y pasó a ser un sector marginal, mal visto por la mayoría de esas mismas poblaciones.
Sendero y el MRTA no estaban locos cuando se mandaron a la guerra, consideraban que el momento revolucionario había llegado, durante los años 70 casi toda la izquierda veía un crecimiento que solo podía conducir al momento revolucionario. Pero este no llegó, o llegó pero fue el grupo menos indicado el que se lanzó a la lucha. La izquierda que había proclamado la revolución durante dos décadas, terminó proclamando la participación en la gestión estatal y trabajando en entidades de desarrollo (ONGs). En cierta medida, la revolución fue desmantelada desde adentro y antes de realizarse, “como un pan que en la puerta del horno se nos quema”, parafraseando a Vallejo.

El olvidado factor cultural
Cada movimiento que pretende transformaciones sociales, busca construir su propia cultura. A principios del siglo XX, los anarcosindicalistas tenían sus propias organizaciones, sus propios libros, sus propias escuelas. Décadas después, los marxistas hicieron lo mismo pero con sus propias características, se llamaba “burgueses” a muchos elementos culturales oficiales, y eran “taras burguesas” los gustos y preocupaciones que no reforzaban el marxismo. Los comunistas reivindicaban una cultura surgida del proletariado, que recogiera elementos de las culturas dominadas, principalmente de lo andino, pero todos en función a propiciar la futura sociedad socialista.
Sin embargo, los mismos intelectuales y dirigentes comunistas, fueron valorando poco a poco a las culturas marginadas que crecían con la migración del campo a la ciudad. La lucha por ser aceptados en la sociedad que los marginaba, fue la forma en que estos sectores se acercaron a la izquierda, y fue también, la razón porque luego le dieron la espalda. La llamada cultura “chicha” presentó un desafío para la izquierda, criticada por los elementos de alienación que presentaba, al final, fue respetada en su búsqueda de inclusión. Total, la izquierda lo que proponía era la modernidad, una modernidad más justa, pero modernidad al fin. Lo “chicha” era más afín a esta idea que la tradición indígena.
Pero fue ese pensamiento “chicha”, de querer ser incluido a la sociedad dominante, el que dio la base social al Fujimorismo y aún hoy es el principal soporte del neoliberalismo. Los que buscaban incluirse no iban a apostar por algo que pretendiese destruir el sistema al que tan esforzadamente se iban incluyendo. La inclusión se convirtió en el reemplazo de la justicia como aspiración social, por eso un intelectual de derecha los denominó “el otro sendero”.

El tiempo de la nostalgia  
A fines de los 90 nuevos movimientos sociales y activistas lucharon contra la dictadura camuflada de Fujimori, luego surgieron luchas contra la economía extractivista impuesta por el modelo neoliberal, para el 2010 la principal fuerza crítica al sistema serían el movimiento indígena y los ambientalistas. Todos estos movimientos serían denominados izquierda bajo la denominación simplificadora que mencionamos al comienzo, aunque la mayoría no son marxistas.
En este panorama, los marxistas de ayer y muchos jóvenes que crecieron con la añoranza de aquella “edad de oro” del marxismo peruano, creyeron que lo lógico era el resurgimiento de esa izquierda, solo que incluyendo las reivindicaciones de los nuevos actores y movimientos sociales. Ahora tenemos un fuerte movimiento nostálgico que no ayuda a enfrentar las dominaciones del presente, y termina aislando más a esta “vieja” izquierda de los sectores populares.
La apuesta nostálgica insiste en la necesidad de construir partidos políticos y participar de las contiendas electorales, aunque la principal idea de aquellos años ha desaparecido por completo: lo revolucionario. La principal añoranza es reconstruir la Izquierda Unida, una alianza electoral que les permita continuar el camino donde el fujimorismo lo interrumpió, los pasados fracasos del Frente Amplio no los hace reflexionar aún. Lo que queda de aquella izquierda es su expresión “pequeño burguesa”, los denominados “caviares” (expresión copiada del francés), que apuestan por propiciar cambios desde las instituciones existentes, priorizan el espacio de gestión, desprecian el “culto a la pobreza” y han aceptado convivir con las “taras burguesas”.
Curiosamente la derecha extrema usa el término caviar como insulto contra los que protestan. No lo hacen por tontos, sino que de alguna manera, así intentan mantener alejada a la izquierda de las bases sociales; decirles caviares es como decirles “luchan por los pobres pero viven (o quieren vivir) como los ricos”. Con las elecciones próximas vemos a los viejos dirigentes cavando su tumba en una alianza que sólo une a los más cuestionados de la izquierda, por otro lado el FA reaparece con nuevos rostros y discursos, pero no logran distanciarse del “caviarismo”.

Lo revolucionario en el siglo XXI
Durante décadas, la izquierda despreció las reivindicaciones y luchas que no encajaran en su esquema. Cuando esta izquierda se debilitó, esas otras luchas se hicieron visibles. Ahora, las resistencias al extractivismo y los valores indígenas son denominados de izquierda, pero hay dos acepciones a esta denominación. Por una parte, la derecha los acusa de ser manipulados o dirigidos por los comunistas; por otra, la izquierda caviar pretende incluirlos en sus propios proyectos.
La izquierda se “quemó en la puerta del horno” cuando abandonó su principal bandera, la revolución. Pero hay que aclarar que revolución no es sinónimo de guerra, sino de un proceso de cambio, que se da de múltiples formas (incluyendo la rebelión pacífica de Gandhi). Así, lo que se ha perdido es el sentido revolucionario, el deseo de transformar la realidad. Cosa presente en otros movimientos del continente, incluso en los gobiernos progresistas que bien podrían ser denominados “caviares”.

Pues lo revolucionario ahora está en cuestionar el modelo de desarrollo, retomando el respeto a la naturaleza, pero también cuestionando la cultura dominante. Desde la agricultura orgánica y la economía justa, educación alternativa o cualquier proyecto autónomo y autogestionado, pues el neoliberalismo nos domina “comprándonos”, dándonos dinero o ciertos bienes materiales. No se puede ser revolucionario tomando Cocacola frecuentemente, ni aspirando tener altos sueldos o “éxito”, pues el éxito es un valor neoliberal. Tal parece que la izquierda nostálgica se está convirtiendo en una pieza más de la dominación que cuestiona, como antes les pasó a los masones o a la socialdemocracia.

miércoles, 1 de julio de 2015