El principio de identidad
Cada cual en su lugar, ocupando su sitio. Cada cual es cada cual y así ha sido siempre. Para que podamos vivir en armonía y sin conflictos debemos respetar el espacio de los demás y no salir de nuestro propio espacio. Así ha sido siempre, pero aún así, siempre hubo conflictos. Tal vez es necesario comprender este fenómeno, eso que a veces llamamos destino, designio o simplemente suerte. Para saber si realmente así ha sido siempre, y si -aún con esa certeza- podría ser diferente.
¿Quienes somos?, ¿quién soy? ¿Cómo me identifico ante los demás y ante mí mismo? Las preguntas iniciales parten por este asunto: la identidad.
Desde que el hombre tiene memoria ha tenido nombre, oficio, ocupación, ese algo que lo hace individuo, ese algo que le da características propias que lo diferencian de los demás. Ser varón o mujer, viejo o joven, alto o chato, gordo o flaco, hablador o callado. Ahí está nuestra primera identificación, en aquellas cosas que no podemos cambiar de nosotros, nuestro aspecto físico, biología; todo lo que nos lo ha proporcionado la naturaleza misma.
Pero los humanos no somos sólo naturaleza. A lo largo de miles de años hemos desarrollado el razonamiento, construido cultura y sociedad. Entonces ahora, al identificarnos, juega un papel importante con quien nos identificamos, a quienes consideramos nuestros similares y a quienes diferentes. Lo que hace surgir una identidad colectiva, grupal.
Somos como nos vemos
Cada individuo tiene particularidades, algunas naturales (biológicas diríamos) y otras más bien culturales, que combinan las habilidades innatas con los roles que la sociedad nos ha proporcionado: el puesto, el trabajo, la especialidad, el mérito, el “don”. Esto que pareciera surgir mágicamente en lo más profundo de nuestro ser, pero en realidad está marcado por las oportunidades que nos proporciona la vida, es decir la sociedad. Que las ha ido creando a través de la historia, influenciada por las necesidades individuales de muchos como nosotros.
En todo grupo social de determinada sociedad, existen roles marcados: jefes, trabajadores, guerreros, etc. Estos roles varían según los avatares de su historia y según el pueblo al que nos refiramos. Los roles son muchos y muy diversos. Para sobrevivir se acepta el rol que la “suerte” o el “destino” nos haya asignado, así sea el ser esclavo o sirviente. Claro que en esa pelea constante que es la vida, casi todos queremos mejorar nuestra condición, obtener reconocimiento[1], ascender siquiera un poquito.
Los roles se asumen de varias maneras, por muchas influencias y la confluencia de determinadas circunstancias. Desde las habilidades de cada sujeto, la crianza de los mismos y -no hay que olvidar- las circunstancias que se presenten en su vida. Pero no son fijos y únicos, pues un mismo individuo puede asumir varios roles, según los espacios en los que participa (en el barrio, la familia, el trabajo, un grupo político, religioso, etc.) Por decir, al inscribirse en un curso de origami, automáticamente se está ingresando a un nuevo grupo y allí también se formarán roles (el más hábil, el más chistoso), aunque estos roles sólo funcionen las pocas horas que dura el curso.
Los roles comienzan en la familia
En una familia típica hay padres e hijos, hay una madre y un padre, aveces también tíos, primos y abuelos. Como nuestra sociedad es patriarcal el rol de jefe lo tiene el padre, como esta sociedad es machista hay diferencias marcadas entre los hijos y las hijas, y como además la sociedad está jerarquizada, en una familia grande alguien asume el rol de “gran padre”, quedando luego los otros padres y luego los hijos. Los roles familiares reproducen los roles sociales, y viceversa.
El tema de género presenta la primera división marcada de roles. La mujer es la mujer y el varón el varón. Esta división obedece también a factores culturales, mientras en occidente es el hombre el que manda y la mujer quien cría a los hijos, entre los iroqueses ambos compartían el gobierno, hay pueblos en los que ambos padres cuidan a los hijos y hay otros en los que es toda la comunidad la que realiza esta crianza. La mayoría de las sociedades conocidas han sido patriarcales, conocemos de algunas pocas matriarcales (los tallanes por ejemplo) y en muchos pueblos “primitivos” los roles fueron equivalentes.
El dios cristiano es hombre, porque su sociedad es patriarcal y machista. Los dioses indígenas siempre incluían la dualidad: macho-hembra, y hay divinidades que podríamos llamar homosexuales, al ser a la vez machos y hembras, en distintas culturas. Pero el mundo actual exige ser “varoncito” o “mujercita”, los niños con los niños y las niñas con las niñas, separados por la costumbre y para reproducir la civilización que los ha criado tan distanciados entre sí. Mencionamos ese dios varón que es Jehová, debemos recordar también que es un dios viejo, y allí aparece otro marcado rol, el generacional, el grupo de contemporáneos, con quienes se comparte el tiempo que se vive.
El individuo colectivo
A estas alturas uno ya se definió como varón o mujer, joven o viejo, y debe además, aceptar el rol étnico y de clase que le proporciona el mundo: pobre o rico, negro, indio o blanco, culto o “popular”, en resumen, ese reflejo de la sociedad que se legitima precisamente en cada uno de los individuos que asumen su rol. El color de la piel y los rasgos físicos son los elementos principales de esta diferenciación, pero están también el idioma, las costumbres, la religiosidad, los gustos musicales, hasta el apellido y, como no, el dinero. Asumirse de la clase, etnia, cultura o subcultura a la que se pertenezca es asumir los roles que afectan tanto lo individual como lo social.
Entre los roles grupales o colectivos tenemos a los guerreros, los sacerdotes, agricultores, comerciantes, jefes o caudillos, artesanos, etc. Muchas veces el rol individual está determinado por el rol grupal, pero claro, dentro de este también hay matices y aunque ni todos los artesanos son iguales ni todas las labores del campo implican la misma vida, el sentirnos iguales a otros nos da un rol compartido. Casi siempre es dentro de su grupo donde uno asciende (“progresa”, “se supera”), pues los roles colectivos son a su vez una suma de roles individuales.
Cuando nos ponemos a pensar cómo sería la vida sin un colectivo al cual pertenecer, basta recordar la historia de Pedro Serrano[2], perdido en una isla durante varios años, o recordar a los ermitaños que al alejarse del mundo, alejaban al mundo de ellos. Hay mucha diferencia entre una soledad deseada y una soledad inesperada, pero en todo caso, la sensación de estar fuera del mundo es inevitable. Así como Serrano ignoraba lo que pasaba en la sociedad, también la sociedad lo había olvidado, y cuanto más San Antonio vivía autoexiliado, se envolvía en asuntos ajenos a los que sus contemporáneos enfrentaban. Y hasta esto es un rol más, el rol del náufrago, del olvidado, del excéntrico que se aparta del mundo, en fin, siempre un rol, aún a pesar suyo.
Entre la seguridad y la aventura
En todo esto ¿dónde queda el instinto? Pues nuestra racionalidad no nos aleja de ser “animales racionales” como bien dijo Aristóteles. Muchas veces es esto lo que nos impulsa a tomar decisiones que contravienen con el pensamiento bien pensado. Salvar la vida o arriesgarla por la vida de otros, a veces nomás por un sueño, que sin embargo lo sentimos más importante que la vida misma.
Cuando los españoles se adueñaron del Tawantinsuyu, la reacción de la élite inka quedó reflejada en los líderes del momento. Manko Inka decidió arriesgar su puesto expulsando a los españoles de sus tierras, para lo que emprendería una guerra en condiciones desfavorables. Su hermano Paullu Thupa, segundo al mando y vuelto de cierta expedición, tenía ciertas fuerzas pero prefirió apoyar a los nuevos jefes, prefiriendo mantener sus privilegios aunque fueran reducidos, antes que arriesgar perderlo todo.
La historia está llena de hechos similares. El que arriesga todo por un sueño, ya sea la libertad, la aventura, el amor; como Juan Salvador Gaviota[3] queriendo volar más allá de la bandada. Y el que prefiere la seguridad antes que el riesgo, aunque así termine traicionando a su gente. Acepta la derrota que le permitirá vivir sin grandes penurias, antes que el riesgo que podría darle la gloria, pero también podría darle la desgracia. Uno puede preferir lo seguro, aunque deba renunciar a gran parte de sus sueños, otros prefieren apostar por sus sueños aunque pierdan la seguridad ganada.
Por eso se suele equilibrar los sueños con la realidad, soñar un poco pero cuidando la seguridad. De lo contrario nos aplasta el grupo social, la tradición, la costumbre. Nos aplasta el mundo entero. Pero hay quienes sí eligen lo inseguro, aunque les vaya mal. Curiosamente, estos son los que hacen la historia, los héroes que los demás admiran.
La capacidad de elegir
He llegado a pensar que toda la vida consiste en un constante y complejo enfrentamiento entre el destino y los sueños, entre el rol que nos tocó y el que quisiéramos. Tal vez el punto central de esa confrontación está en la capacidad de elegir, de priorizar uno u otro aspecto. Debemos recordar que la necesidad de elegir se nos presenta muy pocas veces, y casi siempre depende de algunas circunstancias u oportunidades. Pero en la vida hay muchas oportunidades pequeñas que por lo general son ignoradas por ser pequeñas, y es ese constante ignorar de la mayoría lo que permite a algunos individuos aprovecharlas.
Todos estamos en el mismo saco, la vida nos entrelaza de tal forma que nuestras elecciones terminan siendo producidas por la sociedad antes que por nosotros mismos. Por decir, alguien puede enorgullecerse de haber escogido estudiar lo que él quiso, sin mediación de nadie, pero olvida que no escogió estudiar, eso ya se lo implantaron de antemano. Y así, elegir el trabajo, la pareja, los amigos, en fin, una infinidad de elecciones que obedecen a nuestro contexto.
Nadie escogió la familia que le tocó y casi siempre a los amigos los tuvo que escoger dentro del rol grupal en el que se encuentra la mayor parte de su vida. Esto es lo bonito de la vida, porque imagínense lo que sería tener que andar escogiendo todo sin tener claro dónde hacerlo. El problema surge cuando los sueños comienzan a chocar con tu propio entorno, porque es fácil soñar con el progreso cuando todos tus similares sueñan con lo mismo, o soñar con la libertad en un pueblo sometido. Pero soñar soltar ataduras que tu propia gente mantiene como algo necesario, es bien difícil.
Tengamos claro que en la sociedad todo se reinventa constantemente, nada será igual por mucho tiempo, por lo tanto, nada es seguro. Podemos elegir cómo participar en ese eterno juego, podemos escoger ser simples espectadores o actores de la vida, arriesgándonos, soñando y tratando de vivir nuestros sueños, que quizás en parte o quizás más tarde se conviertan en realidades, impulsando a soñar nuevos sueños.
[1] Esto lo menciona el tan mentado Fukuyama en su tan mentado libro “El fin de la historia y el último hombre”.
[2] Esta historia está relatada en la segunda parte de los “Comentarios” del Inca Garcilaso.
[3] El famoso libro de Richard Bach
martes 17 de noviembre de 2009
lunes 2 de noviembre de 2009
El Perú apesta
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El título de este texto no hace referemncia a la contaminación, que de por sí transforma el olor de vida de los ríos en un olor de muerte y que al aroma de la tierra mojada -el mejor de los olores- lo convierte en pestilente lodo; además de esa contaminación tan destructora de la naturaleza, hay otra que destruye el alma de las gentes: la alienación, el hecho de imitar realidades ajenas, viviendo una vida que no es nuestra.
Uso el título recordando un verso que alguna vez escribiera uno de los mejores escritores peruanos: Manuel Scorza. En un inmortal poema suyo exclamó “La Patria hiede”, y bueno pues, como de olores se puede decir muchas cosas, sólo mencionaremos algunas.
Alan llora por un pulmón pero desprecia otros miles
Una noticia recorrió el mundo virtual: se robaron un pulmón de una exposición sobre anatomía del cuerpo humano, luego se supo que todo fue un truco publicitario. El presidente comentó hallarse indignado y sugirió que la pituca organizadora de esa exposición y artífice de la “bromita”, dejase la nacionalidad peruana.
A nosotros que vivimos bajo el sol, poco nos interesa si alguien roba o finge el robo de una exposición que jamás veremos, acostumbrados a los robos constantes en la Lima capital; poco nos importa si la autora del hecho tiene nacionalidad peruana, sabemos que todos los ricos tienen una sola nacionalidad: el capitalismo, y son más extranjeros que cualquier turista (hasta sus raros apellidos tienen). Lo que nos preocupa son nuestros miles de pulmones agredidos día a día por las enfermedades y amenazados cada vez más por las mineras transnacionales que se están repartiendo nuestros territorios como si fueran tortas.
Luego, el señor presidente viajó a Zurite para inaugurar unas obritas que están siendo desarrolladas más por el municipio distrital y el provincial de Anta (Cusco). Y para evitar cualquier problema, con el apoyo del alcalde aprista de Huarocondo, que nada tenía que ver en el asunto, intentaron impedir que los alcaldes de Zurite y Anta ingresaron al lugar (miembros del REMURPE, encabezado por el mismo alcalde de Anta Wilbert Rozas, críticos al gobierno). Llevaron sí una “portátil”, recogiendo (así, tan feo como suena) a campesinos beneficiarios del programa Juntos. Se supone que ese programa era gratuito porque se dirige a personas en situación de pobreza, pero ahora ya vimos el precio que tiene, muy a la manera aprista.
Ladrón elige ladrón...
Revisando las últimas encuestas, realizadas en Lima nomás, por eso que dijo Valdelomar que “Lima es el Perú”, sorprende que quien encabeza es Keiko Fujimori, la hija del corrupto semi dictador (ni a dictador completo llegó) del mismo apellido, sí, esa que estudió en el extranjero con el dinero que Montesinos le robaba al Estado, y a través de este a todos los peruanos.
¿Pero qué sorprende?, si el Perú o al menos Lima (que dicen que es lo mismo) se destaca principalmente por sus ladrones. Lo que más exporta este país son ladrones, en Europa o en Latinoamérica, peruano es casi sinónimo de ratero, veamos nomás Bolivia. Que casi un 20 % del electorado opte por una ladrona sirve como encuesta complementaria, podríamos afirmar que tenemos un 20 % de ladrones, de acto o de pensamiento. El razonamiento suyo es simple: “Fujimori robaba pero hacía obras”. Aunque las obras fueran malas, aunque el dinero robado pudo invertirse en otras cosas.
Y los periódicos mal llamados “chicha” (llamarlos así es calumniar a tan excelente bebida y el género musical tan bailadero), combinan bien informes sobre accidentes y robos, con datos de la vida de las farándulas, que a nadie debían importarle pero le importan a un sector que bien cosecha el fujimorismo: los alienados totales.
Les vale más el fútbol que la vida
Las encuestas no mencionan candidaturas como Arana y Pizango, y muestran en estrepitosa caída a Humala. Claro, la Lima “criolla” y sus “achorados” habitantes no elegirían a un cholo, un provinciano o un indígena. Para eso tienen entre una ladrona y otro ladrón, y otro y otro más. Sí señores, a pesar de que estos ciudadanos de segunda clase (porque nosotros somos de tercera, según dicen) en su mayoría son “cobrizos”, descendientes de provincianos, de indios, cholos o serranos; pero tanto les han dicho que son diferentes, que se lo han terminado creyendo.
Otra noticia: barristas arrojan de auto a jovencita y fallece por la caída. ¿Qué es eso?, no la atacaron para robarla, ni por venganza ni por error, sólo por el placer de atacar. El colmo de la violencia. El exceso de la alienación se ve graficado en las barras bravas, donde la gente está dispuesta a matar sólo por un equipo de fútbol, es el público de un espectáculo matándose por el espectáculo. A eso nos han llevado las campañas alienadoras de los medios y las educaciones, con su racismo y conformismo.
Marx vuelve pero no retorna
Estuvo por Cusco un dizque filósofo llamado Lora Cam. Oímos su disertación en la que, de cada 5 palabras, 4 eran insultos y groserías. Este tipo de intelectuales y políticos vuelven a la carga, pretendiendo hacernos creer –una vez más- que la teoría marxista es ciencia incuestionable y por lo tanto, una religión liberadora. De nada parecen haber servido los más de 100 años de experiencias, de errores y acomodos de las izquierdas, de fracasos y nuevos aprendizajes… para ellos, el error está en quienes aplican mal las sabias enseñanzas del profeta. El pobre Marx nunca habría pensado que usarían sus aportes para eso.
En distintas actividades públicas vemos las ideas de Sendero Luminoso intentando hacerse presentes, y junto a esas ideas hay personas, para quienes la guerra no parece haber dejado lecciones. ¿Por qué será que el gobierno, tan adepto a ver terroristas hasta en el agua, no hace nada contra estos sujetos? Quizá la estrategia sea dejarlos crecer para luego meterlos en un mismo saco con todos los que libremente opinan y libremente defienden sus derechos, después de todo, eso les funcionó bien en los años pasados. Sendero no es una amenaza para el gobierno, es una ayuda.
Para quien sí es una amenaza es para el pueblo mismo, y no sólo este grupo sino cualquiera que pretenda imponer sus ideas. Quien impone no dialoga, quien no dialoga no incluye y más bien oprime. Para un pequeño balance: si en los 20 años de guerra Sendero no mató ricos, salvo los que cayeron accidentalmente en Tarata, entonces, su guerra no fue como decían –contra los ricos- sino más bien contra los pobres, contra el pueblo.
Si eso es el Perú, nosotros ¿qué somos?
No todos los que habitamos este país de todas las sangres y todas las contradicciones merecemos ser etiquetados bajo el mismo manto. El Perú es en realidad varios Perús, varios suyus o varias patrias, como decía Arguedas. No es que unas sean mejores que otras, aunque algunas conservan más valores como el amor a Pachamama y la solidaridad entre los seres. De lo que se trata es que nos siguen imponiendo la idea de que Lima es el Perú y todo lo que se diferencia, no es importante o no es necesario.
Las teles, los diarios y las encuestas; podrán seguir diciendo lo que quieran, pero la realidad es más diferente. Hay muchos Perús y cada cual tiene derecho a defender sus territorios, en eso estamos, en eso vamos, esperando que los de las ciudades aprendan también a defenderse, de la explotación pero sobre todo de la alienación, que ahí empieza la verdadera liberación de las personas.
El título de este texto no hace referemncia a la contaminación, que de por sí transforma el olor de vida de los ríos en un olor de muerte y que al aroma de la tierra mojada -el mejor de los olores- lo convierte en pestilente lodo; además de esa contaminación tan destructora de la naturaleza, hay otra que destruye el alma de las gentes: la alienación, el hecho de imitar realidades ajenas, viviendo una vida que no es nuestra.
Uso el título recordando un verso que alguna vez escribiera uno de los mejores escritores peruanos: Manuel Scorza. En un inmortal poema suyo exclamó “La Patria hiede”, y bueno pues, como de olores se puede decir muchas cosas, sólo mencionaremos algunas.
Alan llora por un pulmón pero desprecia otros miles
Una noticia recorrió el mundo virtual: se robaron un pulmón de una exposición sobre anatomía del cuerpo humano, luego se supo que todo fue un truco publicitario. El presidente comentó hallarse indignado y sugirió que la pituca organizadora de esa exposición y artífice de la “bromita”, dejase la nacionalidad peruana.
A nosotros que vivimos bajo el sol, poco nos interesa si alguien roba o finge el robo de una exposición que jamás veremos, acostumbrados a los robos constantes en la Lima capital; poco nos importa si la autora del hecho tiene nacionalidad peruana, sabemos que todos los ricos tienen una sola nacionalidad: el capitalismo, y son más extranjeros que cualquier turista (hasta sus raros apellidos tienen). Lo que nos preocupa son nuestros miles de pulmones agredidos día a día por las enfermedades y amenazados cada vez más por las mineras transnacionales que se están repartiendo nuestros territorios como si fueran tortas.
Luego, el señor presidente viajó a Zurite para inaugurar unas obritas que están siendo desarrolladas más por el municipio distrital y el provincial de Anta (Cusco). Y para evitar cualquier problema, con el apoyo del alcalde aprista de Huarocondo, que nada tenía que ver en el asunto, intentaron impedir que los alcaldes de Zurite y Anta ingresaron al lugar (miembros del REMURPE, encabezado por el mismo alcalde de Anta Wilbert Rozas, críticos al gobierno). Llevaron sí una “portátil”, recogiendo (así, tan feo como suena) a campesinos beneficiarios del programa Juntos. Se supone que ese programa era gratuito porque se dirige a personas en situación de pobreza, pero ahora ya vimos el precio que tiene, muy a la manera aprista.
Ladrón elige ladrón...
Revisando las últimas encuestas, realizadas en Lima nomás, por eso que dijo Valdelomar que “Lima es el Perú”, sorprende que quien encabeza es Keiko Fujimori, la hija del corrupto semi dictador (ni a dictador completo llegó) del mismo apellido, sí, esa que estudió en el extranjero con el dinero que Montesinos le robaba al Estado, y a través de este a todos los peruanos.
¿Pero qué sorprende?, si el Perú o al menos Lima (que dicen que es lo mismo) se destaca principalmente por sus ladrones. Lo que más exporta este país son ladrones, en Europa o en Latinoamérica, peruano es casi sinónimo de ratero, veamos nomás Bolivia. Que casi un 20 % del electorado opte por una ladrona sirve como encuesta complementaria, podríamos afirmar que tenemos un 20 % de ladrones, de acto o de pensamiento. El razonamiento suyo es simple: “Fujimori robaba pero hacía obras”. Aunque las obras fueran malas, aunque el dinero robado pudo invertirse en otras cosas.
Y los periódicos mal llamados “chicha” (llamarlos así es calumniar a tan excelente bebida y el género musical tan bailadero), combinan bien informes sobre accidentes y robos, con datos de la vida de las farándulas, que a nadie debían importarle pero le importan a un sector que bien cosecha el fujimorismo: los alienados totales.
Les vale más el fútbol que la vida
Las encuestas no mencionan candidaturas como Arana y Pizango, y muestran en estrepitosa caída a Humala. Claro, la Lima “criolla” y sus “achorados” habitantes no elegirían a un cholo, un provinciano o un indígena. Para eso tienen entre una ladrona y otro ladrón, y otro y otro más. Sí señores, a pesar de que estos ciudadanos de segunda clase (porque nosotros somos de tercera, según dicen) en su mayoría son “cobrizos”, descendientes de provincianos, de indios, cholos o serranos; pero tanto les han dicho que son diferentes, que se lo han terminado creyendo.
Otra noticia: barristas arrojan de auto a jovencita y fallece por la caída. ¿Qué es eso?, no la atacaron para robarla, ni por venganza ni por error, sólo por el placer de atacar. El colmo de la violencia. El exceso de la alienación se ve graficado en las barras bravas, donde la gente está dispuesta a matar sólo por un equipo de fútbol, es el público de un espectáculo matándose por el espectáculo. A eso nos han llevado las campañas alienadoras de los medios y las educaciones, con su racismo y conformismo.
Marx vuelve pero no retorna
Estuvo por Cusco un dizque filósofo llamado Lora Cam. Oímos su disertación en la que, de cada 5 palabras, 4 eran insultos y groserías. Este tipo de intelectuales y políticos vuelven a la carga, pretendiendo hacernos creer –una vez más- que la teoría marxista es ciencia incuestionable y por lo tanto, una religión liberadora. De nada parecen haber servido los más de 100 años de experiencias, de errores y acomodos de las izquierdas, de fracasos y nuevos aprendizajes… para ellos, el error está en quienes aplican mal las sabias enseñanzas del profeta. El pobre Marx nunca habría pensado que usarían sus aportes para eso.
En distintas actividades públicas vemos las ideas de Sendero Luminoso intentando hacerse presentes, y junto a esas ideas hay personas, para quienes la guerra no parece haber dejado lecciones. ¿Por qué será que el gobierno, tan adepto a ver terroristas hasta en el agua, no hace nada contra estos sujetos? Quizá la estrategia sea dejarlos crecer para luego meterlos en un mismo saco con todos los que libremente opinan y libremente defienden sus derechos, después de todo, eso les funcionó bien en los años pasados. Sendero no es una amenaza para el gobierno, es una ayuda.
Para quien sí es una amenaza es para el pueblo mismo, y no sólo este grupo sino cualquiera que pretenda imponer sus ideas. Quien impone no dialoga, quien no dialoga no incluye y más bien oprime. Para un pequeño balance: si en los 20 años de guerra Sendero no mató ricos, salvo los que cayeron accidentalmente en Tarata, entonces, su guerra no fue como decían –contra los ricos- sino más bien contra los pobres, contra el pueblo.
Si eso es el Perú, nosotros ¿qué somos?
No todos los que habitamos este país de todas las sangres y todas las contradicciones merecemos ser etiquetados bajo el mismo manto. El Perú es en realidad varios Perús, varios suyus o varias patrias, como decía Arguedas. No es que unas sean mejores que otras, aunque algunas conservan más valores como el amor a Pachamama y la solidaridad entre los seres. De lo que se trata es que nos siguen imponiendo la idea de que Lima es el Perú y todo lo que se diferencia, no es importante o no es necesario.
Las teles, los diarios y las encuestas; podrán seguir diciendo lo que quieran, pero la realidad es más diferente. Hay muchos Perús y cada cual tiene derecho a defender sus territorios, en eso estamos, en eso vamos, esperando que los de las ciudades aprendan también a defenderse, de la explotación pero sobre todo de la alienación, que ahí empieza la verdadera liberación de las personas.
martes 6 de octubre de 2009
Minga Global también en Cusco
Cinco siglos de resistencia y defensa de nuestra Madre Tierra
VIGILIA, LUNES 12 DE OCTUBRE
5:00 PM frente al Paraninfo Universitario
VIGILIA, LUNES 12 DE OCTUBRE
5:00 PM frente al Paraninfo Universitario

Traer velas – Micro abierto – Muro de la dignidad
EN EL MARCO DE LA MINGA MUNDIAL EN DEFENSA DE LA TIERRA
Coordinadora Contra la Agresión a los Pueblos
Los runas invisibles
Indígenas andinos del Perú
Roberto Ojeda
Un antiguo mito kheswa de Lima, cuenta que los pueblos urin (de abajo) se cansaron de ser considerados inferiores a los hanan (de arriba) y así se lo hicieron saber a Tutaykiri, el gobernante de turno. Este accedió a su pedido y volteó el mundo, haciendo que los urin se volvieran hanan y viceversa. Así, esos pueblos antiguos retomaron el control de sus tierras, liberándose de la dominación de los llakuases que habían llegado posteriormente. Y a ese tipo de “vuelta del mundo” nuestros antepasados llamaban pachakuti, el cambio del orden existente.
En los tiempos que vivimos, muchas cosas que creíamos perdidas han vuelto a estar presentes. El valor de la madre naturaleza y los conocimientos de los pueblos originarios retornan para demostrar que no sólo los occidentales tienen “ciencia” y sabiduría. Quizás este retorno se deba a que ahora, más que nunca, su existencia misma esté en riesgo, con el rápido avance de esta globalización desbocada.
En el caso de la república que los criollos llamaron Perú, la existencia de lo indígena sigue siendo negada, condenada o disminuida. Como si las palabras pudieran borrar lo que cinco siglos de explotación no pudieron. Y los actuales urin (los runas) ya están pensando su pachakuti.
¿Quiénes son los indígenas?
El término indígena designa a los pobladores originales de un lugar, en oposición a los que llegaron de otros lugares. Es ampliamente usado en la América de abajo, donde existe una marcada diferencia entre los pueblos originarios o nativos, frente a los criollos que dominan las repúblicas postcoloniales. Lo que no niega la existencia de otros grupos étnicos (afrodescendientes y mestizos).
Esta palabra tiene una connotación racial, fijándose en rasgos físicos como el color de la piel, ojos, contextura, etc. Debido al racismo muchos prefieren no usarlo, aunque hay quien habla de una “raza cobriza” (aunque el cobre no tenga esa tonalidad marrón que yo más llamaría “el color de la tierra”). El aspecto físico no determina la pertenencia a un grupo étnico específico, pero sí muestra descendencia biológica. La mayoría de costeños de rasgos “cobrizos” que no se consideran indígenas, son descendientes de indígenas.
La identidad étnica tiene más componentes culturales, y un buen ejemplo lo da el pueblo kheswa de Pillpinto, donde muchos son blancos y rubios. Ya está demostrado que la herencia genética no determina la cultura de las personas. Son otros factores los que influyen, como el idioma, las creencias, costumbres y la organización de su sociedad, que se transmiten colectivamente y le dan un aspecto particular y diferenciado de otras sociedades.
De indios a campesinos
El término indígena continúa siendo asociado a la palabra indio, impuesto por los españoles debido a un error histórico. Error que no nos molestaría si no recordara los siglos de desprecio y humillación que esa palabra llevó consigo. Ya en el siglo XVII Bernabé Cobo explicaba que “porque ya esta recebido como que dice algun desprecio y desestima, no usamos del hablando con indios y comprehendiendolos a ellos, aunque si cuando no los comprehendemos en el.”[1]
Luego de la Reforma Agraria de 1969, el gobierno nacionalista del General Velasco cambió la denominación de las hasta llamadas Comunidades Indígenas. Se las llamó comunidades campesinas en la costa y sierra, y comunidades nativas en la selva (recordemos que nativo es un sinónimo de indígena y tal vez por eso no hay tanto problema en aplicar esa palabra al referirse a los amazónicos). En el caso de los andinos, se cambió una denominación étnica por otra social, referida a la actividad económica y siguiendo una tendencia marxista.
Aunque la mayoría de los campesinos son indígenas, no lo son todos, y por otra parte, no todos los indígenas viven en el campo. Lo que sí es evidente es que una de las características básicas de la población indígena andina es la organización comunal, con algunas diferencias particulares. Podemos afirmar que todas las comunidades campesinas de costa y sierra son indígenas, pues descienden de las comunidades indígenas.
El mito de la disminución de los runas
El último censo que incluyó la categoría raza fue el de 1940. Desde entonces se vendió la idea de que todos éramos ciudadanos iguales ante la ley, pero al medir a todos “con la misma vara” se desestima la existencia de muchos idiomas, para no mencionar las costumbres y cosmovisiones propias; llegando a producirse conflictos entre la justicia comunal y la moderna, por poner sólo un ejemplo. Quizá un ejemplo mayor sea la desatención en sus propios idiomas en entidades oficiales.
Debido a ese factor, los últimos censos incluyen la categoría “lengua materna” como única medición de lo étnico. Esto tiende a disminuir la población indígena, pues no todos los originarios mantienen su lengua materna. Como puede verse en pueblos como los mantas y huancavilcas de Ecuador, los kollas y diaguitas de Argentina, los pastos de Colombia, etc. En el censo de 2001 en Bolivia se interrogó además de la lengua materna, sobre la autoidentificación étnica, viéndose que los que se identifican con un pueblo originario o como descendientes de él son muchos más que los que mantienen la lengua materna.
Volviendo al Perú, el censo de 1940 dio 2’874,196 indígenas, equivalente al 53% de la población nacional. El censo de 2007 da un aproximado de 4’357,550 indígenas, equivalente al 15.5%. Distribuida en 3’619,450 quechuas, 481,350 aymaras, y 256,750 amazónicos[2]. Un censo más detallado efectuado posteriormente en la Amazonía establece una población de 333,300 indígenas, es decir más de 77,000 de los registrados por lengua materna (descontando los hablantes de jaqaru).
Otro dato importante es el de las migraciones. En 1940 la población del Perú se distribuía de la siguiente manera: 35% era urbana y 65% rural, en la costa habitaba el 24%, en la sierra el 63% y en la selva el 13% (aunque este dato estaba elevado por malas estimaciones de la población no censada). En 2007 se registra una gran variación: 76% urbana y 24% rural, 55% en la costa, 32% en la sierra y 13% en la selva. Estos datos indican que el 41% migró del campo a la ciudad y un 31% de la sierra a la costa. Gran parte de esta migración es indígena.
¿Cholos o mitmas?
Se cree que el término cholo viene de las lenguas yungas (muchik y quingnam), pues en estas, la palabra cholu significa “muchacho”, “joven”. Esa palabra mantiene la connotación de menosprecio al que se dirige, equivalente a “chica” o “muchacho” del castellano, utilizados también para referirse a trabajadores del hogar o “no calificados”. En otros casos se habla de “hombrecito” o “mujercita” para referirse a un trabajador indígena.
Durante la colonia se llamaba cholos a los hijos de mestizos con indígenas, según su estricta división de “castas”, englobando a los indígenas “acriollados”. El lugar donde se comenzó a usar esta palabra era la zona llamada yunga (en Ecuador y Perú). Con las migraciones posteriores se generalizó su uso y especialmente en Lima, se llamó cholos a los migrantes provincianos, a todos en general aunque con más precisión a los que tuvieran rasgos indígenas. Como esta es la mayoría de la población urbana, en otros países se denomina cholos a los migrantes peruanos, bolivianos y ecuatorianos.
En los últimos años, muchos han reivindicado esta denominación, utilizándola como palabra de cariño y definición de identidad. En una encuesta realizada hace unos años en Bolivia, el 65% se identificó como mestizo o cholo, dato contradictorio al 63% de indígenas que arrojó el censo. La cuestión es simple, los que se definen cholos son indígenas que no se identificaron con este término por la connotación discriminadora que encierra. En Perú, la situación es similar, el cholo no es comunero, campesino; pero tampoco misti (mestizo urbano). La palabra mestizo tiende a entenderse como “no indígena”, olvidando que también significa “no blanco”, según el contexto en que se expresa.
Los migrantes internos suelen denominarse cholos, colonos (en la selva) y residentes, siendo el último término el más común. Entonces, aquí tenemos a los indígenas urbanos, que como en otros países, son un número muy elevado. En la mayoría de las ciudades peruanas la población migrante está entre el 35 y el 55%, siendo mayoritariamente de origen rural, con un gran componente indígena. En las lenguas andinas la población que se establecía en un lugar ajeno al suyo propio, era denominada mitmaq, quizás debiéramos recuperar ese término para referirnos a nosotros.
Runas y jaqes
Recordemos que el censo daba 3’619,450 personas con lengua materna quechua, sin embargo, SIL internacional estima en 4’888,100 a los quechuas peruanos, aunque un promedio de 130,000 son hispanohablantes. El problema es que no todos los hablantes reconocen tenerlo como primera lengua, además existen poblaciones que lo han reemplazado por el español. Esto se da en la sierra de Lima y en zonas mineras como Pasco, sumando algo de 200,000 más.
Los quechuas se denominan a sí mismos runas y hablan 4 lenguas o variedades del Quechua (los lingüistas no se terminan por poner de acuerdo). Distribuidos en algo de 40 “pueblos”[3] a lo largo de toda la sierra, aunque con menor presencia en el norte. Este cálculo lo estimamos a partir de diferencias culturales entre Kañaris, Kashamarkas, Waylas, Conchucos, Chiquián, Táramas, Yarus, Wankas, Anqaras, Pocras, Chancas, Lucanas, Chhuchus, Contisuyus, Qanchis, Aswanqarus, Qollas, Kollawas y muchos otros, con identidades históricas y culturales específicas. Para comprender esto, nos ayudará ver pueblos como los Chopccas (Huancavelica) y Q’eros (Cusco) que se reconocen como “naciones”. En estas estimaciones hemos descontado los kichuas de la Amazonía por que culturalmente pertenecen a los pueblos amazónicos. Sin embargo, existen kechuas que migraron de la sierra a las riberas de los ríos amazónicos.
Los aymaras suman 481,350 según el censo y 651,100 según SIL. En su idioma se denominan jaqis (runas). Habitan el sur de Puno y la sierra de Moquegua y Tacna, aunque hay grupos más al norte, llegando a provincias de Cusco y con la migración están también en Madre de Dios, Arequipa, Ica y Lima. Existen diferencias entre los del altiplano y los de la sierra occidental, así como los migrantes que son mayormente urbanos. A este grupo está relacionada la nacionalidad Jaqaru que habita en Yauyos (Lima), con 2,000 habitantes y apenas 700 hablantes de su lengua.
Los cholos del norte
Aparte de esos dos grandes grupos. Existen descendientes de pueblos indígenas que jamás hablaron lenguas quechuas y por la agresiva colonización y el mestizaje, perdieron sus idiomas. Las lenguas yungas se extinguieron en el siglo XVIII y el kulle a inicios del XX. A pesar de ello, algunos mantuvieron su cultura en comunidades indígenas hasta que al denominarlas comunidades campesinas se las comenzó a considerar mestizos. Algunos Walingos de Tumbes se aproximaron al CODENPA para registrarse como pueblo indígena, en la costa norte existen algunas personas que se reconocen mochicas y hasta hay quienes quieren reaprender su idioma. También en poblaciones piuranas hemos visto autoidentificarse Cajas y Wayakundos.
Los rasgos físicos y culturales, especialmente la organización comunal y creencias ligadas a la Pachamama, nos hacen estimar algo de 600,000[4] indígenas en la costa y sierra norte del Perú. Precisamente ellos reinventaron las famosas rondas campesinas. Walingos, Cajas-Wayakundos, Chachapoyas, Cajachos, Wamachukos, Moches y Pallascas también forman parte de ese gran sector marginado por el Estado.
Yapa
Todos estos pueblos requieren se reconozca sus identidades y derechos ancestrales sobre sus territorios, para que los sigan conservando y puedan transmitir sus saberes a los demás pueblos y tiempos venideros. Hasta ahora la tendencia de invisibilizarlos ha intentado borrar las diferencias para mantenerlos dominados y arrebatarles sus tierras, en beneficio de las empresas neoliberales. Volver a hacernos visibles es el primer paso para exigir los derechos colectivos de nuestros pueblos.
[1] Cobo, Bernabé. Historia del Nuevo Mundo, capítulo II. 1653.
[2] El censo sólo da porcentajes, que hemos traducido a cifras para una mejor comprensión del tema.
[3] Utilizamos esta denominación siguiendo el modelo de la CONAIE de Ecuador.
[4] Tomando en cuenta la población comunaria. Más los walingos mencionados.
Roberto Ojeda
Un antiguo mito kheswa de Lima, cuenta que los pueblos urin (de abajo) se cansaron de ser considerados inferiores a los hanan (de arriba) y así se lo hicieron saber a Tutaykiri, el gobernante de turno. Este accedió a su pedido y volteó el mundo, haciendo que los urin se volvieran hanan y viceversa. Así, esos pueblos antiguos retomaron el control de sus tierras, liberándose de la dominación de los llakuases que habían llegado posteriormente. Y a ese tipo de “vuelta del mundo” nuestros antepasados llamaban pachakuti, el cambio del orden existente.
En los tiempos que vivimos, muchas cosas que creíamos perdidas han vuelto a estar presentes. El valor de la madre naturaleza y los conocimientos de los pueblos originarios retornan para demostrar que no sólo los occidentales tienen “ciencia” y sabiduría. Quizás este retorno se deba a que ahora, más que nunca, su existencia misma esté en riesgo, con el rápido avance de esta globalización desbocada.
En el caso de la república que los criollos llamaron Perú, la existencia de lo indígena sigue siendo negada, condenada o disminuida. Como si las palabras pudieran borrar lo que cinco siglos de explotación no pudieron. Y los actuales urin (los runas) ya están pensando su pachakuti.
¿Quiénes son los indígenas?
El término indígena designa a los pobladores originales de un lugar, en oposición a los que llegaron de otros lugares. Es ampliamente usado en la América de abajo, donde existe una marcada diferencia entre los pueblos originarios o nativos, frente a los criollos que dominan las repúblicas postcoloniales. Lo que no niega la existencia de otros grupos étnicos (afrodescendientes y mestizos).
Esta palabra tiene una connotación racial, fijándose en rasgos físicos como el color de la piel, ojos, contextura, etc. Debido al racismo muchos prefieren no usarlo, aunque hay quien habla de una “raza cobriza” (aunque el cobre no tenga esa tonalidad marrón que yo más llamaría “el color de la tierra”). El aspecto físico no determina la pertenencia a un grupo étnico específico, pero sí muestra descendencia biológica. La mayoría de costeños de rasgos “cobrizos” que no se consideran indígenas, son descendientes de indígenas.
La identidad étnica tiene más componentes culturales, y un buen ejemplo lo da el pueblo kheswa de Pillpinto, donde muchos son blancos y rubios. Ya está demostrado que la herencia genética no determina la cultura de las personas. Son otros factores los que influyen, como el idioma, las creencias, costumbres y la organización de su sociedad, que se transmiten colectivamente y le dan un aspecto particular y diferenciado de otras sociedades.
De indios a campesinos
El término indígena continúa siendo asociado a la palabra indio, impuesto por los españoles debido a un error histórico. Error que no nos molestaría si no recordara los siglos de desprecio y humillación que esa palabra llevó consigo. Ya en el siglo XVII Bernabé Cobo explicaba que “porque ya esta recebido como que dice algun desprecio y desestima, no usamos del hablando con indios y comprehendiendolos a ellos, aunque si cuando no los comprehendemos en el.”[1]
Luego de la Reforma Agraria de 1969, el gobierno nacionalista del General Velasco cambió la denominación de las hasta llamadas Comunidades Indígenas. Se las llamó comunidades campesinas en la costa y sierra, y comunidades nativas en la selva (recordemos que nativo es un sinónimo de indígena y tal vez por eso no hay tanto problema en aplicar esa palabra al referirse a los amazónicos). En el caso de los andinos, se cambió una denominación étnica por otra social, referida a la actividad económica y siguiendo una tendencia marxista.
Aunque la mayoría de los campesinos son indígenas, no lo son todos, y por otra parte, no todos los indígenas viven en el campo. Lo que sí es evidente es que una de las características básicas de la población indígena andina es la organización comunal, con algunas diferencias particulares. Podemos afirmar que todas las comunidades campesinas de costa y sierra son indígenas, pues descienden de las comunidades indígenas.
El mito de la disminución de los runas
El último censo que incluyó la categoría raza fue el de 1940. Desde entonces se vendió la idea de que todos éramos ciudadanos iguales ante la ley, pero al medir a todos “con la misma vara” se desestima la existencia de muchos idiomas, para no mencionar las costumbres y cosmovisiones propias; llegando a producirse conflictos entre la justicia comunal y la moderna, por poner sólo un ejemplo. Quizá un ejemplo mayor sea la desatención en sus propios idiomas en entidades oficiales.
Debido a ese factor, los últimos censos incluyen la categoría “lengua materna” como única medición de lo étnico. Esto tiende a disminuir la población indígena, pues no todos los originarios mantienen su lengua materna. Como puede verse en pueblos como los mantas y huancavilcas de Ecuador, los kollas y diaguitas de Argentina, los pastos de Colombia, etc. En el censo de 2001 en Bolivia se interrogó además de la lengua materna, sobre la autoidentificación étnica, viéndose que los que se identifican con un pueblo originario o como descendientes de él son muchos más que los que mantienen la lengua materna.
Volviendo al Perú, el censo de 1940 dio 2’874,196 indígenas, equivalente al 53% de la población nacional. El censo de 2007 da un aproximado de 4’357,550 indígenas, equivalente al 15.5%. Distribuida en 3’619,450 quechuas, 481,350 aymaras, y 256,750 amazónicos[2]. Un censo más detallado efectuado posteriormente en la Amazonía establece una población de 333,300 indígenas, es decir más de 77,000 de los registrados por lengua materna (descontando los hablantes de jaqaru).
Otro dato importante es el de las migraciones. En 1940 la población del Perú se distribuía de la siguiente manera: 35% era urbana y 65% rural, en la costa habitaba el 24%, en la sierra el 63% y en la selva el 13% (aunque este dato estaba elevado por malas estimaciones de la población no censada). En 2007 se registra una gran variación: 76% urbana y 24% rural, 55% en la costa, 32% en la sierra y 13% en la selva. Estos datos indican que el 41% migró del campo a la ciudad y un 31% de la sierra a la costa. Gran parte de esta migración es indígena.
¿Cholos o mitmas?
Se cree que el término cholo viene de las lenguas yungas (muchik y quingnam), pues en estas, la palabra cholu significa “muchacho”, “joven”. Esa palabra mantiene la connotación de menosprecio al que se dirige, equivalente a “chica” o “muchacho” del castellano, utilizados también para referirse a trabajadores del hogar o “no calificados”. En otros casos se habla de “hombrecito” o “mujercita” para referirse a un trabajador indígena.
Durante la colonia se llamaba cholos a los hijos de mestizos con indígenas, según su estricta división de “castas”, englobando a los indígenas “acriollados”. El lugar donde se comenzó a usar esta palabra era la zona llamada yunga (en Ecuador y Perú). Con las migraciones posteriores se generalizó su uso y especialmente en Lima, se llamó cholos a los migrantes provincianos, a todos en general aunque con más precisión a los que tuvieran rasgos indígenas. Como esta es la mayoría de la población urbana, en otros países se denomina cholos a los migrantes peruanos, bolivianos y ecuatorianos.
En los últimos años, muchos han reivindicado esta denominación, utilizándola como palabra de cariño y definición de identidad. En una encuesta realizada hace unos años en Bolivia, el 65% se identificó como mestizo o cholo, dato contradictorio al 63% de indígenas que arrojó el censo. La cuestión es simple, los que se definen cholos son indígenas que no se identificaron con este término por la connotación discriminadora que encierra. En Perú, la situación es similar, el cholo no es comunero, campesino; pero tampoco misti (mestizo urbano). La palabra mestizo tiende a entenderse como “no indígena”, olvidando que también significa “no blanco”, según el contexto en que se expresa.
Los migrantes internos suelen denominarse cholos, colonos (en la selva) y residentes, siendo el último término el más común. Entonces, aquí tenemos a los indígenas urbanos, que como en otros países, son un número muy elevado. En la mayoría de las ciudades peruanas la población migrante está entre el 35 y el 55%, siendo mayoritariamente de origen rural, con un gran componente indígena. En las lenguas andinas la población que se establecía en un lugar ajeno al suyo propio, era denominada mitmaq, quizás debiéramos recuperar ese término para referirnos a nosotros.
Runas y jaqes
Recordemos que el censo daba 3’619,450 personas con lengua materna quechua, sin embargo, SIL internacional estima en 4’888,100 a los quechuas peruanos, aunque un promedio de 130,000 son hispanohablantes. El problema es que no todos los hablantes reconocen tenerlo como primera lengua, además existen poblaciones que lo han reemplazado por el español. Esto se da en la sierra de Lima y en zonas mineras como Pasco, sumando algo de 200,000 más.
Los quechuas se denominan a sí mismos runas y hablan 4 lenguas o variedades del Quechua (los lingüistas no se terminan por poner de acuerdo). Distribuidos en algo de 40 “pueblos”[3] a lo largo de toda la sierra, aunque con menor presencia en el norte. Este cálculo lo estimamos a partir de diferencias culturales entre Kañaris, Kashamarkas, Waylas, Conchucos, Chiquián, Táramas, Yarus, Wankas, Anqaras, Pocras, Chancas, Lucanas, Chhuchus, Contisuyus, Qanchis, Aswanqarus, Qollas, Kollawas y muchos otros, con identidades históricas y culturales específicas. Para comprender esto, nos ayudará ver pueblos como los Chopccas (Huancavelica) y Q’eros (Cusco) que se reconocen como “naciones”. En estas estimaciones hemos descontado los kichuas de la Amazonía por que culturalmente pertenecen a los pueblos amazónicos. Sin embargo, existen kechuas que migraron de la sierra a las riberas de los ríos amazónicos.
Los aymaras suman 481,350 según el censo y 651,100 según SIL. En su idioma se denominan jaqis (runas). Habitan el sur de Puno y la sierra de Moquegua y Tacna, aunque hay grupos más al norte, llegando a provincias de Cusco y con la migración están también en Madre de Dios, Arequipa, Ica y Lima. Existen diferencias entre los del altiplano y los de la sierra occidental, así como los migrantes que son mayormente urbanos. A este grupo está relacionada la nacionalidad Jaqaru que habita en Yauyos (Lima), con 2,000 habitantes y apenas 700 hablantes de su lengua.
Los cholos del norte
Aparte de esos dos grandes grupos. Existen descendientes de pueblos indígenas que jamás hablaron lenguas quechuas y por la agresiva colonización y el mestizaje, perdieron sus idiomas. Las lenguas yungas se extinguieron en el siglo XVIII y el kulle a inicios del XX. A pesar de ello, algunos mantuvieron su cultura en comunidades indígenas hasta que al denominarlas comunidades campesinas se las comenzó a considerar mestizos. Algunos Walingos de Tumbes se aproximaron al CODENPA para registrarse como pueblo indígena, en la costa norte existen algunas personas que se reconocen mochicas y hasta hay quienes quieren reaprender su idioma. También en poblaciones piuranas hemos visto autoidentificarse Cajas y Wayakundos.
Los rasgos físicos y culturales, especialmente la organización comunal y creencias ligadas a la Pachamama, nos hacen estimar algo de 600,000[4] indígenas en la costa y sierra norte del Perú. Precisamente ellos reinventaron las famosas rondas campesinas. Walingos, Cajas-Wayakundos, Chachapoyas, Cajachos, Wamachukos, Moches y Pallascas también forman parte de ese gran sector marginado por el Estado.
Yapa
Todos estos pueblos requieren se reconozca sus identidades y derechos ancestrales sobre sus territorios, para que los sigan conservando y puedan transmitir sus saberes a los demás pueblos y tiempos venideros. Hasta ahora la tendencia de invisibilizarlos ha intentado borrar las diferencias para mantenerlos dominados y arrebatarles sus tierras, en beneficio de las empresas neoliberales. Volver a hacernos visibles es el primer paso para exigir los derechos colectivos de nuestros pueblos.
[1] Cobo, Bernabé. Historia del Nuevo Mundo, capítulo II. 1653.
[2] El censo sólo da porcentajes, que hemos traducido a cifras para una mejor comprensión del tema.
[3] Utilizamos esta denominación siguiendo el modelo de la CONAIE de Ecuador.
[4] Tomando en cuenta la población comunaria. Más los walingos mencionados.
viernes 4 de septiembre de 2009
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