miércoles, 27 de mayo de 2020

Sal de casa (un cuento para un presente distópico)


No recuerdo si ayer amaneció con la misma lluvia, esas lluvias que no son ni suaves ni fuertes, que golpean la ventana moderadamente, el único ruido que se puede escuchar en este barrio. No recuerdo si ayer fue igual, la monotonía de los días hace que los confunda. Ya son cuatro meses de cuarentena, el gobierno dice que esta vez será menor, que el tiempo cerrado pasará pronto.
En nuestra vida existen sólo dos tiempos. Uno abierto, en el que podemos salir y recorrer barrios y poblados diferentes, en el que podemos visitar y compartir espacio real con nuestros semejantes. Sin dejar las máscaras y respetando la distancia, a menos que el día tenga luz verde y podamos contemplar la sonrisa de quien queremos, y que podamos reunirnos en una casa a celebrar la vida tal como era antes de la pandemia.
Luego viene el tiempo cerrado, un nuevo brote en cualquier lugar del mundo activa la alerta roja, el gobierno mundial invoca el tiempo cerrado y todos a recluirnos a nuestras casas. Allí vivimos conectados a las redes virtuales, que es el único lugar donde ahora trabajamos. Los sistemas de abastecimiento se han perfeccionado este año, el gran dador de comida suministra todos los espacios, le llamamos Papa Noel en recuerdo a una antigua creencia. El gran dador es un consorcio público-privado global, el único con autorización para comerciar alimentos.
Un lejano recuerdo de infancia vuelve a mis sueños de vez en cuando, un campo agrícola y nosotros corriendo descalzos por el campo, pequeños y frágiles, a  merced del mundo todo. Antes de que los virus y los miedos inundaran el planeta y pusieran todo bajo control del gobierno global.
Hoy no podría recorrer esos campos, están infestados de animales salvajes que podrían transmitirme un virus desconocido. Después de todo, dicen que así se inició este nuevo tiempo. Algunos niños me preguntan a veces si todo lo que les cuento no son simples relatos míos, si realmente hubo un mundo libre antes de que ellos nacieran. No estoy seguro de que lo haya habido, pero al menos, con libertades restringidas y todo, era un mundo en el que podíamos respirar la naturaleza, con todos sus peligros y sus regalos.
Un mensaje nuevo. Es ella nuevamente, ya son varios días que se repite el mensaje y la voz robótica detrás de la máscara insiste: “sal de casa. Libérate”. El gobierno nacional dice que ya ha rastreado la pista de estos mensajes, que tiene ubicado al responsable. Pero son varios días y no lo atrapan. No sé qué tan bien funcionen los sistemas de rastreo sincronizado, pero yo siento que él es un ella, si desde eso comienzan mal, entiendo por qué aún no la atrapan.
Recuerdo que en un país al otro lado del mundo se dio un caso similar hace poco, un grupo anarquista convocó a una revuelta que consistía en salir de casa y adentrarse en el campo, llevando sólo cosas necesarias. El ejército fue a impedirlo y corrió la noticia de que fueron exterminados por resistir a la autoridad. Sin embargo, ha circulado el rumor de que lograron fugar y viven ocultos en lo profundo de un bosque.
Los mensajes empezaron a llegar a la semana. No hay relación entre un caso y otro. Pero yo siento en ellos cierta familiaridad, como si pudiese reconocer a quien aparece en el mensaje. Recuerdo que hubo un tiempo en el que nos burlábamos de la posibilidad de que toda la vida llegase a ser controlada digitalmente, recuerdo a una jovencita insistiendo en eso y en la necesidad de prepararnos antes de que sucediera. Mi corazón piensa que es ella la de los mensajes, pero mi cerebro sabe que aquella falleció en una de las primeras epidemias.
Nuevo mensaje. “Es ahora”, dice, y siento nuevamente un combinado de recuerdos. Hace algunos años mi hijo me dijo que deseaba rebelarse y salir al mundo externo. Era aún pequeño, sonaba a ocurrencia infantil. Hasta que una de las epidemias se lo llevó junto a toda la familia. Quedé solo y me especialicé en la vida animal, la que estudié desde los más modernos elementos tecnológicos, que permiten observar especies sin necesidad de tenerlas cerca. Entonces dudo, ¿por qué no?, ya estoy viejo, morir pronto no haría la diferencia en mi caso.
Entonces tomo una decisión alocada por primera vez en mi vida y salgo a la calle en pleno tiempo cerrado. Está atardeciendo, oigo el sonido lejano de algún destacamento militar. Camino lentamente cruzando el barrio, avanzo rumbo a lo que alguna vez fue un parque anexo de la ciudad, que ahora está cercado para evitar el ingreso de las fieras.
Noto que somos varias personas las que hemos llegado al lugar. Un jovencito se quita la máscara y respira profundo. “Es ahora” dice, y saca de sus bolsillos una herramienta que desconozco, corta la reja e ingresa al bosque. La gente titubea en seguirlo, alguien grita “saqueo” señalando un almacén cercano. “No”, replica una señora que debe tener mi misma edad, “sería ir a la mira de los cañones”. Y los cañones ya se han ubicado en la fachada del comercio, poniéndonos en su mira. Antes de oír los gritos de advertencia, ya estamos dentro del bosque, sentimos ráfagas de tiros cayendo cercanas, destrozando los tupidos árboles que cruzáramos hace poco.
Entonces oigo la voz de ella. “Aquí empieza nuevamente la historia”, dice, con esa voz robótica que sale de alguno de nuestros dispositivos. No sé a dónde vamos, no sé si estamos preparados para sobrevivir a los animales que nos topemos, no sé si lograré reconocerlos a pesar de mis lecciones cibernéticas sobre variedad de especies. “Por eso estás acá”, me dice el joven sin máscara. Entiendo que me llamaron por mi experiencia en reconocimiento de especies de la zona, aunque esa habilidad la haya desarrollado sólo teóricamente.
El dispositivo de la señora recibe noticias, la ciudad se ve devastada por una ola de saqueos, hay intervención militar armada por todos lados. Se escucha una voz que dice “el gobierno espera tener controlada la ciudad en 4 horas, no recurrirá a apoyos del ejército mundial, pero fuentes extraoficiales indican que ya se vienen desplegando destacamentos internacionales que esperan llegar en menos de una hora”.
“Sabíamos que pasaría” dice una joven, “no podíamos evitar que sucediera. La gente está cansada”. Y mientras anochece, proseguimos nuestra marcha al rumbo desconocido que la voz rebelde ha indicado. No sé si estaremos seguros o si alguna enfermedad nos aniquilará, pero alguien tenía que hacer este intento. No podemos seguir viviendo cerrados.

Roberto Ojeda Escalante

domingo, 17 de mayo de 2020

Sin agricultores no resistimos


Hasta antes de esta cuarentena, por hace casi 8 años la mayoría de los alimentos que llegaban a casa eran de pequeños agricultores que cultivaban natural, hemos compartido diversas historias con ellas y ellos. Con la cuarentena, ante la falta de transporte privado y por acuerdo con sus comunidades, varios de ell@s decidieron no salir y cerrarse dentro de la comunidad, guardar sus alimentos (pues podían secarlos o guardarlos por algún tiempo) y así puedan seguir haciendo sus actividades cotidianas sean de la chacra, crianza de animales, etc., y sin estar expuestos a riesgos de enfermarse.
Cuando me enteré de esta decisión en un principio me extrañó, con los días fui entendiendo y ahora aún más, que si los sistemas de salud colapsan en las ciudades, que se suponen están mejor implementadas, en las zonas rurales la historia es mucho peor porque no cuentan con suficiente personal, ni medicinas, las comunidades están bastante distanciadas y con caminos bastante accidentados para evacuar o atender pacientes de emergencia, y varias razones que te hacen pensar que realmente fue la mejor decisión.
Supongo que ellas y ellos, están mucho mejor que muchas personas en la ciudad, porque comida no les falta, siguen realizando sus actividades, así que tiempo tampoco les sobra. Es más se deben estar dando cuenta que el azúcar, el fideo y el arroz no eran necesarios (bueno, eso es lo que espero).
Y en casa al ver que las temporadas de cuarentena se alargaban, y nuestras caseras y caseros no llegarían, decidimos comprar algunos alimentos que ya nos estaban faltando, siempre intentando buscar que sean de agricultores, ya no sabíamos si eran naturales pero al menos le comprábamos a alguien de forma directa. De las pocas cosas que compramos, nos resultó imposible no compararlas con el sabor y textura de los alimentos que adquiríamos de productores naturales. Y sí, realmente lo natural no sólo era más sano por no tener químicos sino también sabroso en su esencia (pues no requiere tanto condimento o adicionales y se puede comer puro), y por si fuera poco no está dañando a la tierra ni a otros seres, al contrario son alimentos que siguen conviviendo con la naturaleza.
Supongo que por esa y otras razones, con otras compañeras nos animamos a armar una red de productores naturales que puedan llegar a nuestras zonas, de a pocos estamos conociendo más agricultores y pecuarios, hemos encontrado alimentos sumamente buenos; pero básicamente son las y los productores que cuentan con movilidad propia y medios que les faciliten obtener los permisos correspondientes para transitar en Cusco y por supuesto cuidarse de cualquier contagio.
Pero vuelvo nuevamente a las y los compañer@s que han decidido no salir de sus comunidades. ¿Qué tanto realmente hemos valorado la comida que nos estaban brindando? ¿Qué tanto hemos pagado lo justo por todo su esfuerzo para cultivar por meses de forma natural y encima traerlos a Cusco en condiciones muchas veces bastante incomodas e inseguras para ell@s? ¿Qué tanto los cuidamos para que puedan seguir dándonos vida a través de sus alimentos?
Y si nos ponemos en una situación hipotética, que ell@s ante tantos años de olvido, de menosprecio, de desvalorización a su labor, decidieran sólo producir para su consumo y no vender ningún alimento. Y claro que lo podrían hacer pues viven en territorios comunales que tienen su propia jurisdicción y legalidad, nadie los podría obligar.  ¿Qué pasaría con nosotros? ¿Nos abastecería la agroindustria, muchas veces llena de agrotóxicos, y los alimentos procesados con insumos importados y aditivos químicos?, ¿nos alimentarían de verdad?
La verdad no creo que eso pase, y espero que no. Pero lo planteo porque realmente no estamos valorando lo que nos han dado por años y años.
En estos momentos a esas comunidades deberían ir camiones del gobierno con todas las medidas de seguridad para comprarles sus alimentos al precio real y justo (no mal baratado) y distribuirlos o venderlos en las ciudades, y así también motivarlos a que sigan trabajando para que tengamos más comida los próximos meses. Debemos entender que la buena comida no sale de un día para otro, son meses de cultivo y hasta 1 año, como en el caso del tarwi para poner un ejemplo.
Por supuesto que están alternativas como los mercados móviles o itinerantes desde algunos ámbitos del gobierno que son muy buenas, pero no podrían llegar a tod@s y aún más cuando vari@s han decidido no salir de sus zonas.
Y nosotros como consumidores, desde abajo, también nos toca reaprender nuevas formas para abastecernos y no exponerl@s, que más bien los cuiden y valoren, pues los necesitamos para seguir resistiendo y viviendo. No podemos pedir que vengan todos los días porque se estarían exponiendo demasiado, más bien organicémonos para juntar pedidos y que vengan una vez a la semana, o una sola vez al mes, dependiendo de los alimentos que tengan. Aprendamos a abastecernos como lo hubieran hechos nuestr@s antepasados, adaptemos nuestras dietas a las y los alimentos de temporada, a lo que ell@s producen. En lugar de seguir comprando arroz y azúcar al supermercado, que en varios casos vienen de deforestación de la Amazonía o de monopolios que explotan a sus trabajadores, compremos papa que ahorita es su temporada, para poner tan sólo un ejemplo.
Si empezamos a pensar así no sólo estamos ayudando a una persona, sino que nos estamos ayudando tod@s los seres humanos y no humanos, y estamos aprendiendo a volver a convivir con la naturaleza.

Claudia Palomino Valdivia

jueves, 19 de marzo de 2020

¿Cuánto ha cambiado nuestra vida con la cuarentena?


Hace un par de años decidimos dejar los trabajos formales con horarios y remuneración fija para dedicarnos de lleno a nuestro proyecto de vida, sabíamos que era urgente hacerlo pues teníamos una crisis climática encima y tener distintas alternativas de vida al margen del sistema ayudaría, pero quizá jamás imaginamos que esta alerta vendría tan pronto y de forma mundial.
Y ahora que estamos en medio de una cuarentena (que recién empieza) vemos que aparte de la preocupación por cuidar a los seres cercanos, nuestra vida no ha cambiado nada. Pues seguimos todo el día en las actividades propias de la casa, ya sea trabajar en la huerta, secar alimentos, fermentar, moler, compostar, seleccionar semillas, seguir experimentando e investigando, etc. Y así siempre nos falta tiempo y terminamos pasando tareas para el día siguiente, ahora se nos acumula un poco más porque ya no tenemos visitas o voluntari@s que nos apoyen en casa. 
Además estamos más ocupados, porque queremos estar difundiendo constantemente  información de cómo alimentarnos en este contexto.
Tampoco hemos pasado por la locura de abarrotarnos de alimentos porque ya teníamos alimentos conservados en nuestra qolqita (algunos incluso desde años atrás) y en la huertita, que si bien ahorita no hay muchas verduras frescas, siempre están las silvestres que son comida. Justo el sábado no pudimos ir al mercado de productores al que frecuentamos, luego llegó la cuarentena y decidimos no comprar nada, estamos probando qué tanto funciona nuestra qolqa y el consumo de alimentos de la huerta, les aseguramos que diversidad de comidas no nos falta.
No contamos con netflix, cable, ni una buena señal de internet, tanto así que las pocas veces que hemos intentado ver alguna de las múltiples películas o documentales que cuelgan gratis en este contexto, siempre lo terminamos dejando porque se va y viene con la inestable señal.
Y así nuestra vida sigue, y es que quizá vivimos en una situación de privilegio, pero privilegios que no pasan por tener dinero, lujos y/o comodidades, sino por tener libertad y autonomía. Qué diferente sería que todas y todos podríamos tener espacios individuales o colectivos que nos auto abastezcan, donde allí estén nuestras actividades, donde dediquemos el mayor tiempo de nuestras vidas a intentar construir formas de vida alternativas que no sirvan a un sistema injusto, sino que nos enseñen a criarnos nuevamente con la naturaleza. Suponemos que quizá así también están nuestras hermanas y hermanos del campo, simplemente siguen viviendo.
Lo mejor es que este sentimiento no es sólo nuestro, hemos conversado con otras familias que están en apuestas similares y el denominador común es el mismo. Su vida no ha cambiado, están ocupados, con provisiones naturales, sin tener que llegar a la locura de abarrotarse de productos de supermercados, y trabajando arduamente para contribuir en mejorar la situación de los demás.
Creemos que el  camino hacia la autonomía y soberanía alimentaria, va por allí, claro que aún nos falta un largo trecho, pero hechos como los que nos ha tocado vivir nos demuestran lo importante y urgente que es empezar a vivir de forma diferente. Y al igual que tod@s esperamos que esto pase, pero deseamos que no todo vuelva a ser igual, sino que nuestras miradas cambien y entendamos lo importante que es empezar a cuestionarnos el cómo estamos viviendo, qué estamos comiendo, a quién estamos sirviendo, a qué seres estamos destruyendo con nuestro consumo, entendamos que no todo es “progreso económico” y que los humanos no somos el centro de mundo. Sino que existimos seres divers@s (humanos y no humanos) que nos necesitamos y por ello contribuyamos a construir, desde abajo, espacios autosustentables que puedan convivir con todos los seres, tal como lo hicieron nuestros antepasados, contribuyamos a crear otro mundo posible.

Canasta Solidaria Mihuna Kachun

lunes, 16 de marzo de 2020

El retorno de la gripe

Foto de la gripe de 1918

A principios del siglo XX, la civilización moderna se sentía triunfante, el futuro se mostraba esperanzador por todos lados: el desarrollo tecnológico parecía dejar atrás las epidemias del pasado, las guerras se reducían, los derechos se incrementaban, el progreso económico o social eran el gran desafío. Pero pronto las naciones tan orgullosas de sus avances se enmarcarían en una guerra de dimensiones desconocidas hasta entonces, y una epidemia completaría el panorama.

La gripe de 1918

El año 1918 una epidemia de gripe se extendió desde los campos de batalla durante la guerra que asolaba a Europa. Se sabe que el virus se distribuyó desde las tropas de Estados Unidos, el presidente Woodrow Willson había consultado a sus altos mandos militares sobre la conveniencia de cortar el envío de soldados a Europa, pero eso hubiera significado una baja muy fuerte para los aliados y un rebrote del avance de la Tripe Alianza (encabezada por Alemania), así que decidieron continuar con el apoyo militar y minimizar los datos sobre la epidemia.
Era una extraña epidemia, pues a diferencia de las gripes conocidas, que atacan mayormente a niños y ancianos, esta atacaba especialmente a adultos y jóvenes, y de forma muchas veces mortal (la tasa de mortalidad estimada fue de 10 a 20% de los infectados). Por eso se transmitió desde los campos de batalla, se extendió por los países europeos y los gobiernos prefirieron difundir lo menos posible la información sobre la epidemia. Hasta que llegó a España, país neutral en el conflicto, donde se difundió masivamente la información sobre la nueva epidemia, información que de allí salió a todo el mundo y por eso se la conoció como la gripe española.
El virus se extendió por todo el planeta y fue disminuyendo paulatinamente a medida que el sistema inmunológico humano había aprendido a enfrentar el virus. Ahora sabemos que era el virus H1N1 y que a partir de 1920 desapareció tan abruptamente como había aparecido, luego de haber aniquilado entre el 3 o 6% de la población mundial.
Siendo un virus mutante, la forma de combatirlo recurrió a todo lo que había  ala mano, incluyendo los remedios caseros. No se puede generar una vacuna para este tipo de virus. Lo que ayudó a su control, paradójicamente, fue la existencia de necesidades aún no superadas por el desarrollo industrial, por ejemplo la ausencia de aviones que difundieran el virus tan rápido como puede suceder en el presente. Se recuerda que en localidades de España se organizaron procesiones religiosas rogando a Dios por la desaparición de la enfermedad, siendo estas espacios de posible contagio.

El tiempo del miedo

A partir de entonces, el desarrollo científico permitió enfrentar muchas enfermedades, el uso de vacunas, analgésicos, anestesias y especialmente antibióticos, lograron contener muchas enfermedades, y si bien nuevas epidemias atacaron por diversos frentes, ninguna tuvo esa mortalidad de la gripe de 1918. Aun así, otros males asolaron al planeta, como el crac de New York  de 1929, una crisis económica de fuertes repercusiones. El ascenso del fascismo y el nacismo trajeron consigo una multiplicidad de violaciones de derechos humanos, llegando a la hecatombe con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
La ilusión comunista surgida en Rusia en 1918, también terminó derivando en un estado totalitario y represivo tan sólo unos años después. En 1936 la revolución española cayó levantando el estandarte de la libertad como antesala a la despiadada guerra de años posteriores. Las grandes esperanzas quedaban como recueros épicos y como testarudas luchas de algunos movimientos (como el feminismo) ante una sociedad controlada por las injusticias.
El final de la guerra supuso un nuevo ordenamiento mundial que generó tres escenarios: la descolonización de la mayor parte del planeta, que posibilitó una comunidad de naciones libres al menos políticamente. La competencia entre dos superpotencias (USA y URSS), generando la existencia de dos bloques de naciones y la recordada guerra fría, una contradicción política acompañada de múltiples guerras locales entre los dos bandos, desarrollando una carrera armamentista y el peligro de una guerra nuclear. Finalmente, el desarrollo tecnológico post conflicto (y en gran parte nacido en él) propició modernas tecnologías de transporte, comunicación y producción, la llamada “revolución verde” mecanizó la producción agrícola con efectos ecológicos consiguientes.
La población de la segunda mitad del siglo XX creció con el temor a una posible guerra nuclear, la visión del futuro era oficialmente publicitada como el triunfo del comunismo o la democracia (según el campo en que se encontrase), pero en la cultura popular el futuro se veía más sombrío. Los antiutopistas dan cuenta de esto (Huxley y Orwell aún son referentes hoy en día). Finalmente, la guerra fría acabó y todo el planeta quedó bajo la ideología capitalista norteamericana, la amenaza nuclear fue reemplazada por otra más compleja. Sucede que por esa misma época, los científicos descubrieron que el desarrollo industrial estaba alterando el clima del planeta, se empezó a hablar del cambio climático y las nuevas generaciones crecimos con el temor de un futuro cada vez más tenebroso, menos previsible y con menor cantidad de recursos naturales.

El retorno de las epidemias

Mapa de extensión del Coronavirus al 10 de marzo 2020
Sin embargo, no habíamos tomado en cuenta que los enemigos más peligrosos serían los mismos de nuestros antepasados remotos, los microscópicos patógenos que reaparecen en estos últimos años. Con el cambio climático encima, crisis económicas como la de 2007 y cantidad de guerras por todo el planeta, esta vez movidas por intereses económicos ligados al mercado global; las epidemias vienen a colocar una cereza en el pastel de la incertidumbre.
Hay una razón lógica para la proliferación de enfermedades. Cuando una comunidad vegetal o animal se extiende en número, se convierte en caldo de cultivo propicio para algún enemigo, sea un predador o un patógeno. Esto es lo que propicia el equilibrio de la vida en el planeta. La sociedad global ha extendido la población humana a cifras nunca antes imaginadas, además, estas poblaciones se concentran en grandes urbes, no hay escenario más propicio para un patógeno.
¿Cómo pudimos olvidar este aspecto tan básico? La verdad es que no lo olvidamos. La soberbia de los gobernantes, empresarios y científicos nos ha venido diciendo que el desarrollo tecnológico puede controlar cualquier problema, que el desarrollo es infinito. Pero es imposible que exista algo infinito en una naturaleza finita. Por eso existen movimientos que plantean virar el camino del desarrollismo, planteando el decrecimiento, la vuelta al campo, retomar valores indígenas, entre otras propuestas. En el panorama actual, estas son las únicas alternativas viables, sostenibles y lúcidas frente a un panorama de crisis crecientes.
El coronavirus está en desarrollo, no se puede cantar victoria aún, tampoco vale ser fatalistas. Lo importante es reconocer que este virus puede funcionarnos bien como simulacro, porque mientras la sociedad siga conglomerada seguirá siendo sensible a virus nuevos o renovados (el Covid 19 es una mutación), no es casual que haya surgido en el país más poblado e industrializado del planeta. Hasta ahora, la forma en que las poblaciones han reaccionado deja mucho que desear, de tratarse de un virus más letal estaríamos ante una situación peor a la de 1918.
De habernos tocado esta pandemia durante el apogeo del Estado de Bienestar, podríamos haberlo afrontado de mejor manera, pero el neoliberalismo salvaje de estos días no ayuda. El fracaso del capitalismo neoliberal es evidente. A la vez, los valores de una sociedad consumista contribuyen a la propagación del virus, pues la gente tiende a actuar egoístamente. Los llamados de atención sobre estos aspectos plantean la necesidad urgente de modificar la cultura global. El reto está planteado, las lecciones de hace 100 años podrían ayudarnos a no seguir ilusionados en un modelo de sociedad que sólo beneficia a los patógenos (me refiero a los humanos privilegiados de este sistema, principalmente), que la solidaridad se imponga y derrote al capitalismo.


Roberto Ojeda Escalante

sábado, 9 de noviembre de 2019

Hugo

Los rumores
A inicios de los años 60’ un rumor recorría los andes: “dicen que los campesinos de La Convención se han rebelado contra los hacendados”, “dicen que Hugo Blanco está repartiendo las tierras entre los campesinos”, “dicen que pronto llegará a esta hacienda”.
En una reunión de alta sociedad, Romanville, el más odiado y temido de los gamonales de La Convención, decía: “no entiendo cómo puede existir gente tan mala como Hugo Blanco, que me hace tanto daño sin que yo le haya hecho nada”.
El Partido Comunista y la Federación Departamental de Trabajadores del Cusco alertaban a sus simpatizantes: “no se dejen engañar por Hugo Blanco, es un aventurero”. Algunos denunciaban: “es un agente de la CIA”.
Pero abajo, en el pueblo, el rumor crecía: “la policía está persiguiendo a Hugo Blanco”, “dicen que no lo capturan porque es mago, cuando la policía lo está por capturar se convierte en burro y así escapa”.

Los hechos
En Lima, un grupo de troskistas realizaron una “expropiación” (asalto llamó la prensa) a un banco para intentar apoyar económicamente a Blanco, sin suerte.
Un poeta chalaco se mudó a Cusco inspirado por la lucha campesina y escribió el poema más inmortal de arenga y cuestión al Cusco, donde ubicaba a Hugo junto a Luis de la Puente y el mismísimo Tupac Amaru, llamándolos “destructores de la muerte”. 
Cuando Hugo fue apresado, el Che habría dicho: “Hugo Blanco ha caído, pero otros seguirán sus pasos”. Y esos otros, los propios campesinos de La Convención, mantuvieron las haciendas tomadas y lograron que el gobierno militar reconociese la Reforma Agraria en La Convención y Lares.
Mientras Hugo era juzgado lejos de su tierra, campesinos de todo el país ocupaban haciendas al grito de “tierra o muerte”, el mismo de La Convención. Incluso algunos las ocupaban gritando “Viva Hugo Blanco”.
Pidieron darle la pena de muerte, pero una campaña internacional liderada por Jean Paul Sartre logró impedirlo. De paso por Europa, José María Arguedas vio en una vitrina la foto de Hugo Blanco junto a la del Che, y se lo contó a Hugo preso, en esas hermosas cartas que intercambiaron poco antes de la muerte del escritor.
El gobierno del general Velasco Alvarado liberó a Hugo Blanco y al poco tiempo lo deportó, porque resultaba peligroso hasta para un gobierno de izquierda.
Hugo vivió más destierros, prisiones, huelgas de hambre, y también fue constituyente, parlamentario, senador, casi candidato a la presidencia; y por haber renunciado a la candidatura unitaria de la izquierda, muchos izquierdistas lo condenaron para siempre.
Y acompañó cuanta lucha pudo. Las tomas de tierras en Anta y en Puno, la huelga en Pucallpa,  las luchas antimineras y ambientalistas, ya sea en Cajamarca o el valle del Tambo, las luchas feministas y juveniles. Poco a poco se alejó de la izquierda partidaria y se compenetró con los movimientos indígenas, y se aproximó a los activistas libertarios, feministas y antisistema.
Y editó un periódico a contracorriente. En tiempos que la prensa escrita estaba copada por un monopolio, Lucha Indígena se daba la osadía de asomarse en algunos kioskos. Y escribió varios folletos, algunos que agrupó en un libro que ya lleva tres ediciones. “Nosotros los indios”. Presentado con poca presencia de intelectuales y mucha de dirigentes populares y jóvenes activistas.
Muchos rumores persisten. Monstruo para los hijos de los gamonales, traidor para izquierdistas trasnochados, utópico para las izquierdas reformistas, mito para los campesinos, ejemplo para los activistas.

El personaje real
Un niño que aprendió a luchar por los consejos que le daba un indígena discapacitado que en otros tiempos había liderado luchas contra el gamonalismo.
Un estudiante de agronomía, peruano en Buenos Aires, que abandonó los estudios al constatar que tendría que trabajar para gamonales.
Un joven que se hizo troskista porque el Apra y el PC ya le habían mostrado sus discursos traicionados. Y que volvió al Perú por decisión política y estuvo intentando organizar obreros, hasta que se percató de que la vanguardia social eran los campesinos, contradiciendo en parte los postulados de su ideología.
Un allegado que se sumó a la organización sindical y terminó dirigiendo su sindicato y liderando todo el movimiento convenciano, organizando la autodefensa armada.
Un perseguido que se refugió en cuevas o viejas viviendas, en una de estas conoció los restos de la biblioteca anarquista de Encino del Val, en Cotabambas.
Un preso que hacía amistad con sus guardianes. Un preso con un pie en la horca, que convirtió su juicio en un momento de denuncia política. Un preso incomunicado redactando cartas poderosas.
Un indultado, deportado, apresado, exiliado.
Un parlamentario sancionado por decir asesino al general Noel, que sí era asesino.
Un mestizo que decidió volver a ser indio. Un indígena que apoya todas las luchas de sus hermanos.
Un troskista que ya no necesita seguir siendo troskista para luchar, porque ya no hay estalinismo que enfrentar, aunque los rezagos del estalinismo lo sigan calumniando. Y porque el ecologismo, indigenismo, libertarismo y feminismo le suman fuerzas más que cerrarse en una sola ideología.
Un viejo que aconseja aprender de los jóvenes que derrotaron la Ley Pulpín.
Una película contando las vivencias del personaje, una película recorriendo los caminos andados por el propio Hugo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

La derechusma

En alguna de las movilizaciones contra el indulto a Fujimori, a inicios del 2018, se coreaba una consigna que decía: “El indulto es insulto”. Algún gracioso aumentaba por ahí: “del inculto”. Rápidamente salían los guardianes de lo políticamente correcto diciendo que eso no estaba bien, que no hay que ofender a la gente por ser inculta, que es un concepto discriminador y desde una mirada monocultural.
Este miedo a no ofender a los “sectores populares” no nos ayuda a comprender por qué los políticos más conservadores y cavernarios reciben alto respaldo en dichos sectores. Es una vieja tradición izquierdista considerar al “pueblo” como esencialmente bueno, que si se pasa al “lado oscuro” es por la manipulación del sistema y los medios, y por la baja educación que les da el sistema. El “pueblo” aparece como un conjunto de seres desvalidos a los que debemos salvar. Poco difiere la visión de la derecha sobre el mismo “pueblo”.
Ese “pueblo” en la realidad política más se parece al concepto de “chusma”, es decir, la masa aglutinada y exaltada por algún momento, siguiendo algún liderazgo sin reparar en la extracción de clase del líder. La población organizada, que más se parece al “pueblo” conceptual, tiende a calcular mejor sus opciones políticas y en muchos casos se inclina por posiciones antisistema. Pero la mayoría de la población no está organizada, es esta gran masa la que generalmente opta por versiones derechistas extremas.
Ese ha sido el caldo de cultivo del fujimorismo, por ejemplo. La población no privilegiada que opta por esta derecha “populachera”, no es necesariamente “lumpen”, sino una población heterogénea que comparte algunos valores propios del capitalismo contemporáneo: el desarrollo, el bienestar individual, la competitividad, el achoramiento. Por eso les importa poco la corrupción, lo ven como algo que “todos hacen”. En ese afán de sobresalir individualmente, en una sociedad que no te abre muchas puertas, aprovechan cualquier oportunidad para lograr el éxito, aun tomando caminos éticamente cuestionables. Para ellos, la ética es algo así como decir “pequeño burgués”. Su identificación con esa derecha “achorada” se fortalece en tanto la ven más parecida a ellos que las corrientes liberales e izquierdistas.
Los liberales son vistos como “pitucos”, gente privilegiada dentro del sistema, que exige respetar las leyes aún cuando las leyes son injustas. Los izquierdistas resultan peores para esta gente, porque hablan de justicia, igualdad y derechos para todos. En un mundo en que todos compiten contra todos, muchos ven esos ideales como una contradicción ante sus propias aspiraciones de superación personal. Por eso se suman al odio contra todo lo que suene izquierda o antisistema. Los derechosos de abajo han optado por lograr algo dentro de ese sistema, de cualquier modo y en cualquier grado, lo que menos se les ocurriría es pensar en cambiar dicho sistema.
No se puede decir que el fujimorismo sea ideológicamente racista o machista, gran parte de sus dirigentes han sido de múltiples orígenes étnicos y con una buena cuota de género (sus principales dirigentes y su lideresa han sido mujeres). Pero sí respaldan las jerarquías sociales de género y culturales. Consideran que está bien que las mujeres sean subalternas de los varones, sus propias dirigentes respaldan la cruzada anti igualdad de género y demás valores patriarcales. Los fujimoristas no niegan sus orígenes étnicos pero los consideran una herencia arcaica (más o menos como también piensa Vargas Llosa), saben que no llegarán a ser gringos, así que asumen la modernidad “chicha” que recoge elementos étnicos decorativos, y los inserta en el paradigma moderno neoliberal.
Algunos izquierdistas piensan que se trata de “bajar al llano”, y utilizan símbolos culturales “populares” para atraer a esa gente. Resulta lo contrario, pues su postura se ve como un maquillaje. La verdad es que no podemos “achusmarnos” para quitarle adeptos a la derecha. El debate entre ética y “exitismo” es tan necesario como entre justicia y competitividad. Los valores están en lucha y tienen que seguir estándolo, pero hay que sincerar las cosas. Nosotros queremos bienestar para todos y para lograrlo tenemos que derrotar los valores capitalistas, sabiendo que muchos (aún pobres y marginados) defienden esos valores. La lucha simbólica es el primer campo de batalla en la lucha cultural.

Durante las últimas décadas ellos han pasado a la ofensiva. Y lo han logrado gracias a los malos análisis de liberales, izquierdistas y antisistema; los análisis mayormente se limitan a lo político y social, cuando el principal campo de confrontación es el cultural. Existe un paradigma capitalista que tenemos que reemplazar por uno libertario, y esto no se logra en lo macro sin antes haberlo logrado en lo micro. Ahí está nuestra fuerza, tal vez para los ojos de los poderosos también seamos una “chusma”, pero como dicen los zapatistas, “muy otra”.

Roberto Ojeda Escalante

jueves, 19 de septiembre de 2019

La indignación no basta, ¿qué hacemos frente a las quemas?


Hace unos días quemamos en casa algunas ramas, troncos secos y pajas que teníamos guardadas para ceniza en la huerta, lo hicimos dentro de un cilindro y al terminar lo dejamos tapado. A los 2 días fui a sacar la ceniza (que yo suponía ya fría) y me  percaté que aún seguía con brasa, es más pude echar algunas pajas más y el fuego se encendió solo.
Si eso pasó en una pequeña fogata controlada y dentro de un cilindro, que podría pasar con una pequeña fogata o iluminación de promoción que se hace al aire libre en una montaña y que se deja abandonada pensando que ya está apagada. Aún más graves son los incendios provocados sea por roces, traficantes de terrenos, monocultivos, ganadería industrial, etc.
El tiempo nos juega en contra en este contexto de crisis ambiental que los mismos humanos hemos creado producto de la ambición y consumismo desmedido, y ahora sumado con la quema constante de bosques y de diversos ecosistemas, nos está asfixiando aún más a todas y todos los seres (no sólo humanos). Y para sumar a los males, no está lloviendo, al parecer las cabañuelas nos indican que será un año con lluvias escasas (esperemos haya un error), pero ahora la tierra está seca, las plantas también y es justo en ese contexto que cualquier incendio por más pequeño que empiece se puede convertir en una catástrofe como está pasando en todo el país y en el mundo.
Y es un hecho que debería de haber una sanción, sea quien sea, que haya ocasionado un incendio, pues es un genocidio ambiental. Desde las comunidades campesinas deberían poner prohibiciones a esta actividad y ver alternativas que no hagan tanto daño a la tierra, pues si bien en los primeros años puede parecer que la tierra produce mejor se están matando los microorganismos de la tierra que son quienes le dan vida, además ese suelo podría perder su capacidad de retener humedad. De igual forma deberían haber prohibiciones con las promociones que suben a las montañas para hacer sus inscripciones con fuego, las fogatas, entre otras actividades que se tornan tan riesgosas en estos tiempos.
Al  resto de personas, aparte de indignarnos, creo que nos queda muchísimo por hacer. No sé si el tiempo sea el suficiente, pero al menos mostremos a los otros seres de la naturaleza  que hemos entendido que no somos el centro sino un ser más de un ecosistema bastante diverso y que requiere de todos los seres para poder sobrevivir. Esbozo algunas ideas pero de hecho deben haber muchísimas más.
-          Concientizar en donde estemos de todo el daño que se produce con la quema de bosques, que son pérdidas de vidas que no se recuperan y tampoco se regeneraran en muchísimo tiempo. Son formas de vida que necesitamos para seguir conviviendo y existiendo en todo un ecosistema.
-          Apoyemos a quienes sofocan incendios sea con alimentos, agua, dándoles un espacio para lavarse o cobijarse, abriéndole paso si estamos en auto cuando pasa la sirena.
-          Si vez o estás cerca de un incendio, y tienes las capacidades para apoyar, sin arriesgar tu vida, ¡Ayuda! No seas indiferente.
-          Plantemos árboles, cada vez son más las personas que se animan a hacerlo y eso es ¡Maravilloso! Todas y todos deberíamos hacerlo, sea en montañas, en nuestras casas, en nuestros centros de estudios o trabajo, en fin en todo lado es posible. Pero es clave hacerlo en el momento adecuado, sobre todo si son en zonas donde después no podremos cuidar los plantones, por ello debemos esperar las lluvias o ver alguna forma de riego. También es importante que usemos especies nativas, que ayuden a regenerar suelos, a conservar el agua y que sean resistentes como en la zona andina son la qeuña, kiswar, chachacomo, molle, aliso, etc. No sembremos eucalipto que absorbe el agua, dejando a los terrenos infértiles.
-          Si vives cerca de árboles, ayúdalos a resistir en este contexto de sequía, riégalos. ¡Ayuda a darles vida!
-          Regeneremos suelos, cuando se quema un bosque no sólo se dañan los árboles, flora y fauna; sino los suelos que son los que albergan millones de microorganismos que nos dan vida a todos los seres. Y esos son los microorganismos que debemos recuperar y eso lo podemos hacer empezando a hacer compost o humus, sea en nuestras casas, escuelas, y otros espacios a los que accedamos. ¡Que la materia orgánica no vaya a la basura, porque no es basura, es vida que debemos volver a los suelos!
-          Siembra plantas aromáticas, flores y otras que ayuden a cobijar y alimentar a otros seres, insectos que son las que ayudan a polinizar y a equilibrar un ecosistema como las abejas, abejorros, avispas, mariposas, aves, picaflores, entre otros.
-          Consume en biodiversidad, es decir alimentos locales y de temporada; pues muchas veces se quema para exigirle a la tierra que produzca más de los alimentos que tienen más demanda en el mercado.
-          Si conoces de alternativas que regeneren bosques o suelos, consume sus productos. Ayúdalos a seguir recuperando biodiversidad.
-          No uses agroquímicos sea en tus plantas, en maceta, huerta o chacra, porque éstos aparte de hacernos daño, matan tanto los microorganismos del suelo, como diversidad de insectos que ayudan al ecosistema.
-          Evita consumir alimentos que provengan de cultivos con agroquímicos pues estás contribuyendo a la destrucción de ecosistemas.
-          No dejes tiradas bolsas, envolturas o botellas de plástico, entre otros desperdicios en montañas o zonas descampadas porque aparte de contaminar en situaciones de incendio pueden ayudar a incrementar el fuego y hasta con un sol fuerte pueden ser detonantes de un incendio.
-          No seas cómplice, no consumas nada que venga de monocultivos o de zonas deforestadas como soya, ganadería industrial, aceite o manteca de palma, azúcar, arroz, etc.
-          No permitamos talas indiscriminadas sea en la ciudad o en zonas rurales, hagamos entrar en razón a quienes actúan así, o denunciémoslos.
-          No juguemos con fuego, en este contexto evitemos hacer fogatas en sitios de paso, roces para sembrar y toda forma de fuego, inclusive dejar colillas de cigarro; pues con el viento y sin lluvia, eso puede convertirse en un incendio mayor.

Y supongo hay muchísimas más cosas por hacer, pero todo urge, la vida de todas y todos los seres humanos y no humanos, no espera. Nuevamente las soluciones de nuevas formas de vida de convivencia con otros seres vendrán desde las acciones colectivas y cotidianas de abajo, no desde arriba.

Claudia Palomino
Canasta Solidaria Mihuna Kachun

miércoles, 18 de septiembre de 2019

El humano es un parásito

Un parásito es un tipo de organismo que obtiene la energía necesaria para vivir de otros seres, pero a diferencia de los predadores, no los caza ni elimina para alimentarse de ellos, sino que obtiene dicha energía dentro del ser parasitado, es decir que vive en él y de él. 
Puede parecer absurdo comparar a nuestra especie racional con ese tipo de seres, pero es una paradoja posible. Los humanos fuimos una especie colectora y carroñera hasta que su habilidad de razonar le permitió adquirir nuevas habilidades, su gran hazaña inicial fue el control del fuego. Pero en su larga historia, aprendió a aprovecharse de otros organismos y llegó a controlarlos, claro que para que suene bonito lo llamamos domesticación. En esencia fue un proceso por el que alteramos el modo de vida de otras especies, garantizándoles seguridad pero aprovechándonos de ellas de la misma forma que hace un parásito.
Con el tiempo, modificamos la estructura biológica misma de esos organismos, creando variedades o razas acordes a nuestras necesidades o conveniencias. A medida que invadíamos todos los ecosistemas del planeta, “nuestros” animales y plantas se multiplicaban con nosotros, quitándoles territorio y recursos a miles de otras especies que poco a poco han ido extinguiéndose.
Esta no es una disertación animalista. No sólo animales y plantas han sido nuestros proveedores de recursos, también hemos alterado los ciclos naturales y climáticos, los propios ecosistemas han sido parasitados por nuestras sociedades. El cerro Potosí es un buen ejemplo de un ataque parásito prolongado. Pero este tipo de parasitismo no es individual, son las sociedades humanas las que se hospedan en entornos que van destruyendo, tal como todo buen virus, hasta matar al organismo parasitado, para ir inmediatamente a buscar otra víctima.
En este vivir de otros seres, muchos humanos pierden salud y bienestar, pero eso no importa, porque el ser que se beneficia no es el humano, sino la sociedad, es decir el grupo social construido por esos mismos humanos. Esto ha llevado a que exista autoparasitismo en nuestra especie, surgen así las castas y clases sociales, unos viviendo del esfuerzo de otros, todo en aras del bienestar de la sociedad.
Llegados a este punto, es bueno reconocer que no todas las sociedades han parasitado a igual escala, aún hoy en día existen pueblos que siguen recolectando y cazando, la mayoría de sociedades agrícolas no destruyen su ecosistema, y el nivel de depredación es diferente entre los estados actuales. Esto significa que nos volvemos más parásitos en tanto nos creemos más “desarrollados”.
Pero el humano es a la vez racional, el único parásito que puede modificar su situación porque puede ser consciente de ella. Y vaya que lo intentamos, las rebeldías contra el capitalismo fueron y son un intento de parar la explotación entre humanos, y contra los demás seres también. La cura contra el mal provocado por el virus humano es el propio ser humano. Pero como en todo caso de parasitismo, la solución pasa por eliminar a los parásitos, esto es, a los humanos y las instituciones humanas que reproducen el parasitismo, ya sea que se niegan a abandonar ese modo de vida o porque ni se dan cuenta de lo que son. Nadie le pide permiso a un parásito para eliminarlo de su cuerpo, es solo cuestión de sobrevivencia.