domingo, 21 de octubre de 2018

10 AÑOS DEL LEVANTAMIENTO DE CANCHIS

Foto tomada de una exposición en el marco del estreno del
documental "Nuestros pueblos han hecho historia" en Sicuani
Entre el 20 y el 29 de octubre del año 2008, un conflicto social sacudió el sur peruano, marcando un hito en las luchas contra los megaproyectos y la política extractivista. Este movimiento fue producto de un acuerdo de organizaciones campesinas en un congreso indígena meses antes.
Llegado el 20 de octubre, muchas movilizaciones y acciones simbólicas se desarrollaron en el surandino, pero sólo Canchis paró completamente, liderados por la Federación Provincial de Campesinos de Canchis (FPCC) y el Frente Unificado de Defensa de los Intereses de Canchis (FUDIC). Las demandas eran el rechazo a la privatización del agua, rechazo a las concesiones mineras, rechazo al modelo económico neoliberal, rechazo a la construcción de la Central Hidroeléctrica Salcca Pucara y demandando la renuncia del presidente.
Ese mismo año se habían producido el “moqueguazo” (junio) y el primer levantamiento amazónico (agosto), movimientos sociales que sacudieron el país. Lo singular del levantamiento canchino es que fue la primera rebelión autodeclarada indígena en esta región, e inició una escalada de protestas en todo el sur andino, que se extendieron varios años, logrando paralizar varios proyectos que amenazaban a las poblaciones locales. 
En junio de 2009, luego del Baguazo, Canchis volvió a levantarse, al igual que Andahuaylas, en respaldo a la lucha amazónica y por sus propias reivindicaciones. Los dirigentes de aquellas jornadas han padecido largos procesos, de los que han sido absueltos. Valeriano Ccama, Mario Tapia, Alejo Valdez, tan solo fueron los rostros visibles, pues la lucha fue colectiva, con muchos rostros y nombres, con muchas acciones.
El puente Arturo recuerda los bloqueos de aquellos días. El puente de Chuquicamanta ya no es el mismo que la protesta quemó en alguna ocasión. De aquellas jornadas quedan algunas pintas borrosas por el tiempo. Incluso la plaza del Cusco y el aeropuerto fueron sacudidos por la presencia de los qanchis aquellos días. 
El movimiento canchino se debilitó con los años, con nuevas dirigencias y nuevas maniobras de las empresas, pero 10 años después, el proyecto hidroeléctrico Salca Pucara no se ha ejecutado. Reconocer la importancia de estas luchas es necesario y urgente, ante las nuevas y viejas amenazas extractivistas. 

Complemento con el testimonio de un dirigente de aquellas jornadas (publicado en el folleto Las luchas de Canchis, editado por Lucha Indígena): 

“En relación a esto, los dirigentes y algunos personajes en la Provincia de Canchis, iniciamos el primer levantamiento. No con el objetivo de hacer levantamiento en sí, sino como forma de concientizar a nuestro pueblo. Pero dado el momento y la voluntad de las comunidades campesinas, principalmente de las zonas altas, como Santa Barbara, Phinaya, Pataccalasaya; los hermanos alpaqueros, los hermanos ronderos; que por el dolor que hemos sentido ante tanta injusticia, iniciamos en forma decidida todo este movimiento, que ha marcado un hito dentro de la historia del Perú.”

miércoles, 10 de octubre de 2018

VoVi, analista político


Aunque yo andaba abstraído en la interesante biografía de Guaman Poma y en intentar reconstruir la historia de las wakas; los aburridos analistas políticos me devolvieron a esa realidad post-electoral que pareciese calco y copia de los años que provocaron en el coronista la frase "y no hay remedio".
Bueno, el voto viciado también puede aportar luces para una interpretación anarca de las recientes elecciones peruanas. Es pues una expresión de descontento y rechazo al sistema político, rechazo que debe ser leído adecuadamente para contribuir a construir alternativas a partir de ese sentimiento.
Algunos objetarán que se trata de una voz de rechazo, pues puede incluir muchas razones que motivan al elector a viciar su voto (simple error, desinterés, cansancio, palomillada). Para responder a estos incrédulos haremos un breve análisis. En la mayoría del país los votos en blanco y los viciados, tienen un promedio de entre 5 y 10% cada uno, sumando algunos puntos más alguno de ambos rubros (el blanco en algunos casos, el viciado en otros). En 11 regiones la suma de ambos rubros supera ampliamente al candidato ganador (Ancash, Apurimac, Arequipa, Cajamarca, Cusco, Huánuco, Lima, Madre de Dios, Piura, Tacna, Tumbes).
11 de 25 es buen número, y su diferencia con los resultados de las demás regiones indica que hay razones para que exista dicha diferencia, no puede ser producto del descuido o la palomillada simplemente. Hay un sentimiento de rechazo en unas regiones más que en otras. En algunas el rechazo se ha manifestado en el apoyo mayoritario a candidatos que aparecen como antisistema, llenando de ilusiones a la izquierda. En otras ese rechazo se expresó en los blancos y viciados.
Más luces nos dará observar el caso de tres provincias donde el voto viciado superó al alcalde electo:
-          En la provincia de Huaraz el voto viciado obtuvo el 14.53%, superando al candidato ganador. Disgregado el voto por distritos, sorprendentemente vemos que en la mayoría el voto viciado fue ínfimo, siendo alto sólo en algunos y llegando a superar al ganador sólo en Huaraz (18.43%) e Independencia (15.36, en donde además el voto en blanco obtuvo 20.22!).
-          En la provincia de Arequipa llegó al 14.98%. Disgregándola por distritos sobresale Arequipa (donde llega al 24.66%), ganando también en Cayma, Cerro Colorado, Bustamante y Rivero, Melgar, Miraflores, Paucarpata, Sachaca y Yanahuara, mientras en La Joya gana el voto en blanco.
-          Finalmente en Cusco obtuvo el 16.39%. Nuevamente disgregamos por distritos hallando que gana en Cusco (19.05), San Sebastián (16.53) y San Jerónimo (13.08)
He mencionado sólo los votos viciados porque es donde encuentro mayores particularidades, en todos los resultados provinciales el voto en blanco difiere poco del promedio nacional, sólo en votos viciados hallamos estas “avalanchas”.
¿Qué motiva estas peculiaridades? Podría ser la ausencia de candidatos que se presenten como la opción “antisistema”, pero esto no sólo se dio en las tres provincias, es decir que tendría que haber muchos más “triunfos de VoVi”[1]. Podríamos sumar las avalanchas por candidatos antisistema (Junín, Puno, etc.) con los triunfos de VoVi y encontrar que se trata de los lugares con mayor tradición contestataria, pero nos quedarían muchos vacíos.
Anoté los casos distritales de estos votos para intentar hallar un patrón común. Encontré distritos urbanos pero también rurales, ubicados mayormente en el centro urbano pero algunos también en la periferia. La característica compartida es que se ubican en lo que podríamos denominar “eje histórico”[2]. ¿Qué ha llevado a los habitantes de estos distritos históricos a emitir un voto de rechazo al sistema electoral?.
Difícil responder esta pregunta. Cusco y Arequipa tienen una identidad local muy fuerte que influye en las decisiones políticas (recordar el Arequipazo o protestas cusqueñas es inevitable)[3]. Esa identidad contestataria local respaldó posiciones de izquierda durante décadas, no debería extrañarnos que esté buscando algo más allá de la izquierda tradicional. Pero sería muy ingenuo pensar que el trabajo de activistas libertarios y anarquistas ha dado estos frutos (mayores han sido experiencias limeñas como las “zonas” por ejemplo, pero en la ciudad capital la voz de rechazo ha sido minúscula), tal vez algo hemos dialogado con el sentimiento de hartazgo de nuestras poblaciones, pero este sentimiento está más ligado a esa identidad local que gusta diferenciarse del resto del país.
En todo caso, ese sentimiento de hartazgo puede ser parte de la construcción de alternativas libertarias y allí es donde nuestros activismos pueden contribuir fuertemente, no para “ideologizarlas” esperando que surjan movimientos declarados anarquistas; sino para sumarnos a ese sentimiento y poner en la práctica lo que tenemos en la teoría: la construcción de alternativas en la cotidianidad (algo que algunos venimos intentando ya algunos años, pero que ahora nos presenta el reto de multiplicar dichos intentos).
Alguna iniciativa llamativa podría surgir a partir de ahora. Si “ganó” VoVi, ¿quedará este triunfo aparente en un simple acto simbólico? Ese es el reto. Podemos pergeñar acciones que fortalezcan el sentimiento de hartazgo para convertirlo en una posibilidad más allá de una simple cólera, proponer un “plan de (auto)gobierno de VoVi”, que parta de lo simbólico, lo provocativo, para motivar acciones alternativas a la política electoral. El campo está sembrado y no significa que sólo en estos lugares puedan surgir alternativas autogestionadas, quizás surgen en otras localidades, pero desaprovechar el panorama aquí sería una gran frustración para nosotros.

Sí, cuantitativamente a nivel de país, lo de VoVi es muy poco, pero al menos es algo. Lo otro, la posibilidad del resurgimiento de una izquierda honesta personificada en Cochero (candidato del FA de Lima) no ha calado, y los triunfos de Aduviri, Cerrón y otros, podría derivar en caudillismos autoritarios como el de Evo en Bolivia. En ese panorama, VoVi es lo único que nos queda. De caras al bicentenario de la república criolla y burguesa, ad portas de que ingresen los transgénicos y con la mineras sobre nosotros, la posibilidad de una alternativa anarca es urgente y necesaria.




[1] “VoVi” es la jerga que los cusqueños usamos para referirnos al voto viciado desde las elecciones de 2014 (por las dos sílabas iniciales de la palabra).
[2] En Huaraz el distrito Independencia es una especie de centro histórico ampliado, en Arequipa y Cusco vemos la mayoría de zonas de larga data (históricas).
[3] Desconozco el caso huaracino, por eso centro mi análisis en las dos ciudades sureñas, que además son las que más votos viciados presentaron.

lunes, 13 de agosto de 2018

Los ojos que no se ven. El activismo fraccionado


Existen dos publicaciones autónomas que se vienen abriendo paso a contracorriente en el Perú, curiosamente llevan nombres similares aunque parece que sólo eso los une. Ojo Zurdo es una revista de temática política, El Ojo Interior es una revista de temática cultural y espiritual, ambas en la búsqueda de alternativas al capitalismo dominante, pero desde dos miradas diferentes. Ambos se ignoran mutuamente e ignoran completamente el enfoque de la otra revista.
Lo que sucede entre estos dos ojos tan desvinculados, sucede en general con los movimientos antisistema del país. Hay activistas políticos que sustentan todas sus propuestas en análisis racionales y académicos, desprecian todo lo que suene espiritual y asumen lo cultural en un sentido meramente complementario. Hay organizaciones que se sustentan en lo espiritual, apuestan por la ecología y se apartan completamente de la política. Hay muchos más matices culturales, académicos, sectoriales, territoriales, clasistas.

El activismo de performance

Vivimos en la sociedad del espectáculo (Deboard), todas las actividades humanas se han convertido en una especie de escenas de la gran película de la globalización. La facilidad de las comunicaciones ha convertido a estas en una necesidad, necesitamos likes para sentir que nos oyen, que somos alguien, que cumplimos un rol en el espectáculo de la vida moderna. Esto ha llegado también a los sectores críticos. Muchos activistas dedican sus mayores esfuerzos a realizar acciones visibles, o que al menos puedan registrarse para colgarlas en las redes sociales. Performances, festivales, plantones, parecen desplazar a los procesos de más larga duración.
En el pasado, las utopías se vivían en grupos pequeños y no tan visibles, ya fuera en el sindicato, la guerrilla o la ecoaldea; los militantes de estos movimientos se internaban en esos espacios sabiendo que les llevaría años construir algo y que en ese periodo, probablemente muy poca gente se enteraría de sus esfuerzos. Lo importante no era cuántos se enteraban sino el impacto que dicho esfuerzo lograría a la larga. Hoy las cosas son diferentes, cualquier acto por más chico que sea puede difundirse casi en tiempo real, esto resulta una herramienta interesante, pero también opaca la importancia de la construcción real de alternativas.
En la sociedad de masas, los líderes encarnaban el sentimiento colectivo, se convertían en la voz y el rostro conocido del movimiento, haciendo que las bases llegasen a someterse a la influencia de dichos personajes, ya que no todos podían hacerse visibles. Esto propició el autoritarismo en los movimientos anticapitalistas, muy bien justificado por la ideología marxista. Hoy nos libramos de este problema, pero los movimientos actuales son más fraccionados, cada pequeño grupo difunde sus acciones por las redes y hace sus rostros conocidos.

Las modas antisistema

La sociedad del espectáculo tiende a generar modas que se difunden a escala global, utilizando los medios de comunicación, la publicidad, la política, la academia, etc. Estas modas hacen que se generalicen ciertas formas de hacer las cosas, elementos culturales e ideas, que terminan aceptados y reproducidos por la gran mayoría, normalizándolos. Esto llega también a los sectores críticos, terminamos jugando el juego que el sistema ha diseñado.
Décadas atrás el “sujeto revolucionario” era el trabajador, principalmente el obrero. La izquierda priorizaba la organización y crecimiento del movimiento obrero, descuidando reivindicaciones y luchas de otros sectores. Pasando al nuevo siglo el obrero dejó de ser el protagonista de los nuevos movimientos sociales, siendo reemplazado por el indígena. En los últimos años este parece ser reemplazado a su vez por las mujeres. La lucha de clases que pretendía acabar con el capitalismo, dio paso a una lucha cultural contra la civilización occidental y ahora contra el patriarcado, esto es bueno en tanto se ha ido abarcando aspectos mayores que sólo el sistema económico, pero, ¿dónde quedaron los “sujetos” desplazados?
Es indudable que los trabajadores siguen siendo explotados y en muchos casos más que antes, así como en el pasado las mujeres siguieron oprimidas por el patriarcado aun cuando los intelectuales de izquierda no lo considerasen importante. Todos los oprimidos y excluidos padecen estos problemas a diario, generan sus propios movimientos y hay sectores de activistas que se especializan en apoyar algún sector (o varios), pero políticos e intelectuales parecen moverse más a la moda. Estos se ponen al servicio del “sujeto revolucionario” de moda, aunque generalmente lo hacen para alcanzar presencia, hacerse visibles. Un ejemplo: cuando Evo Morales estaba por llegar al gobierno de Bolivia, Álvaro García, como buen intelectual y político, reconoció que el liderazgo lo debería tener un indígena y se sumó al movimiento como vice-líder (es Vicepresidente desde entonces).
El riesgo de que algo se ponga de moda es que toda moda es pasajera. Actualmente vemos un ascenso feminista y se discute el rol de los varones en esta lucha, esto es un gran logro sin lugar a dudas, pero ¿cómo dialogan o se integran las luchas indígenas y femeninas?, tampoco es que la lucha de clases haya desaparecido, existen mujeres ricas y mujeres pobres, ¿puede haber sororidad entre sectores tan contrarios? El debate tiene para extenderse. Un sector que también se ha hecho muy visible en estos años es el de la diversidad sexual (LGTBI), que puede vincularse a la lucha antipatriarcal con más facilidad que otros sectores, pero también tiene su propia agenda, porque padece una discriminación específica.

La especialización es la raíz de las injusticias

Francisco Ferrer decía que se debe estudiar el origen de las injusticias. Cabe hacerse la pregunta sobre ese origen, pues a veces pareciera que entendemos las injusticias como producto de la maldad de algunos grupos que en el pasado impusieron su dominio, y que lo hemos ido arrastrando e incrementando casi sólo por costumbre. La explicación economicista marxista ayuda a entender este aspecto y aunque puede volverse bastante reduccionista, resulta útil.
¿Por qué surgió el patriarcado, por qué el racismo, la dominación de clases, el esclavismo, etc.? Todos estos males no nacen porque unos fueran más fuertes y abusones que otros, y tuvieran el poder para mantener su dominación. Si bien esto pasó en algún momento, mucho antes, las injusticias nacieron porque determinadas sociedades las creyeron necesarias y útiles. Tener un líder, un guía, un maestro, resultó útil para el grupo, tanto que se empezó a dotar a estos personajes de ciertos privilegios, que trabajaran menos para que pudieran dedicar más tiempo a planificar, coordinar, enseñar, investigar. Poco a poco se fueron convirtiendo en grupos, así nacieron las élites. Y la especialización siguió creciendo, apareciendo ayudantes y protectores de las élites, allí aparecen los primeros soldados y policías, siglos después, estos serán la fuerza que permitirá a ciertos líderes conquistar otros pueblos.
Los arqueólogos han encontrado que en un principio las sociedades fueron matriarcales, eran madres mayores quienes conducían las poblaciones, ¿por qué fueron desplazadas por el patriarcado?, pues porque resultaba más cómodo para el grupo que esos roles fueran asumidos por varones, que podían disponer todo su tiempo pues no tenían embarazos ni lactancias. Por algo similar se desplazó a los ancianos. Con el paso de los años y las civilizaciones, las élites comenzaron a heredar sus roles y se educó a toda la colectividad para aceptar esa desigual distribución de roles, las sociedades se “patriarcalizaron” al mismo tiempo que se hacían clasistas. No pasó igual en todos los pueblos, muchos se mantuvieron matriarcales y otros igualitarios, algunos fueron conquistados por sociedades clasistas que les impusieron su orden, haciéndolos tributarios o esclavos.
Mientras aceptemos la especialización de cualquier tipo, estamos aceptando la dominación.

Tomando decisiones ajenas

Un grupo de personas se reúne para tomar decisiones sobre la vida de otras personas. Es lo que hace el Congreso de la República, también las dirigencias religiosas o políticas, los funcionarios, mesas de concertación, los académicos, organismos por el desarrollo, etc. Siempre son ciertos líderes o especialistas, quienes toman decisiones sobre políticas, acciones, orientaciones, un conjunto de acciones que afectarán la vida de grandes sectores de la población. Estos decididores no serán afectados por dichas decisiones, pues su rango de líderes o especialistas les da privilegios que no tiene la mayoría. Por eso todos los planes producen más problemas que soluciones, porque son meramente teóricos, sustentados por discursos, cifras y datos, pero nada vivencial.
Una asamblea de un grupo social cualquiera funciona exactamente al contrario de los anteriores. Una comunidad, un sindicato, asociación, grupo barrial, colectivo; la gente se reúne para tomar decisiones sobre lo que afectará al conjunto de personas reunidas, ya sea para defender sus derechos ante los dominadores, ya sea para mejorar su situación, enfrentar problemas colectivos o simplemente vivir la vida. Estas asambleas son la forma en que debería funcionar todo en la sociedad, porque parten de la vivencia y porque son colectivas.
También los activistas caemos en el error de planificar, consumimos mucho tiempo en debatir sobre cómo deberían ser las cosas, cuando es mucho más útil poner en práctica esas propuestas en nuestras propias vidas, en nuestras organizaciones y en los espacios en los que actuamos. Si queremos apoyar a algún sector, vinculémonos, interactuemos con ellos, pero no para darles recetas o sugerirles ideas, sino para construir algo juntos. Una red de economía solidaria y autogestiva es un ejemplo. Ideas como el frente popular o las plataformas apuntan a lo mismo.

Si dejas de creer, empiezas a crear

Años intentando construir experiencias libertarias que no pasan de ser pequeñas y fugaces, podría hacernos pensar que ese no es el camino, sin embargo, una visita a las comunidades zapatistas en México, nos mostró que no sólo es el camino sino que hay otros que ya lo tienen bien recorrido. Lo sorprendente es que allí, son las “bases” quienes tienen las cosas claras, cosa que acá no vemos, acostumbrados a ver ideas de dirigencias y activistas pero que no calan en la mayoría de la gente. ¿Cuál es la diferencia?
El sistema nos domina económica y políticamente, pero principalmente culturalmente. Creemos necesarias las jerarquías y por ende las injusticias, creemos inevitables las instituciones y las normas impuestas. Nos domina un pensamiento simbólico (Bordieu) que se impone y se reproduce desde la escuela hasta la publicidad, acostumbrándonos a aspirar ideales como el éxito, el desarrollo, la seguridad. Nos sentimos parte de una sociedad con sus pros y sus contras, desafiarla es casi quedar en el limbo, por eso aunque cuestionemos la dominación terminamos aceptando sus reglas, en la esperanza de que se puede mejorar las condiciones. En esto nos hizo mal el marxismo, con su discurso de que las cosas sólo se pueden transformar desde el poder.
Pero cuando dejamos de creer en el sistema, inmediatamente empezamos a crear modos diferentes. Es lo que pasó con los zapatistas, por eso avanzaron tan rápido. El momento en que dejemos de seguir los ideales capitalistas, recuperaremos la capacidad creativa hoy aplastada por la dominación simbólica. Por eso es útil cuestionar los grandes espectáculos como el mundial de fútbol, aunque nos digan que odiamos lo popular. Lo popular es en realidad una producción cultural del sistema, hay que ser impopulares porque hay que liberarnos de una cultura impuesta, que llaman “popular” para no reconocer que es subalterna. Cuestionemos todos los mecanismos de reproducción de las dominaciones, incluidas la academia, la empresa y la política partidaria.

Tus privilegios son tus ventajas

Si ya dejamos de creerles, toca usar las ventajas que tengamos a nuestro favor. Las habilidades de cada individuo no debieran ser motivo de privilegios, sino oportunidades de que el individuo aporte de mejor manera a la sociedad. Pero nos acribillan con la idea de que esas habilidades son nuestro principal capital, que no podemos ofrecerlas gratis, son nuestra mayor herramienta y nuestra única tabla de salvación.
Los activistas sentimos que tenemos el privilegio de poder decidir nuestras acciones, cosa que no pueden realizar todas las personas. Cuanto más explotada eres más difícil es modificar tu situación. El sistema nos enseña a agradecer a algún dios o al destino por dichos privilegios, pero en espacios críticos llegamos a sentir vergüenza de los mismos. Saquémosle la vuelta al asunto, esos privilegios son nuestras ventajas para contribuir con la liberación de la humanidad. Si tenemos más conocimiento no lo gastemos en debates académicos, usémoslo para comprender mejor la realidad y ayudar a cambiarla. Si tenemos la posibilidad de autogestionarnos, hagámoslo, porque esas pequeñas experiencias de economía alternativa que construyamos, pueden ser una base para el mundo nuevo que buscamos.
No debatamos cómo mejorar la vida de la gente, reunámonos con la gente que podamos e intentemos hacer eso en la práctica, no importa que el grupo en el que estemos no sea el “sujeto revolucionario”, lo que importa es construir lo que podamos en el lugar en que estemos. No importa la difusión que tengan nuestras acciones, lo que importa es el proceso que vamos construyendo. No interesa si hacemos un evento exitoso, sino las relaciones que se están construyendo en el proceso de su realización.

El enemigo principal

Ese es el título de una antigua película que más era publicidad de las guerrillas, pero retrataba bien el pensamiento de la izquierda del siglo XX: existen dos clases antagónicas y cuando los proletarios derrotemos a los burgueses podremos implementar la sociedad comunista. Sin embargo, si los pobres somos mayoría, ¿por qué no podemos derrotar a la minoría dominante?, ¿por qué siempre nos ganan las elecciones? Es que no se trata de una cuestión cuantitativa, el sistema controla a la población a través de la dominación cultural y simbólica. Hasta ahí llega la explicación izquierdista tradicional, es necesario ver un poco más allá.
El enemigo no es un ser malvado completamente ajeno a nosotros. Los grandes decididores de la política, la economía y la cultura globalizada, pueden ser tipos buenos en su vida familiar y amical, pero aislados de nuestras vidas, incapaces de comprender nuestras aspiraciones. El sistema hace que los más malos tengan más poder y por eso se dan las barbaridades que no necesitamos recapitular. Pero el sistema funciona porque existen cientos de servidores de los poderosos, como la policía por ejemplo, que jamás reflexionan sobre el rol que están cumpliendo dentro del sistema de dominación.
El feminismo nos permite ver la real dimensión de las cosas: el enemigo está en casa. No luchamos contra abstracciones como el patriarcado, la injusticia, el colonialismo, el racismo, la violencia. Luchamos contra gente concreta que hace que esas formas de dominación funcionen, personas que defienden la opresión o la ejercen a veces sin darse mucha cuenta de lo que hacen. Por eso la lucha principal es cultural, necesitamos darnos cuenta de que reproducimos las dominaciones y entonces podremos empezar a deconstruirnos, invitando y exigiendo a los demás hacer lo mismo. Pero cuidado, corremos el riesgo de ensimismarnos, pensar que nuestras actitudes personales bastan. No, también hay que pelear contra la gente que se niega a cuestionar la dominación y la sigue ejerciendo. Como dice una consigna: “a un fascista (o machirulo, o racista, o patrón) no se le discute, se le destruye”.

Emparejando los ojos

Esa separación entre “nosotros” y los “otros” es nuestra primera barrera. La lucha feminista no puede estar sólo en manos de las mujeres, porque el patriarcado se reproduce principalmente por los varones. Igualmente, no sólo los indígenas deben ser antirracistas y anticoloniales, como tampoco los derechos de los jóvenes son sólo responsabilidad suya, ni la situación de los pobres excluye a quienes tengan una situación diferente. Esto podría parecer una contradicción con nuestro cuestionamiento al “tomar decisiones ajenas”, pero ambas ideas se complementan.
Dos son los ojos pero juntos nos permiten ver. En vez de pensarnos como varón y mujer, pensémonos como pareja, y allí, dentro del hogar, es donde empieza nuestra revolución. Construir una relación igualitaria implica una deconstrucción constante de nuestra herencia patriarcal, y hacerlo no sólo es posible, sino imprescindible. En los espacios en los que interactuamos encontramos personas diversas, por género, cultura, edad, situación económica, preferencia sexual; debemos construir nuestros movimientos como una gran familia, no especializar los temas sino integrarlos. Deconstruir el patriarcado tanto como la colonialidad, el clasismo, las fobias y prejuicios.
El problema de los movimientos divididos es que se han “agendado” por temáticas, como cuando una organización se divide en comisiones: laboral, indígena, de la mujer, de juventud. Necesitamos ver cada lucha con dos ojos: mujer y varón contra el machismo, negro y blanco contra el racismo, indígena y occidental contra el colonialismo, homosexual y hétero contra la homofobia. Esto nos fuerza a tomar acciones en tanto dominados o dominantes, según el caso. Claro que habrán espacios que tendrán que ser exclusivos de los dominados (círculos de mujeres, movimientos afros o indígenas, espacios lgtbi), pero una cosa no quita la otra. Es probable que en nuestras organizaciones no abordemos todas las formas de dominación, porque no contamos con integrantes que provengan de todas ellas, por eso es importante ser flexibles, y estar siempre abiertos a vincularnos con otras organizaciones y espacios.

Roberto Ojeda Escalante

lunes, 8 de enero de 2018

El cargo, la hurk’a y el Sarawawa

Foto del evento Sarawawa en ayni 2018
Un año más de reencontrarnos en esa mágica fiesta que rebautizamos como Sarawawa, me motiva algunas reflexiones sobre lo que es un “cargo”, una “hurk’a” y el caso particular del Sarawawa.
Participar en un “cargo” es una experiencia importante en nuestros pueblos, y no es algo meramente folklórico, como piensan algunos intelectos. No, un cargo es una institución cultural y económica con larga historia pero también con larga perspectiva en adelante, para quienes buscamos alternativas al sistema económico decadente del capitalismo.

El cargo
El cargo es la responsabilidad que recibe una persona, para encargarse de la organización de una fiesta, generalmente religiosa. El “carguyoq” (literalmente “con cargo”), es quien está “a cargo” de la fiesta, aunque comúnmente se dice que está “de cargo”, pues el cargo no sólo es una responsabilidad, sino un rol social.
Hay diversos tipos de cargos y diversos tipos de carguyoqs. Generalmente hay un carguyoq central, que comparte la responsabilidad con su pareja (el carguyoq principal puede ser varón o mujer). Además existen otros cargos específicos, por ejemplo en festividades de varios días hay carguyoqs para cada día, en otros casos aunque la fiesta es un solo día hay varias actividades y por ende varios carguyoq (de procesión, de danzas, de kacharpari, etc.) Y existen fiestas más modestas que sólo cuentan con un carguyoq.
Asumir un cargo es un honor y una responsabilidad social. Las personas que destacan en el colectivo van asumiendo diferentes cargos y esto los hace más respetables en el colectivo. Y como organizar una fiesta es una experiencia de gestión, los cargos sirven como adiestramiento para gestionar bien otras responsabilidades. Por eso se comienza con cargos chicos y luego se asumen más grandes.
Antiguamente se usaba el mismo sistema para elegir autoridades comunales, las personas iban asumiendo roles políticos (regidor, alguacil, sargento, alcalde) a partir de su desempeño en cargos anteriores. Esto hoy es cada vez más escaso, aunque en muchas comunidades se acostumbra que las autoridades comunales previamente hayan realizado algunos cargos festivos, que vienen a ser como una preparación para una posterior gestión. Incluso para postular a un cargo estatal (regidor, alcalde), es mal visto quien no haya realizado algunos cargos.
La elección de un carguyoq la realizan los carguyoq salientes, que los designan en un momento especial de la fiesta. Normalmente parece ser una sorpresa para el designado, pero en realidad ya se ha ido rumoreando su nombre. No es electo en asamblea o acuerdo general, sino a partir de conversaciones informales, en las que la gente va opinando sobre a quién “le toca” recibir el cargo este año. Así, es la gente quien sugiere y el carguyoq saliente sólo formaliza esa decisión. Quienes más autorizados están para opinar en este asunto son los ex carguyoq, es decir los que realizaron el cargo en años anteriores.
El carguyoq debe contar con dos requerimientos. El primero es que se le considere capacitado para realizar bien la responsabilidad asignada, es decir que sea responsable, tratable y conozca bien la dinámica del cargo. Por eso es un honor, porque no se elige a cualquiera, sino a quien ha logrado cierto respeto en su colectividad. El segundo es que tenga solvencia económica para afrontar la responsabilidad. Esto hace que el cargo funcione como una forma de redistribución, pues las personas que han tenido mejor “suerte en la vida”, los que se han enriquecido más que sus vecinos, están prácticamente obligados a asumir un cargo. Es una forma de retribuir esa “suerte” en beneficio de la colectividad.

La hurk’a
El carguyoq no solventa los gastos del cargo, sino que estos son costeados por todo el colectivo implicado. Para lograrlo existe la hurk’a, que es la forma de comprometer a las personas para apoyar en el cargo. El carguyoq hurk’a a otros integrantes del colectivo para que se comprometan a aportar con algún requerimiento de la actividad, sea para la comida, bebida, música, elementos decorativos o religiosos, etc.
Comunmente las hurk’as se anotan en un libro en los momentos finales de la celebración, inmediatamente después de que se nombraron carguyoqs para el año siguiente, estos son los carguyoq “entrantes”, que recorren entre todos los asistentes anotando sus nombres con la hurk’a a la que se comprometen.
Meses después, cuando ya empiezan a preparar la actividad, los carguyoq mandan elaborar panes de hurk’a y bebidas. Con estos elementos buscan a cada uno de los hurk’asqas, comprometiéndolos a aportar con determinado elemento para la festividad. Una vez que se recibe la hurk’a es imposible no cumplir, lo que sería visto como un gran deshonor. La entrega de las hurk’as es un momento festivo, en el que se refuerzan los vínculos colectivos.
La elaboración de las hurk’as es el único gasto fuerte que puede asumir el carguyoq, pues si hurk’a bien obtendrá todos los elementos necesarios, de lo contrario tendrá que costear algunos gastos con “su bolsillo”. Aquí interviene mucho el carácter y el prestigio del carguyoq, si es alguien respetado y querido, si es amable y solidario; todos aceptarán su hurk’a con agrado y se esforzarán por cumplirla. Pero si es alguien conflictivo, poco tratable o con enemistades generadas anteriormente, puede que muchos evadan el momento de la hurk’a o la cumplan a medias. Otro factor determinante es hacer la hurk’a bien, no escatimar en panes ni bebidas, hacerla lo más festiva posible (para cargos importantes llevan hasta banda de músicos).
Si bien las hurk’as se anotaron en el libro inicialmente, pueden ser modificadas de acuerdo a la planificación que realicen los carguyoq. Aquí también interviene el factor redistributivo, se aumenta o disminuye la cantidad o calidad de la hurk’a, según la riqueza que tiene la persona  a ser hurk’ada. Si alguien “rico” se ofreció con algo barato, se le pide que de más. Si alguien ha tenido algún problema que le significó gastos (salud, accidente, problema laboral) se le exonera o disminuye la hurk’a.
Estas decisiones las toma el carguyoq asesorado por sus familiares y –nuevamente- por los “cargos pasados”. Como vemos, el aspecto redistributivo hace que quienes más tienen den más, y quienes tienen poco participen en lo que puedan pero no se les exige aportes mayores. El sistema de hurk’as contribuye a que las desigualdades económicas no crezcan dentro de la colectividad. Así, tener prosperidad económica implica contribuir con una mejor realización de la fiesta, que es una forma de brindar una alegría colectiva a todos los integrantes y a las divinidades (recordemos que los cargos se realizan principalmente en fiestas religiosas).
Una forma laboral de hurk’a es la que se conoce como mink’a, que es solicitar ayuda para una trabajo (principalmente agrícola), ofreciendo buena comida y bebida a los mink’ados. Esta lógica de reciprocidad estaba bastante extendida en el pasado. Hoy se va perdiendo por la presencia del salario, en el caso de las mink’as; y por la presencia de religiones evangélicas, que consideran a santos y vírgenes como elementos “paganos” y por ende rechazan todo lo vinculado a ellos, especialmente las fiestas. La lógica capitalista (individualismo y competencia) penetra en nuestros pueblos de la mano de estas religiones, que además rechazan el consumo del alcohol (causante de problemas sociales, pero a la vez elemento importante en cargos y hurk’as, difícil de reemplazar).

El caso del Sarawawa
Foto del evento Sarawawa en ayni 2018
Cargos y hurk’as son comunes en las comunidades y pueblos rurales, pero están presentes también en las ciudades. Se realizan cargos en los barrios, también los hay dentro de las organizaciones e instituciones, incluso hay cargos realizados sólo por una familia. Si bien casi todos tienen una motivación religiosa central (una imagen, un cuadro, una cruz), también se están dando algunos casos donde la lógica de los cargos se aplica para otro tipo de actividades.
En Cusco, eventos como “Enero en la palabra” utilizan un rol de cargos para su organización, en otras actividades se recurre a la hurk’a para comprometer a los participantes. Acciones incipientes de extender una forma de hacer las cosas, basada en la reciprocidad y la redistribución, que tienen un potencial enorme para aplicarlas (juntas o por separado) en diversas dinámicas económicas y sociales, en reemplazo de las lógicas capitalistas.
Un caso singular es el Sarawawa, la festividad del “niño maíz” que se lleva a cabo cada 6 de enero en la casa del artista Edwin Chávez. Esta fiesta lleva ya 16 años, involucrando a artistas, activistas culturales y gente vinculada a la cultura en la ciudad del Cusco. Esta actividad es un espacio de encuentro y fortalecer vínculos solidarios entre los asistentes (como todo cargo), pero también una forma de reaprender estas dinámicas, así como diversos elementos de la cultura andina (comidas, ritualidad, arte). Y plantearse el desafío de aplicar estos saberes en el Cusco urbano contemporáneo, encaminando en el mismo sentido nuestras acciones individuales o colectivas.
El nombre de la fiesta rescata la religiosidad agrícola antigua de nuestros pueblos, reconociendo que las celebraciones cristianas se impusieron sobre ritos pre existentes. Las fiestas de Navidad y Bajada de reyes coincidían con los primeros brotes del maíz, por eso, el Sarawawa celebra a la vez al Niño Jesús y al maíz. Por eso los elementos siempre presentes en la fiesta son el maíz (en platos y en la chicha) y la presencia de los niños, pues una forma de celebrar al “niño” es hacerlo a través de niños reales. 
La experiencia ha sido muy interesante en estos años. Se dan bajones porque algunos de los invitados, hurk’ados y hasta carguyoqs, tienen una formación muy urbana y moderna. Sin embargo, esto nos ha hecho ponerle más empeño para superar dificultades y enseñarle a la gente, estas formas de organización y celebración solidaria. El rescate del culto “pagano” al maíz ha influido en otras celebraciones similares, que se dedican al sol o la Pachamama. Diversos artistas y activistas han pasado por el Sarawawa, puede decirse que hasta varias generaciones. Algunos no aprendieron bien de la experiencia, pero algo siempre les ha quedado. Otros, la hemos asumido como parte de las alternativas al capitalismo, que queremos construir a partir de rescatar valores no capitalistas de nuestra propia sociedad. 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Algunas ideas para entender al fujimorismo

¿Qué hace que un cuestionado personaje todavía tenga respaldo? ¿Es el fujimorismo un mesianismo neoliberal posmoderno? ¿Cómo derrotar un movimiento que no se basa en argumentos racionales?

El mito Fujimori
Todas las versiones de lo ocurrido en la última década del siglo XX coinciden en señalar a un personaje histórico, para bien o para mal, llamado Fujimori. Unos le agradecen sus “aciertos en políticas económicas” y haber derrotado al terrorismo. Otros condenan su corrupción y su política represiva y autoritaria. Pero todos siguen señalando virtudes y defectos como propios del individuo, como si de haber estado en su lugar otro presidente, no hubiera tenido los mismos méritos y defectos.
La verdad es que todo lo que hizo Fujimori lo habría hecho cualquiera que estuviera en su lugar. Para comenzar, aplicó el programa económico de Vargas Llosa, shok incluido, por eso muchos partidarios y asesores del novelista, terminaron sumándose al fujimorismo. El maquiavélico asesor Vladimiro Montesinos se iba a presentar a quien fuera, claro que le resultó ideal el “chino”, pero viendo a la distancia, ¿acaso otros candidatos no habrían sucumbido a la presencia de este individuo entrenado por la CIA?
Lo de la derrota del terrorismo ni siquiera fue usado en campaña por el propio Fujimori, recuerdo claramente que hablaba de combatir la recesión para quitarle base a Sendero. La verdad es que Sendero nunca llegó al “equilibrio estratégico” que proclamaba, estaba derrotado por las rondas en el campo y con amplio rechazo de las organizaciones populares en las ciudades. Sus atentados de esos años sólo fueron sus manotazos de ahogado. Los mismos policías que lucharon contra este en los 80, serían quienes finalmente apresarían a Gonzalo, hecho en el que nada tuvo que ver el Chino y menos su asesor.
Sucede que el año 90, la población estaba desesperada por la crisis económica, Vargas Llosa ofrecía el neoliberalismo como única solución y la izquierda padecía los efectos de la crisis mundial del marxismo. Entonces aparece un desconocido que puede crecer en las encuestas. Es iluso pensar que los poderes fácticos no hayan averiguado entonces el pasado de tan “oscuro” personaje. Sus antecedentes laborales y políticos bastaban para darse cuenta que sería un gobernante útil y fácilmente manipulable por los grupos de poder. Estos permitieron que el pueblo se esperanzase con este “salvador” y creyese que había derrotado al neoliberalismo. Ilusión que se acabó con el fujishok al mes de asumido el mando, sin embargo, el respaldo fujimorista creció en vez de disminuir.
Es interesante comparar lo sucedido con Ollanta 16 años después, cuando al igual que el Chino, no cumplió su promesa (caso Conga). Pero esta vez perdió rápidamente su apoyo popular. Los años explican esta diferencia en parte (la decepción fue mayor ante un libreto conocido), y hay un factor adicional:

El fujimorismo es “el otro Sendero”
Una de las características resaltadas en la campaña del 90 fue que Fujimori era “chinito”. Su origen étnico pesó mucho en la gente y fue hábilmente usado por el candidato y más cuando ya fue gobierno. Sus acompañantes eran pluriétnicos, por primera vez se tuvo un congreso lleno de rostros marrones y un vicepresidente quechuahablante. Sin embargo, luego del autogolpe de 1992, el vicepresidente quiso liderar la oposición democrática discursando en quechua. Los hechos demuestran que la identidad andina no era la que pesaba en los “cholos” de entonces.
Fujimori tenía un origen y un discurso que se basaban en lo que se vino a llamar “cultura chicha”. El sujeto de origen humilde que llegó a triunfar en el mundo de blancos, tal como miles de comerciantes, ambulantes y migrantes, venían buscando. Triunfar en el mundo moderno, no cambiar la sociedad ni hacerla más justa, sólo obtener un lugarcito de esa “promesa de la vida peruana”, aunque para obtenerlo hubiera que cometer atropellos.
Fujimori disolvió el Congreso y centralizó el poder en su persona, implementando un modelo que 20 años después sería recurrente: los golpes blandos, las dictaduras encabezadas por civiles. Los partidos políticos se opusieron a la medida, uniéndose en esto derechas e izquierdas. Pero el efecto logrado fue contrario, la población vio en ellos la unión de todos los culpables del malestar del país, y los inclinó más bien a respaldar la dictadura.
Entonces, con un gobierno improvisado que tenía por única doctrina favorecer al empresariado, la corrupción se destapó a niveles nunca antes vistos. Y fue esto lo que terminó debilitando al régimen, jaqueado sus últimos años por la protesta estudiantil y enterrándose con sus propios excesos autoritarios. La re-reelección, la marcha de los 4 suyos y los vladivideos liquidaron un régimen que tan sólo un año atrás parecía muy fortalecido.
Sin embargo, gran parte de sus bases sociales siguieron siendo fujimoristas y son los que ahora respaldan su retorno. Esto no se puede explicar solamente con el clientelismo y el manejo simbólico que tuvo el Chino. Sus bases se siguieron viendo reflejadas en este caudillo que no venía de alguna tradición política sino de una experiencia de vida similar a la suya, era un “emprendedor exitoso” para usar términos contemporáneos.
A partir del 90, los políticos serios y bastante ideologizados, fueron reemplazados por políticos con características de actores de TV o cine: personas en las que el público (los electores) se ven subliminalmente reflejados, alegrándose por sus triunfos así como se alegran por el triunfo de un equipo de fútbol o por los éxitos del galán de la novela. En ambos casos, dichas alegrías no modificarán la vida del espectador, pero este siente una satisfacción simbólica que le ayuda a pasar la vida vacía y alienada que le queda. Tampoco le disgusta que sus “héroes” ganen cifras groseramente elevadas. El neoliberalismo sólo llevó estos modos del espectáculo a la política.

Similitudes y diferencias del fujimorismo y otros neoliberalismos
En Argentina el neoliberalismo fue implementado por Carlos Menem, un caudillo autoritario y corrupto que gobernó todos los 90 (además llegó a ser amigo de Fujimori), posteriormente juzgado y condenado por corrupción. En Brasil lo inició Collor de Melo que renunció por escándalos de corrupción. En México estuvo Carlos Salinas, cuyo hermano Raúl fue condenado por corrupción al acabar el mandato de su hermano. Como vemos, la corrupción y el autoritarismo fueron una constante en los gobernantes neoliberales de la década. La diferencia es que ninguno construyó una base social capaz de retornar 20 años después, quizás esto se deba a la tradición autoritaria más presente en Perú que en dichos países.
En la mayoría de Latinoamérica se había retornado a la democracia en los 80, pero sólo en Perú se desató una guerra civil sin precedentes. Esto explica que el miedo al retorno del terrorismo sea más fuerte que el temor a perder la democracia. El caso peruano se parece más al centroamericano, pero en estos países, las guerrillas negociaron la paz con los gobiernos neoliberales. Dichas guerrillas habían sido bien vistas por un buen sector de sus países, a diferencia de Sendero que no sólo era cuestionado por la izquierda peruana, sino que además se había enfrentado criminalmente a ella. Además la ausencia de un “equilibrio estratégico” hizo que no hubiera negociación posible y Fujimori se ocupó de construir su imagen de vencedor del terrorismo, fomentando el miedo a Sendero en la población. La guerra había acabado en 1993, pero la represión justificó el posible retorno de Sendero, política que se aplica hasta hoy.
El mismo modelo autoritario del Chino fue aplicado por otros gobiernos la década siguiente, pero para contrarrestar el neoliberalismo. El caso de Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia son sintomáticos, construyeron caudillismos mesiánicos agitando el temor al retorno del neoliberalismo. Aunque el neoliberalismo nunca fue abandonado realmente, sí fomentaron la inclusión de grandes sectores marginados de sus países, el caso de los indígenas bolivianos es el más interesante. Es decir, los progresistas hicieron lo que Fujimori sólo predicó pero nunca cumplió. Y aun así, este sigue teniendo respaldo popular.

Similitudes y diferencias de la dictadura y la democracia
La caída del fujimorato fue una victoria a medias, pues se mantuvo la Constitución del 93 y toda la estructura del estado neoliberal. La política local se llenó de pequeños fujimoris: caudillos autoritarios y corruptos, que en algunos casos aspiraron a la presidencia. Esta forma de hacer política se prolongó hasta el presente y el caso Odebretch es sólo un ejemplo.
En cuanto a represión, más violencia hemos visto en gobiernos democráticos como el segundo de Alan García, que en los peores años de la dictadura. Es más, si revisamos el informe de la CVR, notamos que hubo más violaciones de derechos humanos en el gobierno de Belaúnde que en el de Fujimori, y es que estos hechos se dan en un contexto de guerra, así, estos delitos se dan a gran escala a inicios del fujimorato, disminuyendo luego.
Lo que sí, el fujimorismo utilizó el miedo al terrorismo para reprimir cualquier protesta, llegando a asesinatos selectivos que también debilitaron su imagen. Estas políticas fueron modificadas sólo en parte y gracias a la presión de la sociedad civil, pero se sigue aplicando en los conflictos sociales. En zonas afectadas por megaproyectos y empresas extractivistas, no hay diferencia entre la dictadura y la supuesta democracia actual.
Otro aspecto interesante es el cultural. Se ha prolongado la “cultura chicha” que bien aprovechó Fujimori, los emprendedores siguen eligiendo caudillos en los que se ven reflejados aunque no haya vínculo real, se contentan con obras o con regalos, bajo la idea de que todos los políticos son corruptos y por lo tanto prefiero elegir a uno conocido. Allí, un Fujimori sigue siendo la mejor opción.
La prisión de Fujimori incrementó este vínculo simbólico de sus seguidores, quienes expresaban que el pobre “chinito” está preso a pesar de que hizo buenas obras, esto es similar a defender al futbolista o galán de la novela que puede haber cometido delitos, pero se le perdona por las “ilusiones y alegrías” que nos hizo vivir. La política convertida en espectáculo no es exclusiva del Perú, se dio a la par que se rebajaba intencionalmente el nivel cultural en todos los países, es una política neoliberal.

Cada generación tiene su lucha
La generación que se rebeló contra el fujimorato en realidad lo hacía contra el sistema, a su modo y con el discurso más comprable en la época: la recuperación de la democracia. Muchos de los jóvenes de entonces luego estuvieron envueltos en gobiernos neoliberales posteriores, justificando que su lucha había sido contra un régimen autocrático y corrupto con nombre propio, el fujimorismo.
Haciendo parangón entre esa rebelión juvenil y la que se dio contra la Ley Pulpín, hay similitudes aparentes pero más diferencias. Los “pulpines” se rebelaron contra una ley en concreto, con discursos más antisistema que sus antecesores. Construyeron una experiencia sin precedentes en el país, las zonas, que sí se han visto en otros países en las últimas décadas pero aquí parecían imposibles. Sin embargo, el espíritu pulpín fue absorbido en gran parte por el antifujimorismo que impidió la elección de Keiko Fujimori el 2016.
Es curioso que gran parte de los antifujimoristas sean jóvenes que no vivieron directamente la época del fujimorato. Pero conocen el temor que generó ese periodo y evitar su posible retorno hace aceptar cualquier gobierno, como hicieron los progresistas en Brasil o Bolivia, presentándose como única opción para evitar el retorno neoliberal. Este miedo compite con otro mayor y más pernicioso, el temor al retorno del terrorismo, miedo que favorece a los neoliberales en general, pero más al fujimorismo en particular, a partir de la idea de que fue el Chino el único que pudo derrotar esa amenaza.
En este panorama, confrontar corrupción con honestidad para derrotar al fujimorismo no da resultados, porque la población considera que todos los políticos son corruptos. Tampoco ayuda la dicotomía democracia-dictadura, porque en la mayoría de los habitantes esa dicotomía es invisible. Así, el poder del fujimorismo no está en sus acciones ni en su dinero sino en sus bases sociales y es allí donde democráticos e izquierdas debieran trabajar. Bases que buscan caudillos fuertes de orígenes “no blancos”, por eso en su momento Toledo pudo competir con Fujimori, aunque luego su caudillismo se vació rápido, como también le pasó a Humala. Otros ejemplos de estos “rivales posibles” son Antauro Humala o Goyo Santos.

Pero remplazar un caudillo por otro sólo tendría un valor simbólico, sería un fujimorismo sin Fujimori (cosa que prometía Toledo en los 90). El tema es cómo llevamos las enseñanzas de las Zonas y otras tantas, a esos barrios acosados por remanentes de Sendero por un lado, y el fujimorismo hoy campante por el otro. Cómo cambiamos el paradigma “progresista”, la búsqueda de éxito personal, de aspirar esa modernidad “chicha”, por un paradigma más comunitario y libertario. La pelea está en las experiencias concretas que podamos construir como alternativas al neoliberalismo y su corrupción.

domingo, 29 de octubre de 2017

El complejo tema de la identidad en una pregunta censal

En el reciente y cuestionado censo, la pregunta sobre autodefinición étnica ha generado confusiones, quizás porque no se ha explicado bien lo que esto significa, haciendo que muchos la entiendan como "raza" y otros como preferencia cultural o algo por el estilo
Empecemos aclarando que autoidentificación étnica no significa que cada uno decida identificarse como le de la gana, más bien es reconocer nuestra pertenencia étnica.
Se puede hacer un parangón con eso de la “conciencia de clase”. En este caso se trata de reconocer la clase en la que estamos, si somos ricos o pobres (o los matices que haya), para saber qué rol cumplimos dentro del sistema de explotación y cómo enfrentar dicho sistema. En el tema étnico es similar, se trata de reconocer de cual etnia o pertenencia cultural somos parte, para saber qué rol cumplimos dentro de un sistema de discriminación y cómo enfrentar dicho sistema.
Reconocer que somos parte de una cultura oprimida es el primer paso para enfrentar esa opresión, también nos ayudará a sentirnos parte de un colectivo, que no estamos solos. Esto nos ayudará a valorar lo nuestro, y exigir que los demás nos valoren.
Aunque términos como indio, negro, cholo, tienen un contenido peyorativo, autousarlos también es una forma de reconocer que padecemos la discriminación, pero que somos diferentes a la cultura dominante y por lo tanto tenemos nuestra propia cultura. Eso hizo Victoria Santa Cruz cuando declamaba “negra soy”, o los indianistas bolivianos que se reconocen indios más que indígenas u originarios. Cholo era muy usado como insulto pero hoy también lo es como un tipo de identidad surgida del “mestizaje”. Es cierto que la palabra indio vino de una confusión histórica y por eso hoy la mayoría prefiere usar indígena, que también tenía una carga peyorativa pero ahora tiene más de reivindicativo. También se comprende el rechazar la palabra negro por su carga racial, moreno sería el equivalente coloquial y afrodescendiente el más elaborado.
Hay una tendencia por suavizar las palabras, afro en vez de negro, mestizo en vez de cholo, originario en vez de indígena. Esta es una forma de ocultar la discriminación, de sentir que nos afectará menos, y es comprensible ante la brutalidad del racismo existente; pero coger la misma palabra peyorativa y darle un nuevo sentido es un triunfo simbólico. Es convertir el “látigo con que nos azotan” en nuestra propia arma de defensa (como dice Hugo Blanco en “Nosotros los indios”).
Esto se aplica a todos. El chino, el nikei, el criollo, el “misti” (blanco decía la cédula). En los últimos casos, es importante reconocernos como parte de una cultura que oprime y discrimina a las demás, no para cargarnos la culpa del racismo sino para saber cuál es nuestro rol en la lucha contra esos prejuicios.
Muchos blanquiñosos se identifican mestizos para no cargar con esa culpa, con ese estigma. Esto es como cuando el indio dice ser mestizo, ambos están negando una realidad. La negación es un impedimento para cambiar dicha realidad.
También se ha dado el caso de quienes han decidido identificarse como negros, quechuas, amazónicos, aymaras… como una forma de darle más presencia a estas poblaciones. Esta actitud altruista es claramente colonial. Yo digo ser indígena porque temo que los indígenas no se autoidentifiquen como tales y esto repercuta en su contra, lo hago porque en el fondo pienso que no sabrán responder correctamente. Es una lucha altruista por los otros, tipo superhéroe que salva a los desvalidos.
Pero no, los indígenas no son desvalidos ni ignorantes, ellos respondieron esta pregunta como sintieron que les sería más conveniente. Esto no hace peligrar la aplicación de la Consulta como algunos piensan, pues los derechos reconocidos por la 169 se aplican colectivamente, es decir que aunque muchos digan ser “indígenas urbanos”, no se les aplica la consulta previa a menos que mantengan sus organizaciones tradicionales o el vínculo con las mismas. Y por otra parte, para que se le niegue este u otros derechos a una comunidad determinada, tendrían que haber negado ser indígenas todos los miembros de dicha comunidad. Vemos que ese argumento altruista se cae por sí sólo, descubriendo su esqueleto colonial y racista.
El tema es pues reconocer la realidad, no maquillarla.

PD: Yo finalmente respondí quechua, porque entre las opciones existentes era la más cercana a mi procedencia, mis costumbres y cosmovisión. Pude pedir que me pusieran cholo que era mi segunda opción, pero quedó en eso, en segunda. También pude complicar a la censadora y pedir que me pusieran algo como inca o mitma, mis ancestros culturales remotos, pero no vale jugar con el tiempo de otros.

Roberto Ojeda Escalante

lunes, 23 de octubre de 2017

Las cusqueñas olvidadas

Trinidad Enríquez 
Un recorrido por la ciudad del Cusco nos muestra plazas, calles y monumentos que nos recuerdan mucho, pero que otro tanto olvidan.
Pachakuteq, Wayna Qhapaq y todos los inkas están presentes en libros, videos turisteros, calles y avenidas. Pero no así las qoyas, sus compañeras. Apenas el nombre de Anawarqe ha sobrevivido en el cerro ubicado frente al doble monumento a su esposo. En ninguna parte hallamos a Mama Oqllo, la esposa de Tupa Yupanki que en el pasado tenía edificadas varias wakas en su memoria por todo el Cusco. Y de los fundadores de la ciudad, los hermanos Ayar, hay múltiples menciones y versiones, que ignoran a quien lideró la fundación: Mama Waqo, que según las versiones más detalladas de los cronistas, fue quien llevaba las dos varas que marcaron el lugar de la fundación.
Pocos recuerdos quedan de las cusqueñas de la colonia, alguna vez vi una estatua de Kura Oqllo pero hoy no figura ni en la pintura que incluye a su esposo Manqo Inka en Avenida el Sol, cuando bien sabemos que sin ella, el liderazgo de aquel hubiera sido incompleto. El cusqueño y la cusqueña contemporáneos, ignoran a las sacerdotisas andinas reprimidas por la iglesia. Las mujeres artesanas, comerciantes, mitanis o nobles sólo aparecen en algunas tradiciones de Carreño o algunos cuadros como el de Beatriz Coya.
Micaela Bastidas y Tomasa Ttito sí ostentan calles, libros, monumentos; aunque se las presenta como subalternas de Tupa Amaru solamente. Mica fue codirigente de la revolución y de sus ejércitos. Y hay olvido con la madre heroica Marcela Castro, que codirigió la última batalla de 1783, como también lo hay con Juana Noin o Dorotea Huaraya, y su activa participación en la única junta de gobierno que tuvo el Perú, en el Cusco de 1814.
El Mariscal Gamarra brinda su nombre a colegios, calles y una enorme urbanización, pero la Mariscala apenas si es recordada. Francisca Zubiaga, esposa de Gamarra y colideresa de sus tropas y guerras, que no fue una simple “rabona”, como probablemente tampoco lo eran las muchas rabonas que participaron de los agitados combates del XIX.
Un colegio y algún parque inmortalizan a Clorinda Matto de Turner. Esta valiosa mujer no actuó sola, era parte de un grupo de mujeres que tras el ejemplo de Flora Tristán y las ideologías modernas, ocuparon un sitial reservado sólo para varones. Partiendo de la educación, única profesión que la república permitía a las mujeres, pasaron al periodismo, la literatura y el sindicalismo en la segunda mitad del XIX. Trinidad Enríquez organizó la Sociedad de Artesanos y estudió derecho aunque eso no hacían las mujeres, siendo la primera universitaria del continente. Su hermana Ángela Enríquez dirigía veladas culturales que fueron el cimiento del indigenismo. Pocos recuerdan que la iglesia quemó las obras y la efigie de Clorinda, por atreverse a publicar reflexiones críticas.
Ángel Avendaño menciona que en la revolución del 3 de abril de 1895, mientras las tropas eran dirigidas por bravos caudillos civiles (Salas, Baca), las masas urbanas fueron lideradas por la chichera Ulaca. Su fuente es una parte de la memoria oral hoy ya extinta. Esa misma fuente proporciona nombres a Uriel García, cuando menciona algunas lideresas populares y su participación en el Corpus Christi.
Valcárcel recuerda los nombres de las 3 primeras universitarias, que luego se casaron con destacados intelectuales indigenistas, no menciona que escribieron sobre feminismo y algunas se dedicaron a la enseñanza. Y mientras Uriel García y otros indigenistas del siglo XX tienen placas recordatorias, colegios, exposiciones; sólo buscando en libros antiguos  hallamos a Elsa Esther María Castro dirigiendo publicaciones, y Martha Alicia Yépez organizando el comité feminista de la UNSAAC en 1920. Luego, esa pléyade de feministas, comunistas e indigenistas como Rosa Rivero (la primera abogada del país), Laura Caller, las hermanas Bocángel y otras.
¿Y las mujeres del pueblo?, apenas si conocemos los nombres de algunos personajes masculinos, menos sabemos de mujeres como la esposa de Miguel Quispe “el Inca”, que compartía algo de su liderazgo.
Y así llegamos a los tiempos contemporáneos, los libros mencionan y antologan algunas escritoras y periodistas, junto a docenas de varones aparece por ahí una Alfonsina Barrionuevo, una Ana Bertha Vizcarra o más recientemente Karina Pacheco. Los libros y la prensa plagados de varones destacados ignoran muchos personajes femeninos, por poner sólo un ejemplo recurriré a mi familia mencionando a las hermanas Escalante: Emperatriz (escritora), María Olinda (filósofa ya fallecida) y Carmen (la más prestigiosa etnógrafa mujer del país).
Entre las víctimas de la guerra interna y las represiones de turno, reconocemos muchas como las que padecieron las esterilizaciones forzadas. Una dirigente que llegó a ser congresista fue Hilaria Supa, que para la mayoría se hizo visible recién en el congreso, como también se hizo visible Vero Mendoza. Pero entre las “invisibles” están las que impulsan y le dan fuerza a las luchas antimineras o las profesoras que no dirigieron la última huelga, pero fueron la base creativa y consecuente.

Para contrarrestar esa invisibilización necesitamos liberar nuestra memoria histórica del machismo aún imperante. Luego de recorrer la ciudad observo los cerros que la rodean, Mama Simona y Anawarqe nos recuerdan que en el territorio de los apus eso no pasa. Paseo por el Corpus, Santa Bárbara y la Virgen de Belén evidencian que en su territorio tampoco. 

lunes, 17 de julio de 2017

Miseria del academicismo

Conversando sobre algunas investigaciones históricas, volví a escuchar un comentario que ya he oído varias veces y en distintas circunstancias: “¿y dónde están esas investigaciones que nadie las conoce?”. Y sí pues, gran parte de libros, tesis y revistas especializadas, sólo son distribuidos y leídos en ámbitos especializados.
En la segunda mitad del siglo XX, el capitalismo logró desvincular a los intelectuales de los sectores sociales sobre los que recaía su reflexión intelectual. Tal como lo previera Huxley en “Un mundo feliz”, el mundo académico se ha convertido en esa isla que imaginara el escritor, en la que todos sus habitantes tenían la libertad de opinar y hacer lo que quisieran, siempre y cuando eso no alterase el mundo externo.
El academicismo hace que se produzcan investigaciones, debates y publicaciones; que circulan sólo por el circuito académico. Unos a otros se citan, aplauden o refutan. Tan preocupados por la rigurosidad, tan abstraídos en sus metodologías y sistematizaciones, ignoran que en la sociedad otros son los que influyen en la opinión pública, sin mucha metodología y con casi nula rigurosidad.
Los profesionales se especializan cada vez más en cada vez menos cosas, llegan a ser tan expertos en un tema que ignoran grandemente los otros temas. ¿Cuántas veces no hemos oído a alguien decir “de eso no puedo hablar porque no es mi tema”? La realidad exige análisis integrales y multidisciplinarios, pero la academia inculca especialización. Y para especializarse más se tiene que estudiar maestrías y doctorados, elaborar tesis ampulosas para demostrar que uno sabe investigar, aunque el producto resultante sea de lectura tan pesada que no lo lean más que los dictaminantes.
Luego viene ese afán de ser originales, de formular hipótesis innovadoras que por eso mismo, siempre tienen algo de especulación. Cada cierto tiempo una nueva teoría desplaza a teorías anteriores. Se repite que el conocimiento es infinito, que “es muy difícil llegar a comprender lo complejo de este tema”. Esto en realidad no es cierto. Hay cosas que ya se saben hace siglos pero la ciencia moderna no toma en cuenta estos saberes porque no siguieron el método científico.
El resultado es que, por ejemplo, mientras los académicos debaten sobre la historia, cualquier especulador está difundiendo teorías de anunakis o similares sin ninguna evidencia como base, pero que se difunde gracias a que la mayoría del público ignora los avances de la historiografía. Los grupos de poder difunden fácilmente sus ideas, puesto que las mentes lúcidas y críticas están arrinconadas en esa “isla académica”.
Por otra parte, las exigencias académicas hacen que esas mentes terminen encadenándose a sus laboratorios y escritorios, reduciendo su posibilidad de vincularse con su entorno social, haciendo que sus mentes sigan siendo lúcidas pero cada vez más ignorantes de otros aspectos de la realidad. Hay personas que le dedican prácticamente toda su vida a un tema de investigación, pensando que su esfuerzo contribuirá a llenar un ladrillo del muro del conocimiento universal. Pero esto es una ilusión, pues ese muro es utilizado arbitrariamente por los poderosos de turno, no es universal sino unidireccional, alguien lo administra según sus necesidades. Mientras tanto, el conocimiento que miles de pueblos han producido durante miles de años se vuelve objeto de estudio, folklor o se deshecha de los espacios de transmisión del conocimiento, es decir de la escuela y los medios de comunicación.
Liberar el conocimiento es lo único que podría rescatarnos de esa isla y ese muro. Olvidarnos de títulos, eventos internacionales y ser citados. Un aporte que no contribuye socialmente no tiene sentido. Por algo muchos de los intelectuales más admirados de la historia fueron autodidactas, pues lo importante no está en sus méritos académicos, sino en la utilidad de sus propuestas. En muchos casos influye tanto o más la sencillez de su lenguaje. Claro que esto no traerá la vida cómoda que brinda el éxito académico, Gramsci pasó preso casi hasta su muerte porque sus escritos se enfrentaban al poder, ese es el riesgo que corre un intelectual, pero la vida está hecha de riesgos.

Además, hay que reintegrarnos a la diversidad cultural que produce conocimiento de múltiples formas, en la que hallaremos muchos especuladores, pero también muchas más mentes lúcidas y críticas, algunas más lúcidas que nosotros. Nuestro conocimiento puede ayudar a fortalecer los distintos saberes existentes, ya que nosotros conocemos la forma en que se desarrolla el “mercado del conocimiento” y podemos burlarlo. Por ejemplo, las comunidades andinas tienen saberes que pueden enfrentar el cambio climático, los intelectuales urbanos conocen la forma en que se reproduce el sistema que ha generado ese cambio. Ambos pueden complementarse, el éxito esperado no será una medalla o un diploma, sino la salvación de múltiples formas de vida.

Roberto Ojeda Escalante