lunes, 13 de agosto de 2018

Los ojos que no se ven. El activismo fraccionado


Existen dos publicaciones autónomas que se vienen abriendo paso a contracorriente en el Perú, curiosamente llevan nombres similares aunque parece que sólo eso los une. Ojo Zurdo es una revista de temática política, El Ojo Interior es una revista de temática cultural y espiritual, ambas en la búsqueda de alternativas al capitalismo dominante, pero desde dos miradas diferentes. Ambos se ignoran mutuamente e ignoran completamente el enfoque de la otra revista.
Lo que sucede entre estos dos ojos tan desvinculados, sucede en general con los movimientos antisistema del país. Hay activistas políticos que sustentan todas sus propuestas en análisis racionales y académicos, desprecian todo lo que suene espiritual y asumen lo cultural en un sentido meramente complementario. Hay organizaciones que se sustentan en lo espiritual, apuestan por la ecología y se apartan completamente de la política. Hay muchos más matices culturales, académicos, sectoriales, territoriales, clasistas.

El activismo de performance

Vivimos en la sociedad del espectáculo (Deboard), todas las actividades humanas se han convertido en una especie de escenas de la gran película de la globalización. La facilidad de las comunicaciones ha convertido a estas en una necesidad, necesitamos likes para sentir que nos oyen, que somos alguien, que cumplimos un rol en el espectáculo de la vida moderna. Esto ha llegado también a los sectores críticos. Muchos activistas dedican sus mayores esfuerzos a realizar acciones visibles, o que al menos puedan registrarse para colgarlas en las redes sociales. Performances, festivales, plantones, parecen desplazar a los procesos de más larga duración.
En el pasado, las utopías se vivían en grupos pequeños y no tan visibles, ya fuera en el sindicato, la guerrilla o la ecoaldea; los militantes de estos movimientos se internaban en esos espacios sabiendo que les llevaría años construir algo y que en ese periodo, probablemente muy poca gente se enteraría de sus esfuerzos. Lo importante no era cuántos se enteraban sino el impacto que dicho esfuerzo lograría a la larga. Hoy las cosas son diferentes, cualquier acto por más chico que sea puede difundirse casi en tiempo real, esto resulta una herramienta interesante, pero también opaca la importancia de la construcción real de alternativas.
En la sociedad de masas, los líderes encarnaban el sentimiento colectivo, se convertían en la voz y el rostro conocido del movimiento, haciendo que las bases llegasen a someterse a la influencia de dichos personajes, ya que no todos podían hacerse visibles. Esto propició el autoritarismo en los movimientos anticapitalistas, muy bien justificado por la ideología marxista. Hoy nos libramos de este problema, pero los movimientos actuales son más fraccionados, cada pequeño grupo difunde sus acciones por las redes y hace sus rostros conocidos.

Las modas antisistema

La sociedad del espectáculo tiende a generar modas que se difunden a escala global, utilizando los medios de comunicación, la publicidad, la política, la academia, etc. Estas modas hacen que se generalicen ciertas formas de hacer las cosas, elementos culturales e ideas, que terminan aceptados y reproducidos por la gran mayoría, normalizándolos. Esto llega también a los sectores críticos, terminamos jugando el juego que el sistema ha diseñado.
Décadas atrás el “sujeto revolucionario” era el trabajador, principalmente el obrero. La izquierda priorizaba la organización y crecimiento del movimiento obrero, descuidando reivindicaciones y luchas de otros sectores. Pasando al nuevo siglo el obrero dejó de ser el protagonista de los nuevos movimientos sociales, siendo reemplazado por el indígena. En los últimos años este parece ser reemplazado a su vez por las mujeres. La lucha de clases que pretendía acabar con el capitalismo, dio paso a una lucha cultural contra la civilización occidental y ahora contra el patriarcado, esto es bueno en tanto se ha ido abarcando aspectos mayores que sólo el sistema económico, pero, ¿dónde quedaron los “sujetos” desplazados?
Es indudable que los trabajadores siguen siendo explotados y en muchos casos más que antes, así como en el pasado las mujeres siguieron oprimidas por el patriarcado aun cuando los intelectuales de izquierda no lo considerasen importante. Todos los oprimidos y excluidos padecen estos problemas a diario, generan sus propios movimientos y hay sectores de activistas que se especializan en apoyar algún sector (o varios), pero políticos e intelectuales parecen moverse más a la moda. Estos se ponen al servicio del “sujeto revolucionario” de moda, aunque generalmente lo hacen para alcanzar presencia, hacerse visibles. Un ejemplo: cuando Evo Morales estaba por llegar al gobierno de Bolivia, Álvaro García, como buen intelectual y político, reconoció que el liderazgo lo debería tener un indígena y se sumó al movimiento como vice-líder (es Vicepresidente desde entonces).
El riesgo de que algo se ponga de moda es que toda moda es pasajera. Actualmente vemos un ascenso feminista y se discute el rol de los varones en esta lucha, esto es un gran logro sin lugar a dudas, pero ¿cómo dialogan o se integran las luchas indígenas y femeninas?, tampoco es que la lucha de clases haya desaparecido, existen mujeres ricas y mujeres pobres, ¿puede haber sororidad entre sectores tan contrarios? El debate tiene para extenderse. Un sector que también se ha hecho muy visible en estos años es el de la diversidad sexual (LGTBI), que puede vincularse a la lucha antipatriarcal con más facilidad que otros sectores, pero también tiene su propia agenda, porque padece una discriminación específica.

La especialización es la raíz de las injusticias

Francisco Ferrer decía que se debe estudiar el origen de las injusticias. Cabe hacerse la pregunta sobre ese origen, pues a veces pareciera que entendemos las injusticias como producto de la maldad de algunos grupos que en el pasado impusieron su dominio, y que lo hemos ido arrastrando e incrementando casi sólo por costumbre. La explicación economicista marxista ayuda a entender este aspecto y aunque puede volverse bastante reduccionista, resulta útil.
¿Por qué surgió el patriarcado, por qué el racismo, la dominación de clases, el esclavismo, etc.? Todos estos males no nacen porque unos fueran más fuertes y abusones que otros, y tuvieran el poder para mantener su dominación. Si bien esto pasó en algún momento, mucho antes, las injusticias nacieron porque determinadas sociedades las creyeron necesarias y útiles. Tener un líder, un guía, un maestro, resultó útil para el grupo, tanto que se empezó a dotar a estos personajes de ciertos privilegios, que trabajaran menos para que pudieran dedicar más tiempo a planificar, coordinar, enseñar, investigar. Poco a poco se fueron convirtiendo en grupos, así nacieron las élites. Y la especialización siguió creciendo, apareciendo ayudantes y protectores de las élites, allí aparecen los primeros soldados y policías, siglos después, estos serán la fuerza que permitirá a ciertos líderes conquistar otros pueblos.
Los arqueólogos han encontrado que en un principio las sociedades fueron matriarcales, eran madres mayores quienes conducían las poblaciones, ¿por qué fueron desplazadas por el patriarcado?, pues porque resultaba más cómodo para el grupo que esos roles fueran asumidos por varones, que podían disponer todo su tiempo pues no tenían embarazos ni lactancias. Por algo similar se desplazó a los ancianos. Con el paso de los años y las civilizaciones, las élites comenzaron a heredar sus roles y se educó a toda la colectividad para aceptar esa desigual distribución de roles, las sociedades se “patriarcalizaron” al mismo tiempo que se hacían clasistas. No pasó igual en todos los pueblos, muchos se mantuvieron matriarcales y otros igualitarios, algunos fueron conquistados por sociedades clasistas que les impusieron su orden, haciéndolos tributarios o esclavos.
Mientras aceptemos la especialización de cualquier tipo, estamos aceptando la dominación.

Tomando decisiones ajenas

Un grupo de personas se reúne para tomar decisiones sobre la vida de otras personas. Es lo que hace el Congreso de la República, también las dirigencias religiosas o políticas, los funcionarios, mesas de concertación, los académicos, organismos por el desarrollo, etc. Siempre son ciertos líderes o especialistas, quienes toman decisiones sobre políticas, acciones, orientaciones, un conjunto de acciones que afectarán la vida de grandes sectores de la población. Estos decididores no serán afectados por dichas decisiones, pues su rango de líderes o especialistas les da privilegios que no tiene la mayoría. Por eso todos los planes producen más problemas que soluciones, porque son meramente teóricos, sustentados por discursos, cifras y datos, pero nada vivencial.
Una asamblea de un grupo social cualquiera funciona exactamente al contrario de los anteriores. Una comunidad, un sindicato, asociación, grupo barrial, colectivo; la gente se reúne para tomar decisiones sobre lo que afectará al conjunto de personas reunidas, ya sea para defender sus derechos ante los dominadores, ya sea para mejorar su situación, enfrentar problemas colectivos o simplemente vivir la vida. Estas asambleas son la forma en que debería funcionar todo en la sociedad, porque parten de la vivencia y porque son colectivas.
También los activistas caemos en el error de planificar, consumimos mucho tiempo en debatir sobre cómo deberían ser las cosas, cuando es mucho más útil poner en práctica esas propuestas en nuestras propias vidas, en nuestras organizaciones y en los espacios en los que actuamos. Si queremos apoyar a algún sector, vinculémonos, interactuemos con ellos, pero no para darles recetas o sugerirles ideas, sino para construir algo juntos. Una red de economía solidaria y autogestiva es un ejemplo. Ideas como el frente popular o las plataformas apuntan a lo mismo.

Si dejas de creer, empiezas a crear

Años intentando construir experiencias libertarias que no pasan de ser pequeñas y fugaces, podría hacernos pensar que ese no es el camino, sin embargo, una visita a las comunidades zapatistas en México, nos mostró que no sólo es el camino sino que hay otros que ya lo tienen bien recorrido. Lo sorprendente es que allí, son las “bases” quienes tienen las cosas claras, cosa que acá no vemos, acostumbrados a ver ideas de dirigencias y activistas pero que no calan en la mayoría de la gente. ¿Cuál es la diferencia?
El sistema nos domina económica y políticamente, pero principalmente culturalmente. Creemos necesarias las jerarquías y por ende las injusticias, creemos inevitables las instituciones y las normas impuestas. Nos domina un pensamiento simbólico (Bordieu) que se impone y se reproduce desde la escuela hasta la publicidad, acostumbrándonos a aspirar ideales como el éxito, el desarrollo, la seguridad. Nos sentimos parte de una sociedad con sus pros y sus contras, desafiarla es casi quedar en el limbo, por eso aunque cuestionemos la dominación terminamos aceptando sus reglas, en la esperanza de que se puede mejorar las condiciones. En esto nos hizo mal el marxismo, con su discurso de que las cosas sólo se pueden transformar desde el poder.
Pero cuando dejamos de creer en el sistema, inmediatamente empezamos a crear modos diferentes. Es lo que pasó con los zapatistas, por eso avanzaron tan rápido. El momento en que dejemos de seguir los ideales capitalistas, recuperaremos la capacidad creativa hoy aplastada por la dominación simbólica. Por eso es útil cuestionar los grandes espectáculos como el mundial de fútbol, aunque nos digan que odiamos lo popular. Lo popular es en realidad una producción cultural del sistema, hay que ser impopulares porque hay que liberarnos de una cultura impuesta, que llaman “popular” para no reconocer que es subalterna. Cuestionemos todos los mecanismos de reproducción de las dominaciones, incluidas la academia, la empresa y la política partidaria.

Tus privilegios son tus ventajas

Si ya dejamos de creerles, toca usar las ventajas que tengamos a nuestro favor. Las habilidades de cada individuo no debieran ser motivo de privilegios, sino oportunidades de que el individuo aporte de mejor manera a la sociedad. Pero nos acribillan con la idea de que esas habilidades son nuestro principal capital, que no podemos ofrecerlas gratis, son nuestra mayor herramienta y nuestra única tabla de salvación.
Los activistas sentimos que tenemos el privilegio de poder decidir nuestras acciones, cosa que no pueden realizar todas las personas. Cuanto más explotada eres más difícil es modificar tu situación. El sistema nos enseña a agradecer a algún dios o al destino por dichos privilegios, pero en espacios críticos llegamos a sentir vergüenza de los mismos. Saquémosle la vuelta al asunto, esos privilegios son nuestras ventajas para contribuir con la liberación de la humanidad. Si tenemos más conocimiento no lo gastemos en debates académicos, usémoslo para comprender mejor la realidad y ayudar a cambiarla. Si tenemos la posibilidad de autogestionarnos, hagámoslo, porque esas pequeñas experiencias de economía alternativa que construyamos, pueden ser una base para el mundo nuevo que buscamos.
No debatamos cómo mejorar la vida de la gente, reunámonos con la gente que podamos e intentemos hacer eso en la práctica, no importa que el grupo en el que estemos no sea el “sujeto revolucionario”, lo que importa es construir lo que podamos en el lugar en que estemos. No importa la difusión que tengan nuestras acciones, lo que importa es el proceso que vamos construyendo. No interesa si hacemos un evento exitoso, sino las relaciones que se están construyendo en el proceso de su realización.

El enemigo principal

Ese es el título de una antigua película que más era publicidad de las guerrillas, pero retrataba bien el pensamiento de la izquierda del siglo XX: existen dos clases antagónicas y cuando los proletarios derrotemos a los burgueses podremos implementar la sociedad comunista. Sin embargo, si los pobres somos mayoría, ¿por qué no podemos derrotar a la minoría dominante?, ¿por qué siempre nos ganan las elecciones? Es que no se trata de una cuestión cuantitativa, el sistema controla a la población a través de la dominación cultural y simbólica. Hasta ahí llega la explicación izquierdista tradicional, es necesario ver un poco más allá.
El enemigo no es un ser malvado completamente ajeno a nosotros. Los grandes decididores de la política, la economía y la cultura globalizada, pueden ser tipos buenos en su vida familiar y amical, pero aislados de nuestras vidas, incapaces de comprender nuestras aspiraciones. El sistema hace que los más malos tengan más poder y por eso se dan las barbaridades que no necesitamos recapitular. Pero el sistema funciona porque existen cientos de servidores de los poderosos, como la policía por ejemplo, que jamás reflexionan sobre el rol que están cumpliendo dentro del sistema de dominación.
El feminismo nos permite ver la real dimensión de las cosas: el enemigo está en casa. No luchamos contra abstracciones como el patriarcado, la injusticia, el colonialismo, el racismo, la violencia. Luchamos contra gente concreta que hace que esas formas de dominación funcionen, personas que defienden la opresión o la ejercen a veces sin darse mucha cuenta de lo que hacen. Por eso la lucha principal es cultural, necesitamos darnos cuenta de que reproducimos las dominaciones y entonces podremos empezar a deconstruirnos, invitando y exigiendo a los demás hacer lo mismo. Pero cuidado, corremos el riesgo de ensimismarnos, pensar que nuestras actitudes personales bastan. No, también hay que pelear contra la gente que se niega a cuestionar la dominación y la sigue ejerciendo. Como dice una consigna: “a un fascista (o machirulo, o racista, o patrón) no se le discute, se le destruye”.

Emparejando los ojos

Esa separación entre “nosotros” y los “otros” es nuestra primera barrera. La lucha feminista no puede estar sólo en manos de las mujeres, porque el patriarcado se reproduce principalmente por los varones. Igualmente, no sólo los indígenas deben ser antirracistas y anticoloniales, como tampoco los derechos de los jóvenes son sólo responsabilidad suya, ni la situación de los pobres excluye a quienes tengan una situación diferente. Esto podría parecer una contradicción con nuestro cuestionamiento al “tomar decisiones ajenas”, pero ambas ideas se complementan.
Dos son los ojos pero juntos nos permiten ver. En vez de pensarnos como varón y mujer, pensémonos como pareja, y allí, dentro del hogar, es donde empieza nuestra revolución. Construir una relación igualitaria implica una deconstrucción constante de nuestra herencia patriarcal, y hacerlo no sólo es posible, sino imprescindible. En los espacios en los que interactuamos encontramos personas diversas, por género, cultura, edad, situación económica, preferencia sexual; debemos construir nuestros movimientos como una gran familia, no especializar los temas sino integrarlos. Deconstruir el patriarcado tanto como la colonialidad, el clasismo, las fobias y prejuicios.
El problema de los movimientos divididos es que se han “agendado” por temáticas, como cuando una organización se divide en comisiones: laboral, indígena, de la mujer, de juventud. Necesitamos ver cada lucha con dos ojos: mujer y varón contra el machismo, negro y blanco contra el racismo, indígena y occidental contra el colonialismo, homosexual y hétero contra la homofobia. Esto nos fuerza a tomar acciones en tanto dominados o dominantes, según el caso. Claro que habrán espacios que tendrán que ser exclusivos de los dominados (círculos de mujeres, movimientos afros o indígenas, espacios lgtbi), pero una cosa no quita la otra. Es probable que en nuestras organizaciones no abordemos todas las formas de dominación, porque no contamos con integrantes que provengan de todas ellas, por eso es importante ser flexibles, y estar siempre abiertos a vincularnos con otras organizaciones y espacios.

Roberto Ojeda Escalante

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