lunes, 16 de marzo de 2020

El retorno de la gripe

Foto de la gripe de 1918

A principios del siglo XX, la civilización moderna se sentía triunfante, el futuro se mostraba esperanzador por todos lados: el desarrollo tecnológico parecía dejar atrás las epidemias del pasado, las guerras se reducían, los derechos se incrementaban, el progreso económico o social eran el gran desafío. Pero pronto las naciones tan orgullosas de sus avances se enmarcarían en una guerra de dimensiones desconocidas hasta entonces, y una epidemia completaría el panorama.

La gripe de 1918

El año 1918 una epidemia de gripe se extendió desde los campos de batalla durante la guerra que asolaba a Europa. Se sabe que el virus se distribuyó desde las tropas de Estados Unidos, el presidente Woodrow Willson había consultado a sus altos mandos militares sobre la conveniencia de cortar el envío de soldados a Europa, pero eso hubiera significado una baja muy fuerte para los aliados y un rebrote del avance de la Tripe Alianza (encabezada por Alemania), así que decidieron continuar con el apoyo militar y minimizar los datos sobre la epidemia.
Era una extraña epidemia, pues a diferencia de las gripes conocidas, que atacan mayormente a niños y ancianos, esta atacaba especialmente a adultos y jóvenes, y de forma muchas veces mortal (la tasa de mortalidad estimada fue de 10 a 20% de los infectados). Por eso se transmitió desde los campos de batalla, se extendió por los países europeos y los gobiernos prefirieron difundir lo menos posible la información sobre la epidemia. Hasta que llegó a España, país neutral en el conflicto, donde se difundió masivamente la información sobre la nueva epidemia, información que de allí salió a todo el mundo y por eso se la conoció como la gripe española.
El virus se extendió por todo el planeta y fue disminuyendo paulatinamente a medida que el sistema inmunológico humano había aprendido a enfrentar el virus. Ahora sabemos que era el virus H1N1 y que a partir de 1920 desapareció tan abruptamente como había aparecido, luego de haber aniquilado entre el 3 o 6% de la población mundial.
Siendo un virus mutante, la forma de combatirlo recurrió a todo lo que había  ala mano, incluyendo los remedios caseros. No se puede generar una vacuna para este tipo de virus. Lo que ayudó a su control, paradójicamente, fue la existencia de necesidades aún no superadas por el desarrollo industrial, por ejemplo la ausencia de aviones que difundieran el virus tan rápido como puede suceder en el presente. Se recuerda que en localidades de España se organizaron procesiones religiosas rogando a Dios por la desaparición de la enfermedad, siendo estas espacios de posible contagio.

El tiempo del miedo

A partir de entonces, el desarrollo científico permitió enfrentar muchas enfermedades, el uso de vacunas, analgésicos, anestesias y especialmente antibióticos, lograron contener muchas enfermedades, y si bien nuevas epidemias atacaron por diversos frentes, ninguna tuvo esa mortalidad de la gripe de 1918. Aun así, otros males asolaron al planeta, como el crac de New York  de 1929, una crisis económica de fuertes repercusiones. El ascenso del fascismo y el nacismo trajeron consigo una multiplicidad de violaciones de derechos humanos, llegando a la hecatombe con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
La ilusión comunista surgida en Rusia en 1918, también terminó derivando en un estado totalitario y represivo tan sólo unos años después. En 1936 la revolución española cayó levantando el estandarte de la libertad como antesala a la despiadada guerra de años posteriores. Las grandes esperanzas quedaban como recueros épicos y como testarudas luchas de algunos movimientos (como el feminismo) ante una sociedad controlada por las injusticias.
El final de la guerra supuso un nuevo ordenamiento mundial que generó tres escenarios: la descolonización de la mayor parte del planeta, que posibilitó una comunidad de naciones libres al menos políticamente. La competencia entre dos superpotencias (USA y URSS), generando la existencia de dos bloques de naciones y la recordada guerra fría, una contradicción política acompañada de múltiples guerras locales entre los dos bandos, desarrollando una carrera armamentista y el peligro de una guerra nuclear. Finalmente, el desarrollo tecnológico post conflicto (y en gran parte nacido en él) propició modernas tecnologías de transporte, comunicación y producción, la llamada “revolución verde” mecanizó la producción agrícola con efectos ecológicos consiguientes.
La población de la segunda mitad del siglo XX creció con el temor a una posible guerra nuclear, la visión del futuro era oficialmente publicitada como el triunfo del comunismo o la democracia (según el campo en que se encontrase), pero en la cultura popular el futuro se veía más sombrío. Los antiutopistas dan cuenta de esto (Huxley y Orwell aún son referentes hoy en día). Finalmente, la guerra fría acabó y todo el planeta quedó bajo la ideología capitalista norteamericana, la amenaza nuclear fue reemplazada por otra más compleja. Sucede que por esa misma época, los científicos descubrieron que el desarrollo industrial estaba alterando el clima del planeta, se empezó a hablar del cambio climático y las nuevas generaciones crecimos con el temor de un futuro cada vez más tenebroso, menos previsible y con menor cantidad de recursos naturales.

El retorno de las epidemias

Mapa de extensión del Coronavirus al 10 de marzo 2020
Sin embargo, no habíamos tomado en cuenta que los enemigos más peligrosos serían los mismos de nuestros antepasados remotos, los microscópicos patógenos que reaparecen en estos últimos años. Con el cambio climático encima, crisis económicas como la de 2007 y cantidad de guerras por todo el planeta, esta vez movidas por intereses económicos ligados al mercado global; las epidemias vienen a colocar una cereza en el pastel de la incertidumbre.
Hay una razón lógica para la proliferación de enfermedades. Cuando una comunidad vegetal o animal se extiende en número, se convierte en caldo de cultivo propicio para algún enemigo, sea un predador o un patógeno. Esto es lo que propicia el equilibrio de la vida en el planeta. La sociedad global ha extendido la población humana a cifras nunca antes imaginadas, además, estas poblaciones se concentran en grandes urbes, no hay escenario más propicio para un patógeno.
¿Cómo pudimos olvidar este aspecto tan básico? La verdad es que no lo olvidamos. La soberbia de los gobernantes, empresarios y científicos nos ha venido diciendo que el desarrollo tecnológico puede controlar cualquier problema, que el desarrollo es infinito. Pero es imposible que exista algo infinito en una naturaleza finita. Por eso existen movimientos que plantean virar el camino del desarrollismo, planteando el decrecimiento, la vuelta al campo, retomar valores indígenas, entre otras propuestas. En el panorama actual, estas son las únicas alternativas viables, sostenibles y lúcidas frente a un panorama de crisis crecientes.
El coronavirus está en desarrollo, no se puede cantar victoria aún, tampoco vale ser fatalistas. Lo importante es reconocer que este virus puede funcionarnos bien como simulacro, porque mientras la sociedad siga conglomerada seguirá siendo sensible a virus nuevos o renovados (el Covid 19 es una mutación), no es casual que haya surgido en el país más poblado e industrializado del planeta. Hasta ahora, la forma en que las poblaciones han reaccionado deja mucho que desear, de tratarse de un virus más letal estaríamos ante una situación peor a la de 1918.
De habernos tocado esta pandemia durante el apogeo del Estado de Bienestar, podríamos haberlo afrontado de mejor manera, pero el neoliberalismo salvaje de estos días no ayuda. El fracaso del capitalismo neoliberal es evidente. A la vez, los valores de una sociedad consumista contribuyen a la propagación del virus, pues la gente tiende a actuar egoístamente. Los llamados de atención sobre estos aspectos plantean la necesidad urgente de modificar la cultura global. El reto está planteado, las lecciones de hace 100 años podrían ayudarnos a no seguir ilusionados en un modelo de sociedad que sólo beneficia a los patógenos (me refiero a los humanos privilegiados de este sistema, principalmente), que la solidaridad se imponga y derrote al capitalismo.


Roberto Ojeda Escalante

sábado, 9 de noviembre de 2019

Hugo

Los rumores
A inicios de los años 60’ un rumor recorría los andes: “dicen que los campesinos de La Convención se han rebelado contra los hacendados”, “dicen que Hugo Blanco está repartiendo las tierras entre los campesinos”, “dicen que pronto llegará a esta hacienda”.
En una reunión de alta sociedad, Romanville, el más odiado y temido de los gamonales de La Convención, decía: “no entiendo cómo puede existir gente tan mala como Hugo Blanco, que me hace tanto daño sin que yo le haya hecho nada”.
El Partido Comunista y la Federación Departamental de Trabajadores del Cusco alertaban a sus simpatizantes: “no se dejen engañar por Hugo Blanco, es un aventurero”. Algunos denunciaban: “es un agente de la CIA”.
Pero abajo, en el pueblo, el rumor crecía: “la policía está persiguiendo a Hugo Blanco”, “dicen que no lo capturan porque es mago, cuando la policía lo está por capturar se convierte en burro y así escapa”.

Los hechos
En Lima, un grupo de troskistas realizaron una “expropiación” (asalto llamó la prensa) a un banco para intentar apoyar económicamente a Blanco, sin suerte.
Un poeta chalaco se mudó a Cusco inspirado por la lucha campesina y escribió el poema más inmortal de arenga y cuestión al Cusco, donde ubicaba a Hugo junto a Luis de la Puente y el mismísimo Tupac Amaru, llamándolos “destructores de la muerte”. 
Cuando Hugo fue apresado, el Che habría dicho: “Hugo Blanco ha caído, pero otros seguirán sus pasos”. Y esos otros, los propios campesinos de La Convención, mantuvieron las haciendas tomadas y lograron que el gobierno militar reconociese la Reforma Agraria en La Convención y Lares.
Mientras Hugo era juzgado lejos de su tierra, campesinos de todo el país ocupaban haciendas al grito de “tierra o muerte”, el mismo de La Convención. Incluso algunos las ocupaban gritando “Viva Hugo Blanco”.
Pidieron darle la pena de muerte, pero una campaña internacional liderada por Jean Paul Sartre logró impedirlo. De paso por Europa, José María Arguedas vio en una vitrina la foto de Hugo Blanco junto a la del Che, y se lo contó a Hugo preso, en esas hermosas cartas que intercambiaron poco antes de la muerte del escritor.
El gobierno del general Velasco Alvarado liberó a Hugo Blanco y al poco tiempo lo deportó, porque resultaba peligroso hasta para un gobierno de izquierda.
Hugo vivió más destierros, prisiones, huelgas de hambre, y también fue constituyente, parlamentario, senador, casi candidato a la presidencia; y por haber renunciado a la candidatura unitaria de la izquierda, muchos izquierdistas lo condenaron para siempre.
Y acompañó cuanta lucha pudo. Las tomas de tierras en Anta y en Puno, la huelga en Pucallpa,  las luchas antimineras y ambientalistas, ya sea en Cajamarca o el valle del Tambo, las luchas feministas y juveniles. Poco a poco se alejó de la izquierda partidaria y se compenetró con los movimientos indígenas, y se aproximó a los activistas libertarios, feministas y antisistema.
Y editó un periódico a contracorriente. En tiempos que la prensa escrita estaba copada por un monopolio, Lucha Indígena se daba la osadía de asomarse en algunos kioskos. Y escribió varios folletos, algunos que agrupó en un libro que ya lleva tres ediciones. “Nosotros los indios”. Presentado con poca presencia de intelectuales y mucha de dirigentes populares y jóvenes activistas.
Muchos rumores persisten. Monstruo para los hijos de los gamonales, traidor para izquierdistas trasnochados, utópico para las izquierdas reformistas, mito para los campesinos, ejemplo para los activistas.

El personaje real
Un niño que aprendió a luchar por los consejos que le daba un indígena discapacitado que en otros tiempos había liderado luchas contra el gamonalismo.
Un estudiante de agronomía, peruano en Buenos Aires, que abandonó los estudios al constatar que tendría que trabajar para gamonales.
Un joven que se hizo troskista porque el Apra y el PC ya le habían mostrado sus discursos traicionados. Y que volvió al Perú por decisión política y estuvo intentando organizar obreros, hasta que se percató de que la vanguardia social eran los campesinos, contradiciendo en parte los postulados de su ideología.
Un allegado que se sumó a la organización sindical y terminó dirigiendo su sindicato y liderando todo el movimiento convenciano, organizando la autodefensa armada.
Un perseguido que se refugió en cuevas o viejas viviendas, en una de estas conoció los restos de la biblioteca anarquista de Encino del Val, en Cotabambas.
Un preso que hacía amistad con sus guardianes. Un preso con un pie en la horca, que convirtió su juicio en un momento de denuncia política. Un preso incomunicado redactando cartas poderosas.
Un indultado, deportado, apresado, exiliado.
Un parlamentario sancionado por decir asesino al general Noel, que sí era asesino.
Un mestizo que decidió volver a ser indio. Un indígena que apoya todas las luchas de sus hermanos.
Un troskista que ya no necesita seguir siendo troskista para luchar, porque ya no hay estalinismo que enfrentar, aunque los rezagos del estalinismo lo sigan calumniando. Y porque el ecologismo, indigenismo, libertarismo y feminismo le suman fuerzas más que cerrarse en una sola ideología.
Un viejo que aconseja aprender de los jóvenes que derrotaron la Ley Pulpín.
Una película contando las vivencias del personaje, una película recorriendo los caminos andados por el propio Hugo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

La derechusma

En alguna de las movilizaciones contra el indulto a Fujimori, a inicios del 2018, se coreaba una consigna que decía: “El indulto es insulto”. Algún gracioso aumentaba por ahí: “del inculto”. Rápidamente salían los guardianes de lo políticamente correcto diciendo que eso no estaba bien, que no hay que ofender a la gente por ser inculta, que es un concepto discriminador y desde una mirada monocultural.
Este miedo a no ofender a los “sectores populares” no nos ayuda a comprender por qué los políticos más conservadores y cavernarios reciben alto respaldo en dichos sectores. Es una vieja tradición izquierdista considerar al “pueblo” como esencialmente bueno, que si se pasa al “lado oscuro” es por la manipulación del sistema y los medios, y por la baja educación que les da el sistema. El “pueblo” aparece como un conjunto de seres desvalidos a los que debemos salvar. Poco difiere la visión de la derecha sobre el mismo “pueblo”.
Ese “pueblo” en la realidad política más se parece al concepto de “chusma”, es decir, la masa aglutinada y exaltada por algún momento, siguiendo algún liderazgo sin reparar en la extracción de clase del líder. La población organizada, que más se parece al “pueblo” conceptual, tiende a calcular mejor sus opciones políticas y en muchos casos se inclina por posiciones antisistema. Pero la mayoría de la población no está organizada, es esta gran masa la que generalmente opta por versiones derechistas extremas.
Ese ha sido el caldo de cultivo del fujimorismo, por ejemplo. La población no privilegiada que opta por esta derecha “populachera”, no es necesariamente “lumpen”, sino una población heterogénea que comparte algunos valores propios del capitalismo contemporáneo: el desarrollo, el bienestar individual, la competitividad, el achoramiento. Por eso les importa poco la corrupción, lo ven como algo que “todos hacen”. En ese afán de sobresalir individualmente, en una sociedad que no te abre muchas puertas, aprovechan cualquier oportunidad para lograr el éxito, aun tomando caminos éticamente cuestionables. Para ellos, la ética es algo así como decir “pequeño burgués”. Su identificación con esa derecha “achorada” se fortalece en tanto la ven más parecida a ellos que las corrientes liberales e izquierdistas.
Los liberales son vistos como “pitucos”, gente privilegiada dentro del sistema, que exige respetar las leyes aún cuando las leyes son injustas. Los izquierdistas resultan peores para esta gente, porque hablan de justicia, igualdad y derechos para todos. En un mundo en que todos compiten contra todos, muchos ven esos ideales como una contradicción ante sus propias aspiraciones de superación personal. Por eso se suman al odio contra todo lo que suene izquierda o antisistema. Los derechosos de abajo han optado por lograr algo dentro de ese sistema, de cualquier modo y en cualquier grado, lo que menos se les ocurriría es pensar en cambiar dicho sistema.
No se puede decir que el fujimorismo sea ideológicamente racista o machista, gran parte de sus dirigentes han sido de múltiples orígenes étnicos y con una buena cuota de género (sus principales dirigentes y su lideresa han sido mujeres). Pero sí respaldan las jerarquías sociales de género y culturales. Consideran que está bien que las mujeres sean subalternas de los varones, sus propias dirigentes respaldan la cruzada anti igualdad de género y demás valores patriarcales. Los fujimoristas no niegan sus orígenes étnicos pero los consideran una herencia arcaica (más o menos como también piensa Vargas Llosa), saben que no llegarán a ser gringos, así que asumen la modernidad “chicha” que recoge elementos étnicos decorativos, y los inserta en el paradigma moderno neoliberal.
Algunos izquierdistas piensan que se trata de “bajar al llano”, y utilizan símbolos culturales “populares” para atraer a esa gente. Resulta lo contrario, pues su postura se ve como un maquillaje. La verdad es que no podemos “achusmarnos” para quitarle adeptos a la derecha. El debate entre ética y “exitismo” es tan necesario como entre justicia y competitividad. Los valores están en lucha y tienen que seguir estándolo, pero hay que sincerar las cosas. Nosotros queremos bienestar para todos y para lograrlo tenemos que derrotar los valores capitalistas, sabiendo que muchos (aún pobres y marginados) defienden esos valores. La lucha simbólica es el primer campo de batalla en la lucha cultural.

Durante las últimas décadas ellos han pasado a la ofensiva. Y lo han logrado gracias a los malos análisis de liberales, izquierdistas y antisistema; los análisis mayormente se limitan a lo político y social, cuando el principal campo de confrontación es el cultural. Existe un paradigma capitalista que tenemos que reemplazar por uno libertario, y esto no se logra en lo macro sin antes haberlo logrado en lo micro. Ahí está nuestra fuerza, tal vez para los ojos de los poderosos también seamos una “chusma”, pero como dicen los zapatistas, “muy otra”.

Roberto Ojeda Escalante

jueves, 19 de septiembre de 2019

La indignación no basta, ¿qué hacemos frente a las quemas?


Hace unos días quemamos en casa algunas ramas, troncos secos y pajas que teníamos guardadas para ceniza en la huerta, lo hicimos dentro de un cilindro y al terminar lo dejamos tapado. A los 2 días fui a sacar la ceniza (que yo suponía ya fría) y me  percaté que aún seguía con brasa, es más pude echar algunas pajas más y el fuego se encendió solo.
Si eso pasó en una pequeña fogata controlada y dentro de un cilindro, que podría pasar con una pequeña fogata o iluminación de promoción que se hace al aire libre en una montaña y que se deja abandonada pensando que ya está apagada. Aún más graves son los incendios provocados sea por roces, traficantes de terrenos, monocultivos, ganadería industrial, etc.
El tiempo nos juega en contra en este contexto de crisis ambiental que los mismos humanos hemos creado producto de la ambición y consumismo desmedido, y ahora sumado con la quema constante de bosques y de diversos ecosistemas, nos está asfixiando aún más a todas y todos los seres (no sólo humanos). Y para sumar a los males, no está lloviendo, al parecer las cabañuelas nos indican que será un año con lluvias escasas (esperemos haya un error), pero ahora la tierra está seca, las plantas también y es justo en ese contexto que cualquier incendio por más pequeño que empiece se puede convertir en una catástrofe como está pasando en todo el país y en el mundo.
Y es un hecho que debería de haber una sanción, sea quien sea, que haya ocasionado un incendio, pues es un genocidio ambiental. Desde las comunidades campesinas deberían poner prohibiciones a esta actividad y ver alternativas que no hagan tanto daño a la tierra, pues si bien en los primeros años puede parecer que la tierra produce mejor se están matando los microorganismos de la tierra que son quienes le dan vida, además ese suelo podría perder su capacidad de retener humedad. De igual forma deberían haber prohibiciones con las promociones que suben a las montañas para hacer sus inscripciones con fuego, las fogatas, entre otras actividades que se tornan tan riesgosas en estos tiempos.
Al  resto de personas, aparte de indignarnos, creo que nos queda muchísimo por hacer. No sé si el tiempo sea el suficiente, pero al menos mostremos a los otros seres de la naturaleza  que hemos entendido que no somos el centro sino un ser más de un ecosistema bastante diverso y que requiere de todos los seres para poder sobrevivir. Esbozo algunas ideas pero de hecho deben haber muchísimas más.
-          Concientizar en donde estemos de todo el daño que se produce con la quema de bosques, que son pérdidas de vidas que no se recuperan y tampoco se regeneraran en muchísimo tiempo. Son formas de vida que necesitamos para seguir conviviendo y existiendo en todo un ecosistema.
-          Apoyemos a quienes sofocan incendios sea con alimentos, agua, dándoles un espacio para lavarse o cobijarse, abriéndole paso si estamos en auto cuando pasa la sirena.
-          Si vez o estás cerca de un incendio, y tienes las capacidades para apoyar, sin arriesgar tu vida, ¡Ayuda! No seas indiferente.
-          Plantemos árboles, cada vez son más las personas que se animan a hacerlo y eso es ¡Maravilloso! Todas y todos deberíamos hacerlo, sea en montañas, en nuestras casas, en nuestros centros de estudios o trabajo, en fin en todo lado es posible. Pero es clave hacerlo en el momento adecuado, sobre todo si son en zonas donde después no podremos cuidar los plantones, por ello debemos esperar las lluvias o ver alguna forma de riego. También es importante que usemos especies nativas, que ayuden a regenerar suelos, a conservar el agua y que sean resistentes como en la zona andina son la qeuña, kiswar, chachacomo, molle, aliso, etc. No sembremos eucalipto que absorbe el agua, dejando a los terrenos infértiles.
-          Si vives cerca de árboles, ayúdalos a resistir en este contexto de sequía, riégalos. ¡Ayuda a darles vida!
-          Regeneremos suelos, cuando se quema un bosque no sólo se dañan los árboles, flora y fauna; sino los suelos que son los que albergan millones de microorganismos que nos dan vida a todos los seres. Y esos son los microorganismos que debemos recuperar y eso lo podemos hacer empezando a hacer compost o humus, sea en nuestras casas, escuelas, y otros espacios a los que accedamos. ¡Que la materia orgánica no vaya a la basura, porque no es basura, es vida que debemos volver a los suelos!
-          Siembra plantas aromáticas, flores y otras que ayuden a cobijar y alimentar a otros seres, insectos que son las que ayudan a polinizar y a equilibrar un ecosistema como las abejas, abejorros, avispas, mariposas, aves, picaflores, entre otros.
-          Consume en biodiversidad, es decir alimentos locales y de temporada; pues muchas veces se quema para exigirle a la tierra que produzca más de los alimentos que tienen más demanda en el mercado.
-          Si conoces de alternativas que regeneren bosques o suelos, consume sus productos. Ayúdalos a seguir recuperando biodiversidad.
-          No uses agroquímicos sea en tus plantas, en maceta, huerta o chacra, porque éstos aparte de hacernos daño, matan tanto los microorganismos del suelo, como diversidad de insectos que ayudan al ecosistema.
-          Evita consumir alimentos que provengan de cultivos con agroquímicos pues estás contribuyendo a la destrucción de ecosistemas.
-          No dejes tiradas bolsas, envolturas o botellas de plástico, entre otros desperdicios en montañas o zonas descampadas porque aparte de contaminar en situaciones de incendio pueden ayudar a incrementar el fuego y hasta con un sol fuerte pueden ser detonantes de un incendio.
-          No seas cómplice, no consumas nada que venga de monocultivos o de zonas deforestadas como soya, ganadería industrial, aceite o manteca de palma, azúcar, arroz, etc.
-          No permitamos talas indiscriminadas sea en la ciudad o en zonas rurales, hagamos entrar en razón a quienes actúan así, o denunciémoslos.
-          No juguemos con fuego, en este contexto evitemos hacer fogatas en sitios de paso, roces para sembrar y toda forma de fuego, inclusive dejar colillas de cigarro; pues con el viento y sin lluvia, eso puede convertirse en un incendio mayor.

Y supongo hay muchísimas más cosas por hacer, pero todo urge, la vida de todas y todos los seres humanos y no humanos, no espera. Nuevamente las soluciones de nuevas formas de vida de convivencia con otros seres vendrán desde las acciones colectivas y cotidianas de abajo, no desde arriba.

Claudia Palomino
Canasta Solidaria Mihuna Kachun

miércoles, 18 de septiembre de 2019

El humano es un parásito

Un parásito es un tipo de organismo que obtiene la energía necesaria para vivir de otros seres, pero a diferencia de los predadores, no los caza ni elimina para alimentarse de ellos, sino que obtiene dicha energía dentro del ser parasitado, es decir que vive en él y de él. 
Puede parecer absurdo comparar a nuestra especie racional con ese tipo de seres, pero es una paradoja posible. Los humanos fuimos una especie colectora y carroñera hasta que su habilidad de razonar le permitió adquirir nuevas habilidades, su gran hazaña inicial fue el control del fuego. Pero en su larga historia, aprendió a aprovecharse de otros organismos y llegó a controlarlos, claro que para que suene bonito lo llamamos domesticación. En esencia fue un proceso por el que alteramos el modo de vida de otras especies, garantizándoles seguridad pero aprovechándonos de ellas de la misma forma que hace un parásito.
Con el tiempo, modificamos la estructura biológica misma de esos organismos, creando variedades o razas acordes a nuestras necesidades o conveniencias. A medida que invadíamos todos los ecosistemas del planeta, “nuestros” animales y plantas se multiplicaban con nosotros, quitándoles territorio y recursos a miles de otras especies que poco a poco han ido extinguiéndose.
Esta no es una disertación animalista. No sólo animales y plantas han sido nuestros proveedores de recursos, también hemos alterado los ciclos naturales y climáticos, los propios ecosistemas han sido parasitados por nuestras sociedades. El cerro Potosí es un buen ejemplo de un ataque parásito prolongado. Pero este tipo de parasitismo no es individual, son las sociedades humanas las que se hospedan en entornos que van destruyendo, tal como todo buen virus, hasta matar al organismo parasitado, para ir inmediatamente a buscar otra víctima.
En este vivir de otros seres, muchos humanos pierden salud y bienestar, pero eso no importa, porque el ser que se beneficia no es el humano, sino la sociedad, es decir el grupo social construido por esos mismos humanos. Esto ha llevado a que exista autoparasitismo en nuestra especie, surgen así las castas y clases sociales, unos viviendo del esfuerzo de otros, todo en aras del bienestar de la sociedad.
Llegados a este punto, es bueno reconocer que no todas las sociedades han parasitado a igual escala, aún hoy en día existen pueblos que siguen recolectando y cazando, la mayoría de sociedades agrícolas no destruyen su ecosistema, y el nivel de depredación es diferente entre los estados actuales. Esto significa que nos volvemos más parásitos en tanto nos creemos más “desarrollados”.
Pero el humano es a la vez racional, el único parásito que puede modificar su situación porque puede ser consciente de ella. Y vaya que lo intentamos, las rebeldías contra el capitalismo fueron y son un intento de parar la explotación entre humanos, y contra los demás seres también. La cura contra el mal provocado por el virus humano es el propio ser humano. Pero como en todo caso de parasitismo, la solución pasa por eliminar a los parásitos, esto es, a los humanos y las instituciones humanas que reproducen el parasitismo, ya sea que se niegan a abandonar ese modo de vida o porque ni se dan cuenta de lo que son. Nadie le pide permiso a un parásito para eliminarlo de su cuerpo, es solo cuestión de sobrevivencia.

lunes, 29 de julio de 2019

Así se oxidó el acero


Hace algunos años en una conversación de esas que se arman por sí solas, viejos militantes de izquierda contaban sus decepciones ante las traiciones y claudicaciones de sus dirigentes y compañeros. Pensamos que si escribían sus experiencias el título bien podría ser una parodia al de la famosa novela rusa “Así se templó el acero”. Y sí, el acero no se oxida; pero la metáfora funciona.
Entre 1968 y 1975 Perú tuvo el único gobierno izquierdista de su historia, que contradictoriamente fue encabezado por los militares. En esos años, la izquierda marxista había crecido mucho y se dividió en varios partidos, unos apoyaron al régimen militar y otros se opusieron al mismo, tildándolo de “facista” aunque el apelativo resultaba demasiado equívoco.
El marxismo se había vuelto hegemónico en la izquierda y cualquier corriente diferente terminó siendo invisibilizada. Los partidos se “repartieron” las organizaciones sociales, así, el PC-U controló la CGTP, Patria Roja al SUTEP, el PUM a la CCP, etc. Todos estos grupos tuvieron una orientación que se puede resumir en: protestar-negociar-lograr cupos de poder, en mayor o menor grado y con diferente beneficio para sus “bases”. Por otra parte, grupos maoístas denominados “infantiles” se plantearon “agudizar las contradicciones”, hacer estallar el conflicto de clase, entendiendo a los gremios y poblaciones como si fueran bombas que reventar para iniciar la “revolución armada”.
Demás está decir que todos aspiraban llegar al poder, aunque no se tenía claro qué se haría una vez llegado a él, salvo replicar alguna de las experiencias comunistas del mundo de entonces. La ideología suponía que estableciendo un gobierno socialista inicial los males sociales se irían superando poco a poco, con mucha dedicación, evitando revisionismos y aferrándose al mesianismo marxista.
En los años 80’ un grupo infantil (Sendero) inició su “guerra popular” que se convirtió en una guerra civil brutal y sanguinaria, en la que compitieron con la represión estatal en cuanto a vesania y barbarie. La vía violenta para llegar al poder se desprestigió sola y más cuando estos supuestos revolucionarios comenzaron a atacar a otros izquierdistas.
Por su parte, la izquierda legal intentó agruparse varias veces hasta confluir en la IU, convirtiéndose en la segunda fuerza política del país. Aplicaron interesantes medidas reformistas en los espacios que pudieron, pero su manejo autoritario de los gremios, mezclada a la corrupción en los espacios que controlaban (la Derrama Magisterial es el mejor ejemplo, no el único), su imagen se fue desprestigiando en la población.
En los años 90’ el neoliberalismo desplazó a las izquierdas gracias a su propio desprestigio interno, sumado a la caída del comunismo mundial (los regímenes que servían de modelo a los marxistas se caían por la protesta de sus propias poblaciones). Al senderismo lo derrotaron cuando este ya había perdido la guerra en su principal bastión: el campo. Allí las rondas campesinas terminaron apoyando al Estado antes que a estos rebeldes que oprimían más que los gobiernos.
Al perderse la utopía que durante años había sido la única, la desesperanza inundó el campo popular y se reflejó en el auge del fujimorismo, un régimen autoritario, corrupto e instrumental a los intereses de turno; que sin tener ideología ni nada por el estilo, campeó en la política peruana y supervive hasta hoy, ya sea en su propia organización o en otras muchas que accionan de la misma manera, sin ideología clara pero con bastante ambición.
Con la derrota popular del fujimorismo el año 2000, la izquierda inició su lento y complicado reagrupamiento, mientras resurgían movimientos sociales dispersos. En esta nueva etapa la hegemonía marxista quedaba como recuerdo, un recuerdo inspirador en algunos casos, pero alejado del predominio absoluto anterior. Sin embargo, los partidos hicieron lo posible por recuperar esos tiempos y hasta ahora pretenden reconstruir la experiencia de IU.
En lo que va del siglo han sido varias las tensiones entre movimientos sociales y partidos de izquierda tradicionales. Varios levantamientos indígenas contra el extractivismo se distanciaron rápidamente de sus dirigencias gremiales nacionales. Entonces aparecen nuevos agrupamientos partidarios o sindicales que pretenden la hegemonía, en algunos casos de vida fugaz y decepcionante como Conacami. Todos los partidos actuales vienen de la herencia anterior, aunque hayan sufrido varias transformaciones, la estrategia principal sigue siendo: protestar-negociar-captar cuotas de poder. Por otro lado, los rezagos de los infantiles buscan reinsertarse en los movimientos sociales, con su terca idea de convertirlos en polvorines “revolucionarios”.
Los varios levantamientos rurales, así como la protesta juvenil urbana han hecho visibles nuevos actores: indígenas, ambientalistas, colectivos urbanos anarquistas y contraculturales, etc. El desafío para todos es plantearse una orientación ideológica que surja de la realidad antes que de la teoría, que abandone la opción electoral como única vía, pero que se cuide de no caer en un nuevo infantilismo “insurreccionalista”. La autonomía y la autogestión resultarían instrumentos valiosos en este proceso, alejándose del centralismo y las jerarquías dirigenciales.
La huelga de los maestros del 2017 planteó un desafío a las formas en que se conduce el país, pero también al cómo se conducen las organizaciones sociales, una rebelión de las bases que reta al gobierno y a su propia dirigencia nacional (del histórico partido Patria Roja). No todo está dicho allí, Patria Roja tiene décadas de experiencia manipuladora y no va a soltar su feudo fácilmente.
Las luchas de distintos pueblos del mundo contra el capitalismo neoliberal demuestran que el camino es múltiple: el zapatismo de Chiapas, la revolución de Rojava, la autonomía griega, las fábricas ocupadas, autonomías indígenas, son los principales ejemplos, no los únicos. En Perú pueden surgir experiencias propias, que -como en los casos citados- empiecen a construir alternativas en el aquí y en el ahora. Ni reformismo electoral, ni mesianismo marxista, ni claudicación al liberalismo; el reto es organizarnos horizontalmente, aplicando principios contrarios al centralismo, clasismo, consumismo y alienación del capitalismo.

domingo, 30 de junio de 2019

No sólo es el patriarcado

No me parece buen mensaje eso de que los violadores y feminicidas son "hijos sanos del patriarcado".

Si estos casos son producto del patriarcado entonces sólo se solucionarían derrotando al patriarcado. Esto, aunque tiene algo de verdad y da un buen argumento al activismo feminista, resulta desalentador para las víctimas. Mientras reeducamos a la sociedad para superar el patriarcado, ¿qué mensaje les dejamos a quienes padecen machismo constante y extremo? Tal vez en nuestros espacios de militancia podemos construir relaciones no patriarcales, pero aún nosotr@s enfrentaremos esas violencias fuera de estos espacios.


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En la historia han existido sistemas patriarcales que sancionaban violencia contra la mujer, ideologías machistas como las religiones monoteístas sustentan estas sanciones en la pretendida "superioridad" masculina (no se les debe pegar porque son débiles). Generalmente se ha visto violación y feminicidio como "excesos", si bien hay una relación entre machismo y esos mal llamados "excesos", no sólo son producto del patriarcado.
Casi todas las violencias humanas parten de un pretendido derecho de posesión, una demostración del poder de unos sobre otros. La frase "si no eres mía no serás de nadie" lo dice todo. El patrón se siente dueño del subalterno, el "desarrollado" de la naturaleza, el "civilizado" de los demás pueblos, y como estamos en una sociedad patriarcal, el varón se piensa dueño de la mujer. En todos los casos, cuando ese poder es cuestionado, el poderoso recurre a la violencia.
Entonces, hay un vínculo muy estrecho entre clasismo, antropocentrismo, racismo y machismo. El patriarcado es una manifestación más de un sistema sustentado en desigualdades. Lo que sucede es que el principal "campo de batalla" de este sistema es el hogar, la pareja, las relaciones de género. Es allí donde el sistema se reproduce y por eso es allí donde se muestra más cruel.
El patriarcado nos educa para que las mujeres acepten la dominación masculina, y que los varones compitan por demostrar cuan dominantes son. El capitalismo nos educa para competir entre todos y demostrar nuestro éxito en la medida que sojuzgamos a otros. Es la combinación de ambos la que lleva a las violencias mayores.
Incluso el amor es asumido como una competencia y como una demostración de poder. Los celos, la obsesión, el acoso, se normalizan sólo en una sociedad que ha normalizado la competencia, las jerarquías y la agresividad.
El ciudadano que triunfa imponiéndose a otros, el que demuestra su éxito humillando a otros, el que es alabado por tener fama y/o poder; reproducirá esos comportamientos dentro de su familia. Por otra parte, el que fracasa públicamente, el que se siente frustrado, encontrará su familia o sus relaciones de pareja como único espacio para sentirse poderoso, agrediendo a quien dice amar.
Así como el amor, el sexo también es asumido como demostración de poder. El capitalismo promociona el sexo más que otras actividades biológicas. Películas, publicidad y televisión enseñan que un varón exitoso es el que más sexo tiene, con más mujeres y justificando cualquier estrategia por lograrlo. Esto incentiva que sujetos sin éxito sentimental o social, lo compensen demostrándose a sí mismos que son exitosos sexualmente, desencadenando acoso y violación.
Podría pensarse que sólo pueden escapar de ese círculo vicioso los que nos reeducamos contra el machismo, sólo la gente consciente de lo malo del machismo y el patriarcado, y por ende la necesidad de enfrentarlos. Pero también existen varones que sin haber realizado estas reflexiones, nunca llegan a ejercer esos niveles de violencia. Claro que sus relaciones son asimétricas en la mayoría de veces, pero no llegan a ser violadores ni feminicidas.
Existe gente buena y gente mala, existe gente sana y otra no tanto, el problema es que el sistema incentiva a los malos más que a los buenos, a los insanos más que a los sanos, porque es un sistema que se nutre de las injusticias y las agresiones. Violadores y feminicidas sí son gente insana, sólo que su “enfermedad” empeora en una sociedad patriarcal, es como un virus en un ambiente con todas las condiciones para desarrollarse. Pero es un virus al fin, no una célula normal y corriente.
El patriarcado provoca que esos varones insanos lleguen a cometer horrendos crímenes. En varones más sanos no llegará a provocar crímenes pero sí maltratos y desigualdades, incluso los que se indignan ante los crímenes machistas, suelen tener actitudes machistas más sutiles y menos violentas, pero machistas al fin.
El patriarcado se desarrolló en las sociedades llamadas civilizadas, al mismo tiempo que se desarrollaba la dominación de clases y el control de la naturaleza. Son patas de un mismo cuerpo, por eso la policía, el poder judicial, el Estado en general, no actúan o actúan levemente contra violadores y feminicidas. El Estado no puede cuestionar la dominación ni las violencias, porque el Estado es producto de la violencia, no puede denunciar el patriarcado porque es producto del patriarcado. Por eso esa frase tan potente a la que me refiero al inicio de este texto, a los oídos del Estado a lo mucho suena a poesía.
No son pues hijos del patriarcado solamente, sino de una civilización enferma. Una civilización en la que hay más crímenes contra mujeres que contra varones, como hay más crímenes contra indígenas que contra blancos, o más crímenes contra pobres que contra ricos. Una civilización que manda a los varones más jóvenes y fuertes a matarse mutuamente en la guerra, que persigue o desprecia a las mentes más lúcidas y creativas, que segrega y oprime a las mujeres.
El marxismo cometió el error de priorizar la lucha de clases y tomar los demás aspectos como temas secundarios, hoy podemos cometer el mismo error enfocándonos sólo en la lucha de género. Si la dominación es integral, la resistencia también debe serlo. Lo que sí hay que hacer es priorizar el tema de género porque, repito, es en las relaciones de pareja donde se reproduce el sistema y puede ser el primer lugar donde podamos construir una sociedad libre.


Roberto Ojeda Escalante

domingo, 2 de junio de 2019

Divagaciones de un anarko qosqoruna


Han transcurrido 20 años desde que éramos unos jóvenes soñando cambiar el mundo, esperando que el mundo no nos cambiase primero. En todos estos años he visto a muchos compañeros y compañeras claudicando, ya fuera por las urgencias de la vida, por oportunismo o ambiciones personales, “por torpeza o cobardía” decía la canción.
Lo bueno es que muy pocos se fueron al “lado oscuro”, a defender el sistema capitalista que tanto hemos criticado. Los más fueron atrapados por la rutina del trabajo (y es que “el enemigo es el trabajo”), por la familia, por la carrera, por la seguridad (y las necesidades que el sistema nos ha impuesto), porque a fin de cuentas las cuentas se pagan con dinero, no con sueños.
Hoy algunos han hecho del activismo su currículum laboral, debo confesar que yo mismo obtuve algunos trabajos gracias al activismo militante, pero a tiempo reconocí que la lucha social no puede ser “carrera”. Algunos se convirtieron políticos profesionales, eso que tanto criticáramos, al final dieron una larga vuelta para llegar al punto exacto del pasado, pero ubicados al otro lado del espejo. Otros siguen cantando canciones revolucionarias de noche, mientras desempeñan su rol de ciudadano consumista de día, unos cuantos además, van organizando eventos, recitales, arengando por las redes sociales y todo eso.
He conocido compañeros y compañeras nuevas cada año, en muchos se ha repetido el mismo proceso, en algunos más jóvenes vemos que el proceso se da a ritmo acelerado. Pero con los años también hemos ido quedando algunos con los sueños vivos, intentando hacerlos realidad de muchas formas, aun cuando los más de estos intentos se cayeron o diluyeron en el proceso. Siento que de cada intento al menos queda uno que no claudica, tal vez por eso intentamos tantas cosas y tantas veces, que resultan siendo cada vez más pequeñas.
Me pesa el tiempo dedicado a formarnos políticamente, los más lúcidos en el discurso, los más radicales en la teoría, son los que más fuertemente han claudicado en la práctica. Tampoco han funcionado los intentos que dejaron de lado la formación y autoeducación, así que me reafirmo en la necesidad de concientizar, de educar, pero por medios diferentes a la educación formal. Educarnos en la práctica más que en la teoría, analizando los principios y experiencias anarquistas para tener una base, no una camisa de fuerza.
Dos décadas es un tiempo prudente para sacar lecciones. Los sueños, las utopías, nunca dejarán de serlo si no intentamos convertirlas en realidades, pero, ¿cómo hacer realidad un sueño que implica a toda la sociedad, o al menos a un sector de ella? Pues ahí está la paradoja, no se puede transformar la sociedad individualmente, pero no se puede iniciar una transformación social, colectiva, sin antes tener individuos transformados.
De los pocos intentos de construir comunidad, es decir, vida colectiva; tampoco es que hayan quedado muchos en pie al día de hoy. Pero las experiencias suman enseñanzas. La transformación social se inicia transformando la propia vida de cada individuo implicado en el proceso. El principal enemigo es el temor a quedarnos solos en el intento, “para qué arriesgarme sin la seguridad de vencer”, pensamos. Y es el mismo pensamiento que tuvieron que vencer todos los revolucionarios de la historia.  
¿Cómo valoramos nuestra ubicación en un sentido “revolucionario”? Hay mil formas de engañarnos, pero una característica simple es ver qué carrera estamos siguiendo, qué destino estamos alcanzando. Podemos ser profesionales con visión crítica, eso ya es bastante, madres y padres que le brindan una crianza liberadora a sus hijos, eso es aún mejor. Podemos ser un poquito más si abandonamos las metas que el sistema nos ha impuesto, si nos aventuramos a la inseguridad futura, si apostamos por la autogestión, aun cuando no la tengamos completa. Y seremos más si lo somos también cuantitativamente.
Abandonar las seguridades que brinda el sistema, nos ha enseñado que el cambio necesitado es  principalmente económico, no importa cuán lúcidos estemos ni cuanta dignidad nos rebalse, lo que puede detenernos es “la urgencia de tener para comida”, recordemos pues que el capitalismo es ante todo un sistema económico. Y como todo sistema se sostiene en lo cultural, es clave reemplazar ideas como “desarrollo”, “éxito” y “competitividad” por otras más solidarias y libertarias. Por eso es importante construir lazos, relaciones sociales alternas a las que nos brinda el sistema.
La lección concreta es que transcurridos estos años, los que quedamos en pie somos los que nos atrevimos al cambio de vida, y en el camino encontramos una compañera, un compañero, con quien fortalecer esa decisión. Entonces, esos nuestros intentos individuales, familiares, se van encontrando, vamos construyendo una comunidad, pequeñita aún, y lo más raro, salpicada como archipiélago en medio de la sociedad convencional.
Antes pensaba que las alternativas sociales-culturales debían nacer compactas, para ir creciendo como un tumor que poco a poco pudiese reemplazar al cuerpo social existente. Tras pisar suelo rebelde zapatista y conocer otras experiencias autónomas del mundo, entendí que en vez de pensarnos como tumores, debemos vernos como células regeneradoras de un organismo enfermo.
Y tampoco pensemos ese organismo como un ser con cabeza y extremidades, con órganos especializados. La sociedad es más parecida a una planta que a un animal, las flores brotan de forma aleatoria y las nuevas hojas reemplazan a las viejas sin necesidad de ocupar su mismo lugar. La revolución que anhelamos no requiere modificar las instituciones existentes, puede crear otras nuevas.

Camino a medias, logros incompletos, apenas atisbos. Podría ser el resumen. Pero 20 años es un espacio de tiempo muy corto en términos históricos, aún podemos hacer mucho. Con la ventaja de la experiencia acumulada, podemos evitar cometer ciertos errores o dedicarle tiempo a cosas innecesarias como la política formal o los debates teóricos. Siento que el reto siguiente es pasar a la masificación de las alternativas, pero esto sólo se puede intentar desde las microalternativas existentes, de procesos reales aunque pequeños, antes que de teorías grandes pero imaginarias. Aunque esta sólo es una expectativa, pienso que la experiencia ayuda a que no esté muy equivocada.